Noche de los Museos en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA). Foto: Hernán Monbelli, tiempo argentino

La memoria abierta

En el coqueto barrio porteño de Núñez, al norte de Capital Federal, existió el centro de reclusión, tortura y desaparición más grande de la última dictadura argentina. A menos de un kilómetro y medio del Estadio Monumental, por lo tanto, la imagen es tan repetida como simbólica y exacta: los gritos del sufrimiento por pensar distinto eran tapados por los gritos de gol durante el mundial del 78. Hoy es un Espacio para la Memoria, cargado de dolor e indignación, por eso su historia se presta a ser contada.

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Por debajo de la venda, Ana María observaba el piso del Ford Falcon. Estaba en la parte de atrás, tenía una persona a cada costado y sabía que adelante iban dos más. Aún con el motor encendido, el auto paró, se escucharon voces afuera, pasos acercándose y desde adentro se enunció: “Selenio, Selenio, resultado positivo. Ropero abierto, ropero cerrado, traemos el paquete”. Con el tiempo, Ana Marí...
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Por debajo de la venda, Ana María observaba el piso del Ford Falcon. Estaba en la parte de atrás, tenía una persona a cada costado y sabía que adelante iban dos más. Aún con el motor encendido, el auto paró, se escucharon voces afuera, pasos acercándose y desde adentro se enunció: “Selenio, Selenio, resultado positivo. Ropero abierto, ropero cerrado, traemos el paquete”. Con el tiempo, Ana María comprendió el significado. El término “Selenio” identificaba al Grupo de Tareas 3.3.2, formado por oficiales del Servicio de Inteligencia Naval de la Marina, forjador del mecanismo de represión más elaborado y trágico de la dictadura argentina. “Ropero abierto, ropero cerrado” era una contraseña que, por razones de seguridad y eficiencia, se iba modificando. El “paquete” era ella. Al momento de escuchar esas 11 palabras, Ana María estaba ingresando a la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA).

Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.

La ESMA representa una edificación mitológica. Como con todo mito, podría suceder que las narraciones construidas por la memoria colectiva fueran superiores en importancia a la verdad histórica. En el recorrido por cada uno de sus rincones, en la lectura y escucha de los testimonios durante los juicios y en la frialdad de los números que cuantifican la inmensidad de esta historia se termina comprendiendo que la realidad superó cualquier elucubración poética. Entre 1976 y 1983, la ESMA albergó 5.000 detenidos, de los cuales sobrevivieron 200 –esenciales al momento de reconstruir los hechos–, y contó con una maternidad clandestina, lugar de nacimiento de más de 30 bebés que, al poco tiempo, pasaron a integrar la lista de nietos buscados por Abuelas de Plaza de Mayo. Así fue que se transformó en el centro de reclusión más grande del “proceso de reorganización nacional”, y a partir de allí es que se intenta, desde hace unos años, que sea declarado Patrimonio Histórico y Mundial del Nunca Más, por la UNESCO, reconocimiento que han obtenido cinco sitios marcados por la tragedia y la violación de los derechos humanos: el campo de concentración y exterminio de Auschwitz (Polonia), el Memorial de la Paz de Hiroshima (Japón), la Isla de Gorea (Senegal), la Isla Robben (Sudáfrica) y el Barrio del Puente Viejo en el centro histórico de Mostar (Bosnia y Herzegovina).

Basada en los testimonios de los testigos ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (1984), el Juicio a las Juntas (1985), los juicios iniciados en 2003, la desclasificación de documentos por parte de las agencias del Estado y la tenacidad de las organizaciones de Derechos Humanos, el predio alberga una puesta museográfica que ofrece a los visitantes un recorrido histórico, sin tapujos pero con algunos condicionantes por la magnitud del asunto: los contenidos no son aptos para menores de 12 años y, quienes tengan entre 12 y 15, deben estar acompañados por un adulto. Los últimos sábados de cada mes se realiza “La visita de los 5”, un recorrido especial, con expertos en derechos humanos y la participación de ex detenidos que ejercitan el recuerdo dialogando con el público.

Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aun en las cumbres represivas de anteriores dictaduras. La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos.

Son 17 hectáreas, cedidas en la década del 20 por la municipalidad de Buenos Aires al Estado argentino, para ubicar instituciones educativas de la Armada, con más de 30 edificios constituidos para la formación en oficios de marinería. Tras el Golpe en 1976, la ESMA funcionó paralelamente como centro pedagógico y como centro clandestino de reclusión: todo el predio y su personal fueron puestos al servicio del terrorismo de Estado, incluso el director de la escuela era comandante del Grupo de Tareas 3.3.2., y a muchos alumnos se les encomendó realizar guardias perimetrales, circunstancia fácil de imaginar al enfrentarse a un espacio de tal magnitud. La Avenida del Libertador, principal arteria del barrio de Núñez, lo recorre de punta a punta y contiene los accesos de entrada y salida. Un portón de rejas negras lo recorre, alto, antiguo y solemne. Es la primera señal que indica con elocuencia la existencia de una edificación que aplasta hasta en las fotos, con aire de hospital, con aire de orfanato, pero en las intenciones y los hechos, mucho peor. Cruzando la calle se ubicaba la Jefatura de Guardia, una suerte de panóptico externo donde se realizaba el primer control al llegar los vehículos con secuestrados. Si estaba todo en orden, se daba el visto bueno y el ingreso a la ESMA se consumaba. De allí, a una de las 16 garitas donde se realizaba el segundo control. Hoy puede notarse la marca que dejó la cadena de amarre, bajada desde la garita al momento de decretar la autorización de paso. Es una de las tantas huellas históricas que aún pueden encontrarse, siendo inevitablemente perturbador el viaje en el tiempo, colocarse en situación y sentir el sonido. Los integrantes del equipo de preservación que trabajan en el Archivo Nacional de la Memoria situado en el predio a diario realizan tareas para detener o ralentizar los procesos de deterioro del área. Durante este trabajo, se han descubierto modificaciones edilicias, incisiones e inscripciones. El rastro de la cadena, y otras señales, sirvieron como pruebas en el arduo camino por verdad y justicia. Al pasar el segundo control, los detenidos eran llevados al Casino de Oficiales, el punto más al norte del predio.

Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido.

Antes de instaurada la dictadura, en el Casino se alojaban y comían los oficiales de la Marina. Ya en dictadura, también, pero se le agregó la participación del Grupo de Tareas 3.3.2 y su espíritu genocida. Es esta casa se implementó la tortura sistemática, el trabajo forzado, el robo de bienes y la apropiación de bebés. Los detenidos eran recibidos a preguntas y golpes. Esas dos acciones se repetían por algunos días, aunque la noción del tiempo era más que difusa: no había luz natural, no había luz artificial, siempre era de noche. Llegaba el momento de generar identificación para la estadía: “A partir de este momento, no tenés más nombre y apellido. Sos un número”. El hogar de los oficiales estaba constituido en los primeros dos pisos. En el tercero hay un altillo con techo a dos aguas, que se bautizó “Capucha”. Separados por estructuras de madera, allí los secuestrados eran depositados luego de las sesiones de tortura, con los ojos tapados, las manos atadas y grilletes en los pies. En el entorno, goteras y ratas caminando por las tuberías. Más arriba, junto al tanque de agua hay otro altillo, en un espacio pequeño con ventanas rectangulares. Lo llamaban “Capuchita” y era otro despacho de detenidos, más pequeño que el de abajo pero a veces con más gente. Gélido piso de cemento, ventanas tapeadas o pintadas y la inseguridad de no reconocerse con vida al día de mañana.

Detrás del Casino de los Oficiales se ubicaba un espacio de estacionamiento para los vehículos que trasportaban a las víctimas. Desde allí los trasladaban a un sótano donde también eran torturados y “formalmente” registrados. Uno de los playones fue desactivado para no ser reconocido durante la inspección de la Comisión Internacional de Derechos Humanos en 1979. En uno de esos estacionamientos se realizaban los traslados hacia Aeroparque, en camiones con detenidos adormecidos por somníferos previamente inyectados. Desde ese aeropuerto se realizaban los vuelos de la muerte, una de las partes más tremendas de esta historia: detenidos arrojados a las aguas del Río de la Plata: “una forma cristiana de muerte”, frase con que algunos capellanes intentaban tranquilizar a los oficiales afectados a la vuelta de los vuelos. En su consideración, como estaban inconscientes al ser tirados al mar, las víctimas no sufrían. Esta reconstrucción –hoy, comprobación y elemento judicial en las causas de la ESMA– comenzó a tomar forma a mediados de los 90, tras las confesiones del ex oficial de la Marina Adolfo Scilingo, primero ante el periodista Horacio Verbitsky –quien encabezaba la investigación de Página 12 y luego materializaría la historia en el libro El vuelo– y, al poco tiempo, ante el juez español Baltasar Garzón. A partir de allí, la sigla ESMA tomó una connotación aun mayor para la ciudadanía argentina. La reacción del presidente Carlos Menem, en 1998, fue decretar el traslado de la escuela a la Base Naval de Puerto Belgrano y proponer la demolición de buena parte de los edificios del predio, para construir un espacio verde donde se colocaría un monumento que simbolizara la unidad nacional. No le había bastado con los indultos decretados en su primera presidencia, casi diez años atrás, para embanderarse con el perdón, el olvido y la ilusoria vuelta de página. La demolición implicaba eliminar pruebas materiales de los delitos de lesa humanidad, factor que motivó a las organizaciones de derechos humanos a llevar el asunto a la justicia. Para tristeza del ex presidente, la posibilidad de demolición fue anulada y el predio de la ESMA fue decretado Patrimonio Cultural de la Nación.

Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, “con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles”, según su autopsia.

En 2000 la legislatura porteña revocó la sesión de los terrenos a la Marina y estableció que los edificios debían ser destinados a la construcción de un Museo Nacional de la Memoria. El 24 de marzo de 2004, el presidente Néstor Kirchner anunció que la Armada sería desalojada del predio y que allí se construiría el Espacio para la Memoria, la promoción y la defensa de los Derechos Humanos, en una resolución también firmada por el gobernador de la ciudad, Aníbal Ibarra. En ese mismo acto, por primera vez un presidente pidió perdón en nombre del Estado.

El periodista, escritor y militante montonero Rodolfo Walsh estuvo en la ESMA, no consciente, ni siquiera inconsciente; lo llevaron muerto. El 24 de marzo de 1977, a un año de efectuarse el golpe de Estado, escribió la mítica “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. Al día siguiente de escribirla, y luego de haber entregado algunas copias, Walsh fue asesinado por el Grupo de Tareas. Su cuerpo fue trasladado al Casino de Oficiales. Hoy es uno de los 30.000 desaparecidos. En el bosque de Eucaliptos, fácilmente reconocible desde Av. Del Libertador, el artista León Ferrari montó una instalación en homenaje a Walsh y a su carta.

Al este, la Enfermería. Paralelamente a la función médica tradicional, que incluía la atención de los detenidos en circunstancias extremas, algunos profesionales se abrazaron a la estructura clandestina, entregando su conocimiento teórico y práctico en las sesiones de tortura, partos y traslados, o sea, desaparición final del secuestrado. Detrás, el Pabellón Coy, donde se coordinaba buena parte del seguimiento y detención de militantes, el robo de bienes y el control de teléfonos, principalmente en los últimos años de la dictadura, cuando la sangre derramada ya parecía ser demasiada.

Hoy el predio cuenta con espacios destinados a la promoción y relato de las organizaciones sociales más vinculadas a esta penuria. La Casa por la Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo, el Espacio Cultural Nuestros Hijos (coordinado por Madres de Plaza de Mayo), la Casa de la Militancia (coordinada por HIJOS), se acoplan al Salón de los Pañuelos Blancos, el Museo Malvinas y el Instituto de Políticas Públicas en Derechos Humanos del Mercosur. La emoción se mezcla con el dolor y la esperanza. Y las premisas son banderas: el conocimiento de su historia, por parte de un pueblo, forma parte de su patrimonio, porque la memoria es una preciosa facultad humana que jamás debe anestesiarse.

*Los párrafos en cursiva integran la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, de Rodolfo Walsh.

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