Foto: Federico Gutiérrez

Después de las juventudes

En las disquerías de confianza –y también en las otras– ya se puede conseguir "Festejar para sobrevivir", un DVD y doble CD que incluye el documental homónimo sobre los 20 años de La Vela Puerca y el recital con el que los festejaron, allá por noviembre de 2016 en el Velódromo Municipal. Mientras tanto, la banda está trabajando, a paso firme y lento, como siempre, en su próximo disco de estudio, sucesor de "Érase" (2014).

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En el subsuelo, el olor a humedad nos golpea en la cara. Todavía queda mucho por hacer. El nuevo búnker de La Vela Puerca se está armando en una casa grande y vieja sobre la calle San Salvador, en el barrio Palermo. Sebastián Teysera –_El Enano de La Vela_, para todo el mundo– nos muestra todos los recovecos mientras degusta una botella chica de cerveza nacional que tiene nombre de mujer. **...
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En el subsuelo, el olor a humedad nos golpea en la cara. Todavía queda mucho por hacer. El nuevo búnker de La Vela Puerca se está armando en una casa grande y vieja sobre la calle San Salvador, en el barrio Palermo. Sebastián Teysera –El Enano de La Vela, para todo el mundo– nos muestra todos los recovecos mientras degusta una botella chica de cerveza nacional que tiene nombre de mujer.

El DVD se llama Festejar para sobrevivir. ¿Sobrevivir a qué?

A los 20 años, porque nunca fue una meta impuesta por nosotros. Después de aquel concierto del 24 de diciembre de 1995, si nos poníamos a pensar “qué bueno sería durar 20 años”, no lo hubiéramos logrado. Entre ese desparpajo y esa inocencia de vivir el presente y que no importaba lo que pasaba la otra semana fue que sobrevivimos esos 20 años, porque la parábola subió y bajo muchísimas veces. También festejamos que sobrevivimos como amigos. Porque éramos amigos de antes y nos convertimos en compañeros de laburo. Si de pronto se pudre todo, dejás de ser compañero de laburo y también amigo, pero por suerte no nos pasó eso.

¿Siempre tuviste claro que querías cantar?

No, canto por accidente. Yo quería tener una banda de rock con mis amigos. Tocaba la guitarra en Tranvía 35, que era otra banda, y no cantaba nada; pero un día faltó el vocalista y tuve que cantar yo. Desde ese entonces no paré nunca. Pero cantar nunca fue mi sueño. No tenía ni idea y nunca había cantado en mi vida. Tuve que hacerlo y lo hice. A mí no me importaba, yo quería tener una banda y hacer música, así tocara el triángulo. Sí me gustaba hacer canciones. Compongo desde los 15 años, y a esa edad no tenía ni banda.

¿Recordás cuándo fue la primera vez que hiciste una canción que te hizo pensar que podía funcionar?

En el primer concierto que dimos con La Vela. Teníamos tres o cuatro temas y los demás eran covers. Más allá de la reacción de los amigos, pensé que esto podía llegar a andar. Y después, cuando salió Deskarado [1998], me acuerdo de hablar con el Mandril [Nicolás Lieutier, bajista del grupo] y decirle: “Bo, esto nunca va a volver a ser lo mismo”, porque sacás un disco y algo esperás: pasa algo o no pasa nada. Si no pasa nada, volvés al garaje o vuelve a ser un hobby, pero con esa desazón de pensar “pa, no pasó nada, qué cagada”, y si pasaba algo, ¿qué hacíamos? ¿Nos tirábamos al agua? Y pasó eso. Todos teníamos unos laburos de mierda, así que no nos costó nada.

¿Qué laburos de mierda tuviste?

Era cadete, sudaba la gota gorda por el Centro. Después le di una mano a mi viejo, corriendo seguros, pero nunca alcancé ninguno. También hice hotelería y fui mozo de restaurante en La Paloma, pero nada que me entusiasmara.

Cuando empezaron a ensamblar un sonido con La Vela, ¿tenían en mente que lo que iban a hacer no se parecería mucho a lo que hasta ese momento era el rock uruguayo?

Una de las premisas de Deskarado –influenciados, lógicamente, por la llegada de Mano Negra en el 92– era patear un poco el tablero y decir que el rock podía ser contestatario y rebelde sin ser oscuro, que era la premisa del pospunk inglés que había acá, de Los Estómagos y Los Traidores. Era una cosa muy gris. Y además, la otra cosa era que no sabíamos tocar. Eso fue una limitación que de pronto nos jugó a favor para hacer ska, reggae y un poco de punk, con tres acordes. No podíamos hacer mucha cosa. Sin embargo, nadie de la banda escuchaba ska en ese momento. Conocíamos a Los Fabulosos Cadillacs, todo bien, y escuchábamos reggae, a Bob Marley y Peter Tosh, como todo el mundo.

Así que no se castigaban con Ska-P...

No, menos. Los conozco y está todo bien, pero una cosa es la música y otra las personas... Ni conocíamos a Ska-P. Yo escuchaba Blue Oyster Cult, nada que ver. Pero eso lo podíamos tocar. Si decíamos: “Vamos a hacer una banda como Deep Purple”... olvidate, no podíamos. Pero lo importante era hacer canciones y decir lo que pensábamos y sentíamos, y la única manera de hacerlo era con eso: reggae, ska y un poco de punk, que era lo que podíamos tocar.

La Vela Puerca fue la punta de lanza de la movida del rock de 2000. ¿Desde adentro cómo lo viste?

Fue así. Porque nos dimos cuenta de que, si queríamos pelear por el sueño de vivir de esto, teníamos una ciudad acá al lado como Buenos Aires, con un circuito tremendo, y empezamos a ir cada vez más, y cada vez que íbamos llevábamos cosas de las bandas amigas. La primera vez que fuimos a Europa, en 2003, hicimos lo mismo: les pedimos discos a todas las bandas y los íbamos dejando por todos lados. Y así fueron No Te Va Gustar, La Abuela Coca, etcétera. Siempre nos gustó ese rol de entornar una puerta y que la gente sepa qué hay atrás. Después, cada uno hizo su camino. Nosotros solamente entornamos la puerta, cada uno terminó de abrirla.

Supongo que con el éxito del disco De bichos y flores, en 2001, te diste cuenta de que para la banda ya no había vuelta.

Sí, con “El viejo”, que hizo un crossover muy grande y las radios empezaron a pasar música nacional que antes no pasaban. Y que te dejen los huevos de bufanda con el pá pararará [tararea la melodía de vientos de “El viejo”]: “Ferretería esto”, “Carnicería lo otro”... No, por favor... También había que hacerse cargo. La pusimos en el freezer durante años porque la pobre canción tampoco tenía la culpa. Fue una cosa que le sucedió y que no fue premeditada.

¿Tenés una idea de por qué pegó tanto esa canción?

Primero, por la letra, que habla de una realidad que se ve en la calle. Y después por el arreglo de vientos, que te atrapa; empieza la canción y ya parás la oreja. Es de esas canciones que tienen ese hook.

El arreglo lo hiciste vos, tarareándolo.

Sí, habíamos grabado el demo y, por último, antes de las voces, teníamos que meter unos vientos. Entonces vino Alejandro Piccone [trompetista de la banda] y me dijo: “Pero no sabemos qué hacer”, y le dije: “Cualquier cosa, yo qué sé, pá pararará”. Y salió así. Es más, el arreglo era más difícil –tenía una vuelta de más– y no lo podía tocar, por eso lo redujimos. Son esas cosas que te pasan desde la inocencia: “Tocá cualquier cosa, el arreglo lo hacemos después”. Y eso fue lo que quedó.

¿Qué grado de responsabilidad le adjudicás al productor Gustavo Santaolalla en el sonido de La Vela?

Muchísimo. Adentro del estudio era una zona totalmente desconocida para nosotros. Igual que lo que hizo Claudio Taddei en Deskarado. Nosotros no sabíamos qué era un productor artístico ni qué rol tenía, no se usaba, era como el cuco: “Se va a meter con las canciones”. Me acuerdo de que cada canción tenía dos solos de guitarra y Claudio nos preguntó por qué. “Porque tenemos dos guitarristas”. Entonces había 13 canciones y 26 solos de viola. “¿No les parece mucho?”, nos dijo. “Tenés razón”. Eso es un productor artístico. Con Claudio no tuvimos la oportunidad de seguir trabajando, fue puntualmente en ese disco [Deskarado], pero con Gustavo estuvimos muchos años y aprendimos mucho del mundo del estudio.

¿Cuál es el secreto para mantenerse más de 20 años?

No hay. Si no quemás la historia, la seguís disfrutando y valorando, y te sentís con mucha suerte de poder vivir de lo que te gusta con tus amigos, por más que haya momentos en los que hay que apretar el cinturón... El secreto es cuidar y valorar eso. Por eso mi termómetro del asunto es cuando me dicen “dentro de cinco minutos salimos a tocar” y me quiero pegar un tiro en los huevos. Eso quiere decir que ya está, que estoy cansado, y entonces paramos un rato para abstraernos, extrañarlo y volver con todas la ganas. A la vuelta te dicen que faltan cinco minutos y pensás: “Ojalá sean tres”.

¿Alguna vez sufriste pánico escénico?

Sí, de cansancio. Me acuerdo del concierto de los diez años en el Velódromo, yo estaba solo en una carpa. No quería ver a nadie y no sabía por qué. Empezábamos con “Por la ciudad” y me acuerdo que pensé: “Si me sale la primera estrofa, me quedo, pero si erro, me voy; me chupa un huevo el Velódromo y todo, me voy a la mierda”. Estaba hasta ese grado y no entendía por qué. Pero luego paramos, pasaron cinco meses y entendí. Volví con todas las ganas. Era eso, el cansancio.

¿Qué diferencia hay entre Sebastián Teysera y El Enano de La Vela?

El Enano de La Vela vive presionado por un montón de cosas que tiene que resolver, hacer y crear. Sebastián vive en Playa Hermosa, tiene una chalana, sale a pescar y vive una vida de otra manera. Me costó mucho separar los personajes. Pero por otro lado no, porque como soy geminiano, tengo esa ductilidad. Pero sí, me costó mucho, porque me di cuenta de que a Sebastián no le gustaba ser una persona pública. No sé si al Enano le gusta, pero no tiene otra. Sebastián sí tiene la opción. Y otra vez, lo mismo: estuve mucho tiempo como ofuscado y no entendida por qué, hasta que tuve que ir un rato al diván y empezar a separar qué era lo que sucedía. Era eso: convertirte en una persona pública sin entender bien lo que estaba sucediendo te puede jugar una mala pasada.

¿Seguís en el diván?

No, fue un año, pero me sirvió para entender. Fue en ese momento que me costaba... Veía una remera o una mochila de La Vela y “aaahhhhh”. Coincidió con la salida de los celulares con cámara, antes no era así. Yo ya era una persona pública antes de que existiera todo eso, pero cuando pasó de 0 a 100... Me acuerdo de que me había hecho una remera pintada a mano que decía: “Hoy fotos no”, porque es agobiante y no estás preparado. Hay gente a la que le encanta y que caminaría por la calle con plumas y sobre la alfombra roja...

¿Eso no te sirve para levantarte el ego?

Lo del ego es una lucha constante. Uno siempre está peleando con su ego. Por eso también me fui de Montevideo y pude volver a escribir en un bar. Me voy a la cancha de bochas de Piriápolis y nadie me da pelota. Escucho conversaciones surrealistas de veteranos mamados que son increíbles. Eso era lo que hacía antes, me sentaba en un bar con la hoja en blanco. Así salió “José sabía”, por ejemplo. En una discusión en el bar Fray Mocho escuché “¡José sabía!”. Sacás de contexto y empezás a hacer tu propia historia. Iba de mañana y me tomaba diez capuchinos; y de noche, cerveza, pero podía fumar adentro del boliche; ahora no podés, estás afuera y todo el mundo tiene un teléfono. Quedás regalado. Entonces, se complicó.

¿Tu método para componer sigue siendo el mismo?

Sí, primero tengo toda la música y lo último que hago es la letra. Soy un enfermo de la métrica de la melodía, no la cambio por nada, porque para mí la melodía es todo, es la canción. Puedo estar dos semanas buscando una palabra que entre en la melodía, cosa que a veces se hace difícil. Ojalá pudiera hacer las dos cosas al mismo tiempo, porque tendría un espectro mucho más amplio para componer y escribir, pero soy así.

El nuevo DVD documenta toques por varios países. ¿Cuál fue el más extraño que vivieron?

Uno que tuvimos en República Checa. Fuimos varias veces ahí, pero la última vez estábamos en Alemania, como a mil kilómetros, y habíamos vendido tres entradas. “¿Vamos o no vamos?”, nos preguntábamos. Praga es divina, hay que ir siempre. “Vamos igual, de paseo”. Llegamos y estaban todas las entradas agotadas, por los del viaje de la Facultad de Arquitectura y la Facultad de Economía. Fue como tocar en El Bacilón pero en la República Checa, surrealista. Había un checo gigante enfrente de mí al que, imaginate, todos los uruguayos bardeaban, y el tipo, estoico, no se conocía ni un tema pero no lo movía nadie.

Veo que tenés un anillo parecido al de Keith Richards, con una calavera.

Sí, me lo copió... Toda la vida amé a los piratas. De hecho, mi casa se llama “Camp Pirate” y tiene la bandera pirata. Siempre me gustaron los piratas y su idiosincrasia: todos ganaban lo mismo, al capitán lo elegían por votación, era como una democracia. Y tenían sus códigos: si perdías una mano derecha en un combate te daban tanta plata de más, si perdías la izquierda, menos –dependía de si eras zurdo o derecho–, etcétera. De alguna manera, te aseguraban. Eso me parece muy romántico. Yo hubiera sido pirata, sin ninguna duda.

¿Te cuidás la voz?

Tengo unas pastillas alemanas que son buenísimas. Son para cantantes de ópera y te envuelven la garganta. Es verdad, las tomás y te hacen una capa como de gelatina. Son asquerosas, es como comerte un moco, pero te la encajás media hora antes de cantar y son La Biblia.

¿Cómo te ves en 20 años?

Me encantaría tocar en vivo, pero si sin pensarlo duramos 20 años, si me pongo a pensar ahora capaz que es el gualicho. No lo quiero ni pensar. Pero espero que algún día, cuando ya no dé más, venga un buen amigo, de esos de verdad, y me diga: “Enano, no hagas más papelones, hasta acá llegaste” y chau. Porque ya he visto algún que otro papelón y pienso: “¿Para qué? ¿Nadie le avisó que no?”.

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