La menstruación es un tabú. Por eso en el mundo existen más de 5.000 eufemismos para nombrarla. Según Clue, app que reúne información sobre el tema y permite organizar el ciclo menstrual, a la vez que propone herramientas para controlar el síndrome premenstrual, registrar síntomas, saber la fase de la próxima ovulación y recordar la ingesta de anticonceptivos orales, son más de 20 las formas de nombrar la menstruación en español. Van desde los más conocidos, como la regla, el período, Andrés (el que viene una vez por mes), estar indispuesta, estar inhabilitada, cosas de mujeres, me bajó, me vino, hasta los más ridículos: estar enferma, estar del tomate, descongelar el bistec, Caperucita Roja, estar mala, estar sonada, la colorada, el ejército rojo, los diablos, la prima roja, pancho, la luna, semáforo rojo, chapulín colorado, el vampiro, olor a pescado.

La menstruación es un fenómeno físico y emocional. Cada mes, el cuerpo de las mujeres prepara las condiciones para un embarazo. Si no ocurre, el endometrio (recubrimiento de las paredes del útero) se desintegra, se desprende y es expulsado a través de la vagina en forma de sangre y tejidos. Es un fluido rojo. No es azul, como las publicidades se empecinan en mostrar. Aparece alrededor de los 12 años con el primer sangrado (menarca) y se extiende hasta los 50 años aproximadamente, retirándose en un proceso conocido como menopausia, que es caracterizado por cambios hormonales que repercuten sobre el cuerpo y las emociones. La menstruación dura entre tres y siete días con intensidad variable. Se expulsan aproximadamente 40 mililitros de fluidos por período. En promedio, durante toda su vida, una mujer produce cerca de 20 litros de menstruación. El período suele ser acompañado por dolores pélvicos provocados generalmente por las contracciones del útero (y no por los ovarios, como se cree comúnmente), hinchazón y dolor de senos, dolores de cabeza, cansancio y cambios de humor (muchos y muy variados).

Tenemos que partir de la base de que la menstruación representa un gasto para las mujeres. En Uruguay una mujer gasta en promedio aproximadamente 3.220 pesos (110 dólares) al año en productos de gestión menstrual. Esto equivale, por poner algunos ejemplos, a 98 boletos urbanos de transporte, 153 litros de leche o 40 litros de cerveza. La mayor parte de las mujeres alternan las toallitas con otros métodos, como los tampones, según el ciclo o el día del período. Estos elementos aumentan aun más el gasto.

Estos números nos posicionan como el segundo país más caro para menstruar en América, ranking que es encabezado por Bolivia. Los artículos de gestión menstrual no están contemplados entre los productos exonerados de impuestos. Tampoco entre los que son gravados con la tasa mínima (10%) por considerarlos de primera necesidad. Se encuentran dentro del rubro perfumería —y no salud, como deberían— y están gravados con el 22% de IVA. Si Uruguay quitara este gravamen pasaría a ser el cuarto país en el ranking de América, además de generar un impacto directo sobre la economía y la calidad de vida de las mujeres que viven en el país. También habría que explorar la incorporación de otros productos en el mercado local, como la copa menstrual y las toallitas no descartables, que si bien requieren una inversión inicial alta, a largo plazo pueden reducir los costos drásticamente.

En Argentina el gasto anual en gestión menstrual equivale prácticamente a una Asignación Familiar, subsidio que el gobierno nacional otorga a personas de nivel socioeconómico bajo en situación crítica, como quienes no tienen empleo, los veteranos de guerra, las mujeres embarazadas, etcétera. Con estos datos podríamos considerar que un subsidio completo de los 12 anuales debe destinarse a la compra de estos productos. En el caso de que en la familia hubiera más mujeres mayores de 12 años (edad promedio de la menarca), el costo debe multiplicarse.

Ante los altos costos para abordar este proceso biológico, el colectivo argentino Economía Feminista creó la campaña Menstruacción. Este grupo, que procura visibilizar desigualdades de género por medio de datos, investigaciones y campañas de impacto masivo, se propuso recolectar información e investigar sobre cómo el inevitable hecho de menstruar impacta en los distintos aspectos de la vida cotidiana de las mujeres y de la sociedad.

Menstruacción reclama al Estado argentino la distribución gratuita e irrestricta de productos de gestión menstrual tales como toallitas y tampones. La propuesta, además, solicita el retiro del IVA (21%) por considerarlos indispensables para el cuidado de la salud. A su vez, propone dejar de tomarlos como cosméticos, rubro en el que son catalogados en la actualidad. Los productos cosméticos no tienen los mismos controles que los farmacéuticos o sanitarios. Esto expone a las mujeres al uso de estos elementos sin certeza de los componentes ni de los tratamientos aplicados al producto, como fumigaciones, blanqueamientos y perfumados.

En el caso de Uruguay, considerando promedios y de acuerdo al censo nacional de 2011, si tomamos en cuenta la cantidad de mujeres en etapa menstrual, se usan alrededor de 275.763.900 unidades de productos de gestión menstrual al año. Esto tiene un costo aproximado de 2.962.738.400 pesos (102.837.153 dólares). Son miles de toneladas de materias primas y sintéticas involucradas en el proceso. Y claro que todo esto luego se traduce en desechos. Con este consumo anual, Uruguay produce 2.275 toneladas de desechos patógenos (que contienen sangre). Estos no son clasificados de esta manera y no hay una gestión específica en el sistema de recolección y procesamiento de residuos.

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Queda claro que menstruar, además de ser un hecho inevitable e impostergable, también es caro. Es un factor más que se suma a las desigualdades de género. En un país con una brecha salarial de 26% (cada 1.000 pesos que gana un varón, una mujer percibe 737) el costo de menstruar repercute sobre la diferencia de ingresos. También contribuye a otras desigualdades, como el mayor desempleo, el empleo informal, el trabajo no remunerado asociado a los cuidados y a otras tareas domésticas, etcétera.

Los altos costos de los productos de gestión menstrual contribuyen a la exclusión educativa. En el caso de las niñas, las posibilidades de deserción escolar luego de la menarca aumentan. Las dificultades materiales para la gestión menstrual y la ausencia de provisión de productos por parte del Estado generan que muchas niñas tengan que ausentarse de los ámbitos educativos durante la menstruación, siendo un factor más que fomenta la deserción, que es actualmente escandalosa.

Similares son los problemas que atraviesan las mujeres que tienen empleos informales con paga jornal o irregular. Al ser la compra de toallitas o tampones un gasto impostergable, de no tener dinero en el momento que llega la menstruación, si no están provistas, deben ausentarse de sus trabajos, generando aun mayores problemas de autonomía económica y estabilidad laboral.

Por otro lado, ante la desinformación en los primeros sangrados o en las situaciones económicas más críticas, se recurre a soluciones caseras para paliar el período menstrual. Las mujeres incurren en prácticas que no son recomendables, como el uso de trapos viejos o medias usadas para contener el sangrado. Estos métodos, además de no ser higiénicos, pueden provocar problemas graves de salud, como infecciones vaginales que pueden derivar en afecciones del sistema reproductor femenino.

Tenemos que empezar a hablar sobre la menstruación. Pero tenemos que hablar en serio, sin eufemismos. Entender que es un proceso biológico que debería dejar de espantar y asquear. También es momento de que el Estado intervenga. Debe considerar estos productos como sanitarios y no como cosméticos, a la vez de entenderlos como artículos de primera necesidad. En consecuencia, debe plantear un ajuste tributario que reduzca o elimine los impuestos que los gravan, bajando así considerablemente los precios al público. También debe implementar políticas públicas de acceso que garanticen el abastecimiento gratuito o subsidiado de productos de gestión menstrual para todas las mujeres, de todas las edades y de todos los contextos socioeconómicos. La menstruación no puede ser, como es hoy, un factor más en la desigualdad de género.

Amalia Arias Gozurreta | Denisse Legrand