Tras el nuevo empuje de la automatización, a través de los desarrollos de la Inteligencia Artificial (IA), se ha instalado un gran debate a nivel mundial acerca de si lo que sucedió en el pasado sigue aportando información relevante sobre lo que nos puede llegar a suceder en el futuro. Es decir, si la tendencia es hacia el fin del empleo o hacia la destrucción de gran parte de él, como algunos lo pronostican (incluso acercándose a posiciones neoludistas) o, si esto, como ya sucedió en anteriores revoluciones, es un proceso que destruye empleo, pero también lo crea, y el resultado a nivel de toda la economía depende del neto entre ambos.

Según Pierre Veltz,,reconocido economista y sociólogo francés, 50% de los analistas a nivel mundial piensa que estamos frente a un cambio disruptivo y que ya nada será como fue; pero la otra mitad considera que estamos transitando por la fase del ciclo de desajuste estructural, como ya lo estuvimos en anteriores revoluciones industriales, y lo que importa es estar preparados desde el punto de vista económico, social e institucional, y extraer lecciones del pasado para que los que ganen a través de estas transformaciones sean más que los que pierden.

Entonces, ¿en qué quedamos? Es difícil saldar esta discusión con la información que disponemos. Sin embargo, es posible plantear algunas ideas para posicionarse en este asunto sobre el futuro productivo y laboral de Uruguay dentro del contexto mundial. Mi posición claramente es la segunda y es la que voy a tratar de explicar.

Desde el núcleo

En primer lugar, es importante tener claro a qué nos referimos cuando decimos que para mirar al futuro hay que tener una perspectiva de largo plazo de las economías y sociedades, y que ese largo plazo se organiza mediante ciclos a lo largo del tiempo. Las revoluciones industriales y tecnológicas que se han sucedido desde la primera, a fines del siglo XVIII, repiten un mismo patrón de vida temporal: irrumpen por medio de saltos tecnológicos en interacción con las estructuras sociales y económicas, se desarrollan y expanden y, finalmente, alcanzan su madurez y difusión a lo largo y ancho de la economía y la sociedad, dejando el paso a un nuevo ciclo.

De hecho, cada revolución tecnológica se desarrolla originalmente en un país-núcleo que actúa como líder económico mundial en cada etapa. En la primera revolución industrial el núcleo fue Inglaterra, en la revolución de la producción de masas fordista y en la posterior a esta, la digital, fue y es Estados Unidos. Del núcleo se despliega completamente y se propaga a otros países. Aunque las oleadas de desarrollo que impulsan las revoluciones tecnológicas en el largo plazo son fenómenos mundiales, la propagación del cambio ocurre en forma gradual y se dirige desde el núcleo hacia la periferia. Por eso, la participación en las distintas revoluciones tecnológicas de las economías periféricas, como es Uruguay, ha sido desigual entre países, pero igualmente puede afirmarse que en todos los casos ha sido marginal. Más adelante precisaré esto.

La irrupción de cada uno de esos ciclos largos (llamados de Kondratiev) que contienen las distintas revoluciones industriales comienza con un período de crisis, de ajuste estructural, que genera profundos cambios en la estructura productiva como también en la ocupación del trabajo, en los perfiles de las habilidades y capacidades de los trabajadores y en los sistemas de gestión imperantes. A lo largo de la historia, el desempleo tecnológico ha sido una característica sobresaliente de cada crisis de ajuste estructural de las revoluciones sucesivas, en paralelo con cambios mayores en las condiciones del empleo. En cada período de fuerte transformación productiva hubo un desajuste generalizado entre los perfiles de habilidades y capacidades requeridas y las ofrecidas por la fuerza de trabajo.

En el pasado sucedió que, tras el período de ajuste estructural mencionado, se ingresó a la siguiente fase del ciclo de desarrollo y expansión. Esto se logró, con mucho éxito en los países desarrollados del centro, por medio de aumentos de la productividad con derrames macroeconómicos, mediante la creación de sectores productivos con nuevos empleos y con decididas intervenciones de política pública.

Hay muchos ejemplos históricos de esto, dice James Bessen, economista de la Facultad de Derecho de la Universidad de Boston. Por ejemplo, durante la Revolución Industrial en el sector textil se automatizaron más y más tareas en el proceso de tejido, lo que llevó a los trabajadores a centrarse en aquellas que las máquinas no podían hacer, tales como operar una máquina o atender varias máquinas para mantenerlas funcionando sin problemas. Esto causó que la producción creciera en forma explosiva. En Estados Unidos, durante el siglo XIX, la cantidad de tela que un tejedor podía producir en una hora aumentó en un factor de 50, y la cantidad de trabajo requerido por unidad de tela disminuyó 98%. Esto hizo que la tela fuera más barata, lo que impactó de manera positiva sobre la demanda, lo que a su vez creó más empleos para los tejedores: su número se cuadruplicó entre 1830 y 1900. En otras palabras, la tecnología cambió gradualmente la naturaleza del trabajo del tejedor y las habilidades requeridas para hacerlo, más que reemplazarlo por completo.

En un ejemplo más reciente sobre la introducción de cajeros automáticos, Bessen afirma que se podía esperar que esta significara la desaparición del trabajo de los cajeros de los bancos al asumir algunas de sus tareas rutinarias. Y es verdad que en Estados Unidos el número promedio de personas en funciones de cajeros por sucursal bajó de 20 en 1988 a 13 en 2004. Pero eso redujo el costo de administrar una sucursal bancaria, lo que permitió a los bancos abrir más sucursales en respuesta a la demanda de los clientes. El número de sucursales bancarias urbanas aumentó en 43% durante el mismo período, por lo que aumentó el número total de empleados. En lugar de destruir puestos de trabajo, los cajeros automáticos cambiaron el contenido del trabajo de los empleados del banco, que se alejaron de las tareas rutinarias y aumentaron las tareas más personalizadas, como ventas y servicio al cliente, que las máquinas no pueden hacer.

El mismo patrón puede verse en la industria tras la introducción de las computadoras, dice finalmente Bessen: en lugar de destruir puestos de trabajo, la automatización los redefine, de manera que se reducen los costos y se aumenta la demanda. En un análisis reciente de la fuerza laboral estadounidense entre 1982 y 2012, Bessen encontró que el empleo creció significativamente más rápido en ocupaciones (por ejemplo, diseño gráfico) que utilizan más las computadoras, ya que la automatización acelera un aspecto del trabajo que permite al trabajador concentrarse en las otras partes. El efecto neto fue que los puestos de trabajo intensivos en informática dentro de una industria desplazaron a los menos intensivos en informática. Por lo tanto, las computadoras reasignaron en lugar de desplazar puestos de trabajo, lo que requiere que los trabajadores aprendan nuevas habilidades. Esto es cierto para una amplia gama de ocupaciones, no sólo en campos relacionados con la informática, como el desarrollo de software, sino también en el trabajo administrativo, la atención médica y muchas otras áreas. Sólo los empleos de la manufactura se expandieron más lentamente que la fuerza de trabajo durante el período de estudio, pero eso tuvo más que ver con los ciclos comerciales y la deslocalización a China que con la tecnología, señala Bessen.

Posibilidades y obstáculos

En segundo lugar, hay que tener claro que Uruguay, como ya lo mencioné, se insertó de forma marginal en las pasadas revoluciones tecnológicas. Como en el resto de los países periféricos, durante la difusión de las revoluciones tecnológicas e industriales predominó más bien la heterogeneidad estructural, que es la disparidad de niveles de productividad entre diferentes sectores productivos. Es decir, hubo pocos derrames de productividad entre sectores dinámicos y menos dinámicos, de forma de tener un efecto macroeconómico positivo. El resultado es una estructura económica desigual en la que conviven sectores con importantes diferencias en términos de eficiencia, condiciones laborales y salarios. A nivel de toda la economía, la heterogeneidad estructural incide negativamente sobre la competitividad, dado que esta última opera de forma sistémica.

Otra característica de la inserción de Uruguay en las revoluciones tecnológicas e industriales es el predominio de un modelo de desarrollo tecnológico exógeno. Es decir que la innovación tecnológica se realiza a través de la importación de bienes de capital y hay muy poco conocimiento generado localmente. Esto reproduce un desarrollo desigual en el que sólo se potencian algunos sectores “modernizados”, quedando el resto replegado en sectores “tradicionales”. Para que se efectivicen los derrames desde sectores dinámicos hacia sectores no dinámicos, se necesita la generación de conocimiento o investigación a nivel local, de forma de poder “dominar” los modelos productivos y tecnológicos, hacerlos específicos a las condiciones locales, es decir, utilizar el potencial local para el desarrollo.

Así describía Carlos Real de Azúa el Uruguay de los 60, década en la que convivía el surgimiento incipiente de la revolución digital con la consolidación de la revolución fordista: “Un mundo donde una revolución tecnológica de cibernética y automatización marcha a grandes pasos, mientras en ese rincón de él que agrupa a nuestras patrias apenas se recorren los primeros trancos (penosa, pausadamente) de las formas más elementales de industrialización, profundizándose por ahí, también, el foso entre el ‘adelanto’ y el ‘atraso’. Lo mismo la otra abismal diferencia –correlativa, causal, efectual– entre el tremendo dinamismo operante y creador que las zonas centrales (Europa, URSS, Japón, Estados Unidos) despliegan y nuestro trámite de vida cansino y apacible, nuestro ritmo de trabajo generalmente laxo, nuestro sistema de retiros generosísimo, nuestra enseñanza más breve y benévola, menos exigente que ninguna otra, menos impositiva en calidad y en cantidad, menos imantada a la función suprema, disciplinada y esencial de estudiar, ponerse al nivel, aprovechar al máximo todas las aptitudes de lo que cualquier nación en nuestras condiciones pudiera, sin peligro de estrangulamiento, concederse”.

Marcos Supervielle revela algunas características del modelo de la producción en masa o fordista en Uruguay. Es bastante categórico al concluir que en Uruguay nunca existieron cadenas de montaje de tipo fordista ni trabajo taylorizado en sentido estricto. Aunque el carácter de oficio aparece como trabajo artesanal y, cuando se da en las empresas en el trabajo en relación de dependencia, aparece como un sucedáneo del trabajo taylorizado o fordista.

En la era digital, Uruguay ha desarrollado un potente sector de software desde los años 90 y está actualmente plenamente inserto en la sociedad digital, aunque mucho menos en la economía digital. Es así porque si bien desde hace algunos años la aplicación de la tecnología digital incorporada en bienes de capital ha modificado el proceso productivo en numerosos sectores de actividad económica del país, la innovación tecnológica a partir de la introducción de las TIC en la actividad productiva no se ha consolidado aún en una transformación de envergadura. De hecho, hay estudios que indican que la heterogeneidad estructural casi no se ha modificado y el modelo tecnológico exógeno sigue vigente.

En cuanto al mercado laboral, dos estudios recientes sobre Uruguay dan cuenta de cómo impacta el cambio tecnológico en el empleo en la era digital. Ambos encuentran que la automatización en Uruguay ya está instalada desde hace años y que esta incorporación tecnológica en el sector productivo se ha complementado con una fuerza de trabajo que desarrolla de manera más intensiva tareas cognitivas.

Sin embargo, como puede verse en el cuadro anexo, los trabajadores y trabajadoras del tramo de la Población Económicamente Activa (PEA) con estudios secundarios (sean estos completos o incompletos) han intensificado en sus ocupaciones las tareas con más riesgo de automatización, es decir, las rutinarias y manuales.

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Sobre la base de la revolución digital, está en su fase de surgimiento otra revolución tecnológica caracterizada por el desarrollo sustentable y las aplicaciones a la matriz productiva de la biotecnología y nanotecnología. Aún no está configurada, pero el insumo clave será seguramente la biomasa y los países núcleo son los de Europa, sobre todo los nórdicos y Alemania, y China, que actualmente lidera las inversiones ligadas a esta revolución. Se visualiza, además, que los países de América Latina tienen grandes oportunidades debido a la base de recursos naturales renovables que esta revolución conlleva.

Hay grandes posibilidades para la creación de nuevos sectores y la renovación de los más maduros dentro del paradigma de esta nueva revolución industrial. Por ejemplo, en el primer grupo está el sector de energías renovables o los servicios ligados a los recursos naturales y globales de exportación, y en el segundo están la diversificación del sector forestal-madera-celulosa y de alimentos hacia sectores más intensivos en conocimiento. Aparentemente, Uruguay tiene serias chances de lograr finalmente un desarrollo sustentable dentro de este nuevo modelo productivo que se impondrá en el futuro. No obstante, tiene aún grandes obstáculos para insertarse genuinamente en ese modelo: los problemas de la educación, los enormes déficits de la investigación científica y tecnológica y de la innovación tecnológica, y el control ambiental de la explotación de los recursos naturales. Sin resolverlos, seguiremos solamente mirando pasar las revoluciones tecnológicas e industriales que se difunden a nivel global.

Lucía Pittaluga | Profesora titular de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, Universidad de la República.