¿A quién le sirve el desastre colorado?

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La renuncia del diputado Germán Cardoso a la secretaría general y al Comité Ejecutivo Nacional del Partido Colorado agregó, esta semana, un nuevo síntoma de deterioro a la situación de una organización política que gobernó este país durante la mayor parte de su historia, y fue capaz de dejar una profunda huella en la idiosincrasia uruguaya. En la carta con la que Cardoso dio a conocer esa de...
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La renuncia del diputado Germán Cardoso a la secretaría general y al Comité Ejecutivo Nacional del Partido Colorado agregó, esta semana, un nuevo síntoma de deterioro a la situación de una organización política que gobernó este país durante la mayor parte de su historia, y fue capaz de dejar una profunda huella en la idiosincrasia uruguaya.

En la carta con la que Cardoso dio a conocer esa decisión, quizá el párrafo más desolador es el que dice, al final: “Me voy con la alegría de haber logrado, junto a ustedes y un montón de colorados más, uno de los mayores anhelos por los que bregó el partido en los últimos años, como lo fue el haber reconstruido y reinaugurado la histórica sala de la Convención, que a partir de ese acto lleva el nombre del presidente doctor Jorge Batlle Ibáñez”. Con el mayor de los respetos, y sin negar la importancia de que se haya reparado una parte ruinosa de la vieja sede central, que sea ese logro el que se destaca, y no alguno en materia de elaboración programática, avance organizativo o iniciativa política, pinta —con tonos muy oscuros— la realidad partidaria de estos tiempos. Un triste panorama que no le da motivos de festejo a las otras dos grandes fuerzas políticas.

Para el Partido Nacional, la debacle de su histórico adversario no implica ninguna perspectiva alentadora. Lo que necesitan los blancos no es el respaldo en primera vuelta de unos pocos ex votantes colorados, sino que la oposición le quite votos al oficialismo, y para eso les sirve de poco que otras propuestas se debiliten. Entre otras cosas, porque, en la medida en que el Partido Nacional sea la fuerza desproporcionadamente mayor del campo opositor, se acentuará un efecto de polarización con el Frente Amplio que, en lo que va de este siglo, le ha sido claramente favorable a este. Recordemos, por ejemplo, qué sucedió en 2004, cuando la ciudadanía se vio ante la opción (que parecía ideada por un caricaturista) entre José Mujica y Luis Alberto Lacalle.

Pero el caso es que tampoco el Frente Amplio debería entusiasmarse al ver lo que les pasa a los colorados. En primer lugar, porque quizá no sea la competencia electoral con una oposición en la que predominen ampliamente las posiciones conservadoras lo que más le conviene, con miras a reactivarse como generador de nuevas propuestas y acciones políticas progresistas. Sin el desafío de fuerzas que le disputen ese terreno, le puede resultar más fácil, pero también menos saludable, apoltronarse en el lugar de lo menos malo.

Por otra parte, los frenteamplistas, que en algunos sentidos se han apoderado de lo que simbolizaba el batllismo para gran parte de la sociedad uruguaya, también han incorporado algunos de los problemas que determinaron el declive batllista. Entre ellos, el desgaste de la voluntad de cambio, el descuido de las tareas de organización en niveles de base (e incluso el rechazo a estas), y un modo de supervivencia estrechamente asociado con la ocupación de posiciones en el aparato estatal. Tal vez al Frente le convenga reflexionar sobre esto, curándose en salud, si no quiere que algún día su mayor motivo de orgullo sea, como el de un modesto club de barrio, evitar que se venga abajo el techo de su sede.

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