El Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE), que depende del Ministerio de Educación y Cultura, concentra a 70 investigadores presupuestados, 70 pasantes, estudiantes de licenciatura, maestría y doctorado, diez posdoctores e investigadores que se contratan puntualmente para proyectos. Además, siempre hay gente interesada en sumarse, incluso para hacer trabajo voluntario. Susana González, doctora especializada en biodiversidad y genética, preside el consejo directivo formado por cinco investigadores desde 2016 y su mandato culmina en 2018. Con ella conversamos.

¿Qué cosas cambiaron y cuáles permanecen en estos 90 años? La ciencia y la tecnología han cambiado mucho en estos 90 años, eso es indudable. El equipamiento que tenía el Clemente Estable no se puede comparar con el que tenemos actualmente. También es mucho mayor hoy la exigencia de estar siempre al día, para entender y manejar los instrumentos. Y cada vez hay más especialidades: no todos los investigadores pueden manejar todos los equipamientos, que requieren cada vez más conocimientos específicos. Cuando empezó el Clemente Estable, cualquier investigador podía manejar un microscopio óptico; hoy eso es muy distinto. Los que se mantienen intactos son los principios de la vocación, el interés. Es un legado de personalidades como Clemente Estable y tantos otros científicos a lo largo de la historia. En los últimos 40 años lo que sí ha tenido un impacto importante son los avances de la informática, la genética. Para ser un buen investigador, cada vez tenés que dedicarles más tiempo. No digo que antes no lo hicieran, porque tenían que escribir los artículos científicos a mano o en máquina de escribir. En vez de fotografías digitales eran dibujos a mano con tinta china. En los últimos años, las biotecnologías han adquirido gran relevancia y se ponen muchas expectativas sobre ese campo del conocimiento.¿Qué papel te imaginás que puede jugar el Clemente Estable en ese contexto? Por suerte, dentro del equipo que tenemos hay una masa crítica bastante diversificada. Tenemos investigadores que pueden atender distintos avances de la biotecnología. En general, podemos atender varios asuntos; por ejemplo, el tema del agua, que está instalado socialmente como debate. La sociedad quiere saber qué pasa con el agua que tomamos y su calidad. Acá tenemos investigadores que están monitoreando y trabajando con distintas herramientas biotecnológicas para poder decir cómo está actualmente la calidad del agua y qué puede pasar en el futuro. Porque también es importante poder decir qué tipo de medidas se pueden adoptar para mejorar la calidad del agua. Otro tema: la miel. A nivel mundial hay problemas críticos con la producción de miel, y en el IIBCE hay un grupo de investigadores que viene trabajando en ello, con repercusión nacional e internacional. Y en estos temas, tan relacionados a políticas públicas y a decisiones políticas, ¿se tienen en cuenta las opiniones de los científicos? Creo que hay mayor receptividad, sí. El tema del agua lo saqué porque hubo una invitación por parte de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación para que el instituto forme parte del Centro Nacional de Agua; se formó un grupo con diversos actores y se pidió el aporte del IIBCE, porque interesa lo que vayan a opinar los investigadores. Lo mismo podría decir sobre temas iniciados por Clemente Estable, como el estudio de las células nerviosas del cerebro: hoy tienen la misma vigencia, sobre todo en el marco de una discusión sobre educación y de cómo los niños pueden aprenden mejor, por poner un ejemplo. Recién mencionabas los vínculos institucionales que tiene el IIBCE con organismos públicos. ¿Cómo es el relacionamiento con la Udelar? Con la Udelar tenemos un vínculo muy estrecho desde los orígenes; el instituto se formó con investigadores que en su mayoría venían de ahí. Y a lo largo de estos 90 años funcionaron las denominadas unidades asociadas, que aparecieron en un momento complicado en lo económico para el instituto, y eso trajo un influjo de personas, cargos y estableció un vínculo muy estrecho con la Universidad, que se mantiene en la actualidad. Ya no están las unidades asociadas, pero se sigue trabajando en estrecha colaboración. Como también colaboran otros organismos de investigación, como el Instituto Nacional de Investigación Agraria y el Instituto Pasteur. ¿Y con las universidades privadas? Las privadas hacen investigación científica pero no biológica. El tema es que la investigación en biología es la más cara; los reactivos que usamos son sumamente costosos. De todas maneras, tenemos convenios firmados con universidades privadas como la ORT, que incluye un sistema de pasantías. Nuestros laboratorios son valiosos, porque el equipamiento es valioso y además es complicado mantener ese equipamiento. ¿Cómo esta Uruguay en materia de equipamiento, en comparación con otros países de la región? Estamos muy bien. Veníamos de una crisis por la falta de renovación de equipos, pero ya en el primer gobierno de Tabaré Vázquez hubo un aporte muy valioso que nos permitió actualizarlos y no quedarnos tan para atrás. Por suerte logramos mantenerlos, cuidamos mucho las cosas, tenemos un sistema de plataformas en el que están los equipos más caros y hay un técnico que se encarga de manejarlos, y eso evita que cualquier usuario, por un accidente, pueda dañarlos. Ese sistema, que no es un invento del instituto —lo tienen todos las instituciones que cuentan con estos equipamientos tan caros— es una inversión que hacemos y que a la larga es una forma de amortizar lo que se gastó al comprarlos. ¿Dónde se forman esos técnicos? Los terminamos formando acá; hay un vacío en la formación para técnicos de plataforma. Los investigadores son, en su mayoría, profesionales formados en la Universidad, pero debido a esa mayor especialización de la que hablaba, en algún punto todos somos un poco autodidactas. Yo soy genetista, y a mí nadie me enseñó en un curso curricular cómo se obtenía una secuencia de ADN; lo tuve que aprender sobre la marcha. ¿Pero cómo hacen? ¿Se terminan bajando el manual del cromatógrafo y ahí van viendo? Y sí [risas]. En mi caso es hasta más antiguo todavía, porque cuando empecé a hacer secuencias no existía el secuenciador automático, se hacía todo de una manera muy artesanal. Vas leyendo artículos, prueba y error, y sí, hay que estar siempre muy dispuesto a seguir aprendiendo. Seguramente para eso también es importante la formación en otros países. Claro, es fundamental. Porque los equipos son los mismos y es probable que ya hayan enfrentado problemas similares. Uno puede traer ideas que después hay que adaptar a la situación local. Siempre tiene que pasar por ese proceso de adaptación. Vos podés ir al mejor lugar —en mi caso estuve en Los Ángeles, en un laboratorio de genética de la conservación— pero no podés traer acá el mismo modelo que incorporaste allá, porque sería imposible trasladar todo tal cual. De todas maneras, siempre es importante poner la mira lo más arriba posible, porque es la manera de superarse y no estar siempre en el promedio.

¿Y cómo es la articulación con el sector privado, demandan aportes de los científicos uruguayos? Hay muchos trabajos que estamos haciendo con el sector privado. No es que nosotros salimos a buscarlo, aunque a veces sí lo hacemos, pero lo más común es que nos vienen a buscar, ya sea un emprendimiento nuevo o una empresa que tiene un determinado problema. ¿Algún ejemplo reciente? Puedo hablar de uno que me involucra directamente, porque se dio a partir de una investigación mía y que además es un poco gracioso. Trabajo con genética de mamíferos nativos, pero a pesar de trabajar con especies en extinción del Uruguay, me vinieron a buscar del Secretariado Uruguayo de la Lana [SUL], porque tienen un problema, de larga data, con los zorros, que se comen a los corderos. Se ha visto, a lo largo del tiempo, que no son sólo los zorros, sino que también el jabalí come ganado. Ellos querían implementar un sistema de cuidado de las majadas que consistía en colocar burros para que cuiden a los ovejas; y ahí se encontraron con que hay burros que sirven para esa tarea y burros que no. Burros que son burros para cuidar ovejas. Claro, algo así. Entonces la pregunta que ellos se hacían era si no habría algún tema genético. Y a raíz de eso diseñamos el muestreo, les sacamos pelos a los burros, se fotografiaron, se identificaron y después se extrajo ADN, y se estudió con un marcador para saber si los burros que servían eran genéticamente diferentes de los que no servían. Con ese marcador, llegamos a la conclusión de que puede haber una base genética en los burros que sirven. Y eso es algo que a mí no se me hubiera ocurrido nunca investigar por la mía. Ahora seguimos colaborando con ellos, hay una estudiante de doctorado que está investigando qué comen los zorros, también a partir de técnicas genéticas, y el SUL habilitó algunos establecimientos donde están las majadas ovinas y en los que tienen este problema para hacer un estudio de fecas. De ahí se extrae ADN y aparece todo lo que comen los zorros: no sólo si comen ovejas, sino todo lo que comen. Eso es algo que todavía está en etapa de estudio. ¿Qué otros trabajo de ese tipo han hecho? Hemos hecho investigaciones vinculadas al cannabis para una empresa canadiense, producto de los últimos cambios en la normativa. El gobierno, mediante la Junta Nacional de Drogas, también nos ha pedido que estudiemos los componentes de la pasta base de cocaína. Hay un laboratorio que está trabajando desde hace años con ese tema, para determinar su trazabilidad, qué elementos están dentro de la pasta base. Hemos hecho varias cosas de este tipo. Igual, estoy en contra de esa idea de que hay ciencia que sirve y ciencia que no sirve. Te parece que esa discusión entre ciencia básica y ciencia aplicada ya no tiene sentido. No tiene sentido, pero hay gente que todavía discute en esos términos, incluso entre los científicos. Creo que es una división inútil. Lo que sirve es hacer ciencia con rigor científico, aplicando el método científico, que todo pueda ser verificable. Aparte nunca sabés si va a tener aplicación inmediata o no; hoy la ciencia y la tecnología van caminando tan unidas que es imposible decir si tal cosa es buena o mala, o cuándo se va a aplicar. Estaba esa imagen de que en el IIBCE se hacían más bien investigación en ciencias básicas. Creo que eso lo hemos podido ir cambiando. A veces el tema está en no saber comunicar correctamente qué es lo que hacemos. Esa sí es una problemática que les debería importar a todos los científicos, porque no saber comunicar te lleva a aislarte. Es importante saber cómo decir algo de tal manera que sea comprensible y que sea valorado por la mayoría de las personas. O cómo esas cosas que están investigando terminan teniendo impactos en la vida cotidiana. Claro. Yo pienso que, en definitiva, el conocimiento sirve para seamos más libres. Sirve para que uno pueda elegir y tomar mejores decisiones, por ejemplo, para saber cuál es el mejor tratamiento médico. El conocimiento te permite eso, ni más ni menos. Es cierto que no todo conocimiento nuevo se va a aplicar inmediatamente, pero todo puede ser interesante. Atada a muchas de estas cosas está la cuestión presupuestal. Hay un compromiso de Vázquez de subir a 1% del Producto Interno Bruto (PIB) la inversión en ciencia, tecnología e innovación. ¿Qué tan importante es contar con recursos? Muy importante. Hoy no llegamos a 0,3% del PIB de inversión en ciencia, y sería muy importante llegar a ese 1%. Esto no era un compromiso del gobierno actual: fue un compromiso que asumieron todos los partidos políticos con representación parlamentaria. Sería un cambio significativo, cuyos resultados de repente no se verían inmediatamente. Algo parecido a lo que pasa en el debate sobre educación; ya hay cambios en educación, lo que pasa es que muchos de ellos se van a poder evaluar con el tiempo. No es que ponés determinado dinero y a los cinco meses ya tenés un resultado. A pesar de que sería importante contar con esos recursos, yo creo que el panorama sigue siendo alentador. A pesar de las proporciones de Uruguay comparadas con los países vecinos, nuestros científicos son reconocidos en toda América Latina, hacemos mella a nivel continental. Nos solicitan evaluar proyectos de colegas de la región de manera permanente; y se publica muchísimo en revistas arbitradas del exterior. Solamente en el IIBCE se publican anualmente entre 90 y 100 artículos en revistas internacionales ¿Cómo imaginás el futuro del IIBCE? El futuro son los jóvenes. Puede sonar como un discurso o una frase hecha, pero es la realidad. Esto se renueva si vienen otros atrás. La transferencia de conocimiento es clave, y creo que es algo que hacemos bien, y por suerte siempre hay gente interesada en venir al instituto. De hecho, hay mayor demanda que espacio para atenderlos. Hace muchos años que recibimos delegaciones de escuelas para que visiten nuestros laboratorios: ya en 2017 tenemos la agenda completa, o sea que interés existe. Y si logramos despertar el interés por la ciencia en algunos de esos chiquilines, ya quedamos más que conformes. Las visitas escolares también sirven y son interesantes, porque ves cómo nuestros investigadores muestran con orgullo qué cosas hacen. El futuro está ahí.

Festejo

El IIBCE cumple 90 años y lo celebra. El martes 23, a las 18.00, se proyectará en el salón de actos del instituto (Avenida Italia 3318) el documental 90 años, en el que se narra la historia del instituto por parte de la productora De La Raíz, que se especializa en temáticas de ciencias biológicas. También se inaugurará la intervención artística del hall, se dará a conocer el sello conmemorativo del aniversario de la institución, se presentará el calendario de actividades para 2017 y, por supuesto, participarán distintas autoridades, entre las que se destacan la ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz, el director de Innovación, Ciencia y Tecnología, David González, el presidente de la Academia Nacional de Ciencias, Rafael Radi, y autoridades del propio IIBCE.