Ramiro Alonso

Horacio Cavallo, Carlos Rehermann y sus recientes novelas

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En el último año largo aparecieron _Tesoro_ (Banda Oriental) e _Invención tardía_ (Hum), dos relatos que se suman a una larga tradición tal vez iniciada por el Nuevo Testamento: escribir para entender al padre. _Tesoro_, que ganó el premio Narradores de Banda Oriental en 2016, se presenta como una reconstrucción en primera persona: son las memorias del narrador sobre su infancia y sobre un t...
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En el último año largo aparecieron Tesoro (Banda Oriental) e Invención tardía (Hum), dos relatos que se suman a una larga tradición tal vez iniciada por el Nuevo Testamento: escribir para entender al padre.

Tesoro, que ganó el premio Narradores de Banda Oriental en 2016, se presenta como una reconstrucción en primera persona: son las memorias del narrador sobre su infancia y sobre un tal Aquiles Rehermann (Montevideo, 1981). El autor, Carlos Rehermann (Montevideo, 1961), empezó a publicar en 1990 (Los días de la luz deshilachada) y hoy sus títulos en drama y novela superan la veintena. Unos meses antes de que saliera Tesoro se publicaba Invención tardía, la historia de la búsqueda de Enrique Salerno por parte de Agustín Salerno. Era la tercera novela de Horacio Cavallo (Montevideo, 1977), después de Oso de trapo, de 2008, y Fabril, de 2009. Cavallo también había escrito un libro de relatos (El silencio de los pájaros, 2013) y unos cuantos volúmenes de poesía, además de libros para niños.

Esta semana reunimos a ambos autores para un intercambio a tres bandas. Aunque el tiempo que ha pasado desde que publicaron sus últimas novelas los encontró en otras cosas, como ellos cuentan, lo que une y separa sus libros no caduca.

Me parece que hay una conexión temática muy grande en las últimas novelas que publicaron, aunque también bastantes diferencias en su relación con la ficción. La de Carlos juega mucho con la autobiografía y la de Horacio es claramente ficcional. ¿Están de acuerdo?

(CR) Bueno, en mi caso yo la considero una crónica, en el sentido de que me impuse la obligación de que el referente fuera absolutamente real. Tiene forma de novela (o de fragmentos de novelas, digamos). Pero el referente no es ficticio, sino verdadero, tal como está en mi memoria.

(HC) Sí, por mi parte sí. Lo de lo biográfico o ficcional creo que viene dado después. En el texto de Carlos no lo sabía, si no hubiera sido dicho por la crítica. A su vez me gustó conocerlo de esa manera. Saber o intuir que era él mismo el que adoraba el buceo, entre otras cosas. En mi caso, inventé por completo a ese padre, que de seguro guarda inconscientemente algún rasgo del mío.

(CR) Es interesante porque es clarísimo que la de Horacio es una ficción, pero nada más que porque conocemos la aldea.

(HC) Claro, eso pensaba: por fuera del texto uno sabe cosas, también, que complementan los libros.

(CR) No porque sea inverosímil.

O sea, que lo mismo que indica que la de Carlos es “verdadera” indica que la de Horacio es “falsa”: el conocimento del ambiente montevideano.

(HC) Creo que sí. Como que el hermano de la novela de [Daniel] Mella existió [El hermano mayor] y el padre de Roberto Appratto es el de Íntima.

(CR) Exacto. Leemos así porque nos conocemos. En el sentido de comunidad, ya que yo desconozco las circunstancias personales de Horacio.

(HC) Me pasó lo mismo: mientras leía y disfrutaba Tesoro, creía fervientemente en la infancia del narrador, y cada cosa que contaba me hacía conocer más a Carlos, con quien no hemos hablado mucho, y eso me acercaba a él. Pero yo sabía que eso, más allá de lo que da y quita la memoria, había sido así.

(CR) Es siempre una cuestión de confianza. Pero en realidad es el viejo asunto de la verosimilitud aristotélica. La verdad está en la obra, no en la existencia o no de un referente.

En ese sentido, y desviándonos un poco, a mí me interesa mucho cómo se han leído Febrero 30, de Amir Hamed, y Cordón Soho, de Natalia Mardero, que dependen mucho de eso, del conocimiento de la comunidad, como dice Carlos. O sea, tienen nombres cambiados, pero nadie las lee como ficción.

(HC) ¿Y planteás que si esas novelas fueran leídas en India se perdería parte de su sustancia?

(CR) O quizá se percibiría su esencia.

(HC) Sí, eso seguro. La esencia las trasciende. Lo que no se podría, supongo, es establecer eso de “este debe ser Fulano”, o “acá está hablando de aquel”. Un vicio en el que uno, quiera o no, termina cayendo.

(CR) Las identidades no creo que importen mucho. La Commedia es un merengue de chusmeríos que deberían ser muy disfrutables en su tiempo, pero ahora, que la Commedia contribuyó a fabricar la literatura de occidente, vemos otras cosas.

Yendo a lo esencial, entonces: Invención tardía y Tesoro son ambas búsquedas de un padre, ¿no?

(HC) Yo creo que la de Carlos, además, habla del país en un momento particular, además de su infancia, claro, en ese momento. En el caso de la de Mardero, se habla de algo más puntual y generacional, incluso. En mi caso creo que quería escribir una novela en la que la fuerza estuviera en la ficción, entonces me gustaba la idea de buscar un padre y que ese padre fuera reconstruido por su obra y por sus amigos, no por un vínculo directo. El tema del padre aparece bastante en mi obra, como alguien a quien uno nunca termina de conocer, o está perdido o ausente.

(CR) Tomo la volea de Horacio y hago un revés: yo viví con mucha armonía el vínculo con mi padre, un problema de salida del libreto freudiano que fue lo que principalmente me empujó a escribir: ¿cómo escribir esa falta de conflicto adolescente con el padre? Tal vez el contexto decididamente hostil a la inteligencia, y hasta a la supervivencia (estábamos muy mal en lo económico) me ayudó. Era todo bastante horrible, incluso dentro de su ridiculez intrínseca.

¿El contexto al que te referís sería la dictadura, Carlos?

(CR) Había un enemigo superior. Mi padre y yo podíamos ser aliados, contra los milicos, contra Bordaberry, contra los curas.

(HC) Me llamó pila la atención ver eso en tu novela. Yo siempre, como padre, tuve esperanzas de que ese vínculo fuera posible y rico. No porque con el mío haya sido un mal vínculo, pero de repente por los cambios en “el mundo”, por decirlo en general, sí había una distancia, que a medida que crecí fue acortándose.

(CR) Ahora, en tu novela, Horacio, tampoco hay un problema con el padre. Hay más bien una incógnita, un deseo de saber.

(HC) Es cierto. Ahí no aparece. Claro, es más el querer desentrañar, conocer al otro. Si hubiera ido a terapia con esto ya tenía para rato...

(CR) O sea que hay un componente de referente real.

(HC) El deseo de querer saber del otro y no tenerlo de primera mano. Aunque ese otro esté ahí.

(CR) Claro, objetivar.

(HC) Yo creo que en mi novela no aparece, pero siento que está a nivel inconsciente.

(CR) Ahora, el protagonista se apropia afectivamente de la agente de objetivación, que vendría a ser Lorena. Como si quisiera evitar la lejanía con lo que le permitiría la objetivación. Mata al padre (cumpliendo con el oráculo para Edipo) enamorándose de la figura que le permitiría acceder al padre, es decir, perdonarle la vida. Ahora que lo escribo entiendo más el final. ¡Pero no voy a espoilear!

(HC) ¡Explicámelo que ni yo lo entiendo!

¿Les interesa el subgénero “novela del padre”, o les interesa leerla en otros autores?

(HC) A mí me interesa pero no es que busque libros exclusivamente por eso. Leí hace poco una novela de Renato Cisneros, un peruano que reconstruye a su padre, un militar de prestigio, y en la que lo pinta de arriba a abajo, con claros y oscuros. Pienso en La carretera, de [Cormac] Mccarthy, o más acá, Íntima, de Roberto Appratto. Y hasta en esa maravilla que no es novela, pero es un poemón: “Pago”, de Darnauchans.

(CR) De McCarthy leí sólo dos libros, No es país para viejos y La carretera. Releí La carretera hace poco, para ver si la incluía en mi club de lectura, y me pareció que está mal, porque el padre es un héroe. La historia debería ser la de un hijo antropófago, no la de un padre abstemio de carne humana. Así es fácil. Salvo que tu padre, como Aquiles, haya sido de veras un tipo en serio.

En plan psicológico, que me permito reintroducir luego de tu interpretación de la novela de Horacio: me llamó la atención el lugar de la mujer en tu novela, Carlos. Como que el padre, o el padre y el hijo, ocupan todo.

(CR) Sí, eso es deliberado, Mis otras novelas son muy llenas de mujeres. Acá llegaron los varones. Con pocos atributos varoniles, por lo demás.

(HC) Sí, coincido con que siendo varones, no son varones que aparezcan alardeando de su masculinidad.

También Tesoro es más “autobiográfica”, ¿no? Había un anuncio de eso en tu novela anterior, El auto, y, un quiebre con Dodecamerón, por ejemplo.

(CR) Sí. Dodecamerón es pura fantasía arborescente. El auto es un viajecito feminófilo, con partes autobiográficas. No la fiesta, lamentablemente.

(HC) Te envidio menos ahora.

(CR) Hay quien se sintió molesto porque todas las mujeres de la fiesta estuvieran menstruando, incluso las viejas. El mito de la coordinación del estro.

Otra cosa que tienen en común Tesoro e Invención tardía es lo episódico, la encapsulación de pequeños relatos.

(CR) Es cierto. Al principio no entendí, pero en cuanto acepté cortar la continuidad leí la novela de Horacio con más disfrute.

(HC) A mí me venía bien que el padre escribiera para mechar relatos de él o fragmentos. Además, me interesa estructurar con capítulos breves. Por lo general de una sentada de escritura.

Es que tu novela, Horacio, es incluso hasta más “metaliteraria”, porque se trata del mundo de un escritor. Hay fragmentos, versiones de cuentos. Incluso hay referencias al resto de tu obra. Hasta detecté una reversión de un cuento tuyo que publicamos en Lento, que acá aparece como referido por un tercero.

(HC) Sí. Eso. Me interesaba, en este caso, estructurar de esa manera e ir a lo fragmentario que jugara con los pedazos de padre. Disfruté en Tesoro los relatos dentro del relato madre, o padre, en este caso.

(CR) Bueno, yo fui un poco terrorista con Aquiles.

(HC) Y Aquiles también era escritor. La anécdota del colegio es muy fuerte.

En todo caso, Tesoro no es una novela “de escritores”. Invención tardía sí, en parte.

(HC) Yo me arrepentí de eso, de haber tomado al padre escritor, de que todo diera vueltas sobre ese mundo.

(CR) Sí, quizá eso no le hace bien al mundo de la novela. Como que los escritores fuéramos un mundo aparte.

Una cosa que me pareció notable en Tesoro es el trabajo de recuperación del punto de vista de un hijo, “infantil” incluso. En la reconstrucción de episodios, en algunos “puntos ciegos”. Es como volver a pensar como se piensa de niño o adolescente.

(HC) Es notable eso, sí. Me parece muy bien trabajado.

(CR) Creo que es inevitable en una escritura sobre un padre con referente real. Uno siempre es hijo, y desde cierto momento, con suerte, uno empieza a ser padre.

(HC) Supongo que el hecho de hablar de un padre real, y de traer todo eso, debe hacer más difícil la escritura, por lo emotivo, pienso, que cuando es pura ficción. ¿Cómo viviste eso?

(CR) Para nada difícil. Mi vínculo con Aquiles era fácil. Mi recuerdo, y la reconstrucción de ese vínculo (uso una palabra con acento esdrújulo, mucho más intenso que “relación”, que es como facilonga) no me resultó nada complicado.

¿Le hubieran sacado algo a la novela del otro?

(HC) No.

(CR) Sacarle algo a otro es robo.

Volviendo a lo del principio. Horacio, por un lado, sigue siendo un escritor apegado a estructuras, a procedimientos internos. Hasta hace tres años hubiera dicho que Carlos también, aunque en El auto y sobre todo en Tesoro veo un giro hacia otro lugar, de repente más cercano a lo que se llama “autoficción”.

(HC) Yo no me propongo lo de la estructuración, necesariamente. Se me aparece de acuerdo a lo que quiero contar cuando lo entreveo, y por lo general sigo ese pálpito. Me sigue interesando, por ahora, esconderme detrás de una ficción. El registro confesional lo dejo para la poesía. En la narrativa lo mezclo, estoy pero no estoy. Es algo que se viene dando. No es que tenga una postura marcada frente a eso.

(CR) Sí, desde El auto estuve en eso sin quererlo, aunque la autoficción me parece un género inexistente o en todo caso que siempre existió, lo que viene a ser lo mismo. Vuelvo a La Commedia: ¿no es autoficción? Por otra parte, lo que estoy haciendo ahora es fantasía pura, una especie de ciencia ficción o distopía. Una novela que sólo podría emparentar, por lo que he leído, con La ciudad y la ciudad, de China Mieville, y con [Franz] Kafka, si me atrevo. En realidad es una idea que planteé hace como 15 años en Dodecamerón, después en una obra de teatro que aún no se hizo, y ahora exploro para ver si fracaso con éxito o todo lo contrario.

Talleres

Cavallo da talleres de narrativa en la Librería Purpúrea y este lunes comienza uno de poesía en Casa de los Escritores. El 8 de junio, además, presenta en la Feria del Libro Infantil su novela El diario ínfimo de Nicolás (Motena-Penguin Random House). Rehermann dirige un club de lectura, donde comentan una obra por semana, y dos talleres de escritura.
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