Mari Hernández en el hogar de ancianos de Florida. foto: Marcelo Ruiz

Las estufas de Florida

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En Uruguay hay unas 7.000 estufas mayólicas. La mitad, o más, están en Florida. Eso explica por qué la mayoría de los floridenses reconocen como una estufa un objeto que para casi todos los demás uruguayos difícilmente sea otra cosa que un mueble poco convencional, a veces enorme. Sin embargo, su eficiencia energética es altísima. “A quí en Uruguay todo el mundo las conoce como las estufas d...
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En Uruguay hay unas 7.000 estufas mayólicas. La mitad, o más, están en Florida. Eso explica por qué la mayoría de los floridenses reconocen como una estufa un objeto que para casi todos los demás uruguayos difícilmente sea otra cosa que un mueble poco convencional, a veces enorme. Sin embargo, su eficiencia energética es altísima.

“A quí en Uruguay todo el mundo las conoce como las estufas de Florida”, dice el ingeniero Luis Lagomarsino, miembro de la Sociedad Americana de Ingenieros de Calefacción, Refrigeración y Aire Acondicionado y profesor titular de Acondicionamiento Térmico en las facultades de Arquitectura de la Universidad de la República y de la ORT. Sin embargo, ese mueble en apariencia tan floridense es un tipo de calefacción habitual en los países de Europa Central. No es raro verlo en escenas de películas filmadas o ambientadas en esa región, como El Pianista (Roman Polanski, 2002).

Cada estufa es una suma de piezas de cerámica que desde afuera se ven como placas, pero que hacia adentro forman un intestino o laberinto que recorre el humo, tan culpable como el fuego mismo por el calor que se sentirá en el exterior.

Calor romano

La historia de estas estufas puede ser contada a partir del siglo XVII, cuando comienzan a construirse unas muy similares a las actuales (de esa época no sólo hay registros sino también algunas estufas en pie y funcionando, fundamentalmente en palacios). O también se puede contar yendo mucho más atrás en el tiempo —2.000 años al menos—, cuando el sistema era utilizado, a otra escala y de otra manera, en los hipocaustos romanos.

En todo caso, la historia uruguaya de estas estufas es más fácil de fechar, así como identificar su raíz: el vértice en el que se unieron las décadas del 50 y 60 del siglo XX, cuando el estufero croata Djuro Jelačić (Remete, Zagreb, 17 de abril de 1917-Florida, 16 de agosto de 1993) empezó a fabricarlas después de un lustro de haber llegado a Uruguay, de la mano del amor por la floridense Sara Pastorini, a quien conoció en Brasil, pero también escapando del régimen partisano yugoslavo y de las secuelas de la Segunda Guerra Mundial.

En efecto, salvo algunas importadas —que se cuentan con los dedos de una sola mano—, las 7.000 estufas fueron amasadas, moldeadas, cocidas, esmaltadas y armadas por Jelačić o por alguno de sus discípulos (o por discípulos de sus discípulos). Todos ellos se han considerado portadores de un oficio, pero también artesanos, porque el proceso de creación de cada estufa es único, y lo es incluso el de cada pieza, independientemente de la utilización de moldes en los que antes alguien tuvo que dibujar y trabajar en relieves que luego un carpintero convirtió en matriz para el yeso.

El desvío austríaco

Alex Neumann llegó a Florida en 1983 para convertirse en discípulo de Jelačić. Dos años más tarde, le compró el taller. “La gente me pregunta por qué no hay muchos que hagan estas estufas. Esto no es fácil, porque para hacerla hay que saber de cerámica, de hornos, de moldes, de yeso, de matrices. Y para armarla tenés que saber de armado, de circulación de humo y tirajes, porque si tenés un problema de tirajes marchaste, por más linda que sea la estufa”, dice.

Neumann se contactó con Djuro a instancias de su padre, austríaco, quien tiempo antes había viajado los 100 kilómetros que separan la capital del país con la de la Piedra Alta, con el único objetivo de confirmar o refutar lo que había escuchado: un croata estaba construyendo las mismas estufas que él había conocido en su tierra natal. Lo confirmó y le encargó una para su casa, claro está.

“El oficio de artesano es único. Cada persona le da el toque exclusivo y de terminaciones con sus manos”, comenta Martín Barreto, otro de los contados estuferos vernáculos. Él, que hoy encabeza la empresa M&L junto a su pareja (y también discípula) Laura Riestra, aprendió el oficio trabajando para Walter Bentancor. Varios de los entrevistados destacan especialmente la dimensión artesana del trabajo de Bentancor, que fue simultáneamente alumno de Jelačić en las clases de UTU que el maestro croata empezó a impartir en la segunda mitad de la década del 70, y también empleado de su taller. Todo sucedía en el mismo lugar. De hecho, el taller de la calle Batlle y Ordóñez, hoy a cargo de Neumann, tiene en su frente todavía los mástiles para colocar pabellones patrios, porque allí se dictaban cursos de una institución pública.

A las empresas de Neumann, Bentancor y Riestra-Barreto, se sumó el año pasado el emprendimiento Estufas de Yuro, de David Arana. Él aprendió el oficio por estar metido entre moldes y arcillas desde los primeros años de vida. Es hijo de Violeta Martínez, una discípula de Jelačić que entre muchos de sus pares es considerada una pieza insoslayable en la historia de las estufas de cerámica en Florida. “Cuando yo llegué acá”, cuenta Neumann, “la persona que me enseñó a trabajar día a día con los moldes fue Violeta, porque Djuro no siempre estaba en la mesa de trabajo. Fue muy querida por todos nosotros. Trabajó conmigo 18 años, hasta el 16 de abril de 2003”. Ese día, cuando faltaban unos minutos para el 17 de abril, murió.

Armario solemne

Luego de una estadía en países de Europa Central, el escritor estadounidense Mark Twain le dedicó algunos párrafos a las que él identificó como “estufas alemanas”, pese a que en el país germano las llaman Kachelofen. En un fragmento de Europa y otros lugares (aparecido luego de su muerte, en 1923) las describió, previas quejas por “la lentitud de una parte del mundo para adoptar las ideas valiosas de otra parte de este”, como “ese monumento de porcelana [...], gigante, antipático, sugerente de la muerte y la tumba [...], al extraño de ojo no entrenado no le ofrece nada, pero pronto encontrará que su comportamiento es insuperable”. “Tiene una pequeñez como puerta, por la cual no podría pasar tu cabeza”, y en su “caverna” no entra más leña “que la que pueda cargar en sus brazos un niño pequeño”.

En una nota que dio al diario El Día en 1979, Jelačić habló sobre el comportamiento de las estufas. “Cada placa que usted ve calienta un metro cúbico. Y cuando la estufa ha sido concluida, dándole fuego durante dos horas, con unas 18 astillas de leña, calienta durante 24 horas”, le explicaba al periodista José Penna. También habló sobre el oficio: “Trabajamos con la arcilla plástica y refractaria. También con feldespato, material muy difundido entre las arcillas, que se utiliza como fundente. Pero no omitimos al cuarzo, ni al coalín. O a la harina de chamota molida, que empleamos para que la estufa no se raje cuando se enfría. Sólo colocando 20% de esta mezcla lo impedimos. Son pequeños secretos”. ¿Propaganda? “¿Para qué? Vendemos más de lo que podemos fabricar. Por otra parte, nuestros mejores propagandistas son nuestros propios clientes”, decía.

Era lo mismo que le había señalado al periodista floridense Edgardo Ariel Ferreyra en una nota que le hizo a mediados de la década del 60. Fue la primera que aceptó Djuro. Mientras hablaba con Ferreyra, trabajaba en la estufa de más de dos metros de altura que hoy se encuentra en el salón Ursino Barreiro de la Intendencia de Florida. Es bastante representativa de una época en la que Jelačić comenzó a valerse del trabajo de artistas locales que dibujaban, tallaban y moldeaban no sólo los diseños de las piezas más comunes sino también de cuadros históricos (la Batalla de Las Piedras, el Desembarco de los Treinta y Tres Orientales, la Declaratoria de la Independencia, la Jura de la Constitución), de bustos (José Gervasio Artigas y José Batlle y Ordóñez, entre otros) y de insignias (desde los escudos de Uruguay y Florida que aparecen en algunas instituciones públicas hasta la marca del ganado de la estancia de algún cliente de turno).

Mucho humo

“Son muy artesanales”, señaló el ingeniero Luis Lagomarsino. Si bien no sabe de trabajos técnicos que las hayan evaluado, explica que “no es difícil afirmar que son muy eficientes. Consumen poca leña, reutilizando mucho el calor del humo”.

“Nuestra estufa tradicional criolla tiene una eficiencia de entre 10 y -10, dependiendo de la temperatura exterior. El calor que entrega es menos que el calor que le saca a la casa, debido al aire frío que ingresa”. “Hay un calor que la estufa da por radiación, pero como, en el caso de la criolla, es una gran convección, un gran chimeneón que se lleva todo, el calor que te da la leña es el calor por radiación del hogar. Después el resto se va por la chimenea, y es aire que entra a la casa de uno por todas las ranuras. Un día de baja temperatura el aire frío hace que por infiltración el balance sea negativo”.

David Arana, munido de The Book of Masonry Stoves: Rediscovering an Old Way of Warming (sería El libro de estufas de albañilería: redescubriendo la calefacción a leña, pero no hay edición en español), del estadounidense David Lyle, cuenta que “hay estudios realizados en Austria que marcan una eficiencia del entorno de 75% de combustión”.

Pero Lagomarsino aclara que, como toda estufa, también tiene factores que le juegan en contra. En el caso de las de cerámica, “no se adaptan mucho a la vivienda de hoy, porque la gente prefiere no tener algo tan pesado que, además, no es móvil”. En realidad, las estufas pueden desmontarse y reubicarse en otra casa, pero se necesita de mano de obra especializada para ello.

“Estufa de hogar cerrado”, describe a “diferentes tipos de sistemas que tienen en común la realización del fuego en una cámara cerrada, con el objetivo de obtener un mayor rendimiento de la leña por el mejoramiento del proceso de combustión”, según se indica en Echando leña al fuego, un material de estudio utilizado en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, editado en 1997 por Mariana Lombardi, Patricia Ruétalo, Graziella Güida, Graciela Pedemonte y Mirtha Pavan.

Este tipo de estufas, apuntan, puede llegar a tener un rendimiento calórico de 80%. Entre estas se encuentran las de materiales de cerámica. “Están clasificadas dentro de las acumuladoras. Transmiten el calor por radiación, resultado del calentamiento progresivo de la masa cerámica. La acumulación del calor se realiza por un largo recorrido que debe realizar el humo antes de salir. Para provocar el tiraje, es necesario generar diferencias de presión por medio de un encendido previo en la parte inferior del ducto”.

Las autoras añaden que el sistema “es ventajoso cuando se lo mantiene encendido durante períodos largos”. De hecho, “demora en calentar” es un enunciado fácil de escuchar a quienes tienen una. También dicen cosas como “calienta más de un ambiente a la vez”.

Barro y fuego

La fabricación de una estufa implica un lento proceso que abarca la obtención de las arcillas (se adquieren en una cantera de Blanquillo, Durazno), la colocación en moldes para generar piezas, la primera cocción, el esmaltado, el secado y la segunda cocción, a más de 1.000 grados. La siguiente etapa es el armado, en el que un pequeño error puede hacer fallar el sistema. Dependiendo de varios factores —entre ellos, la estación del año—, todo el proceso puede llevar entre dos semanas y dos meses.

Los diseños han tenido tenues variaciones a lo largo de los años. A principios de este siglo comenzaron a popularizarse las estufas rústicas, las de color grafito, y un lustro antes se habían instalado los visores, porque un pedido de muchos clientes era “ver el fuego”, según Neumann.

Walter Bentancor, por su parte, probó algunas variantes cuando se fue a vivir a Buenos Aires a mediados de los 80, y luego las fue mejorando. En la estufa de su casa incorporó un sistema por el que entuba aire caliente.

Algunas estufas grandes pueden llegar a tener incluso un horno para cocinar o calentar alimentos. Aunque prácticamente todas se nutren de leña, también existen las que utilizan otras fuentes, como electricidad y gas.

Otros fuegos Djuro Jelačić desembarcó en Florida cargando con él todo el peso de su historia, de la que lo poco que se sabe es a través de sus propios cuentos. La Primera Guerra Mundial le arrebató a su madre y su niñez, hizo trabajo pesado desde temprana edad y tuvo una exigente formación técnica en Zagreb. Recordaba con horror a los familiares y amigos muertos frente a él durante la Segunda Guerra y durante los conflictos étnicos, religiosos e independentistas en los Balcanes. Traía a sus espaldas y en la piel las imposibles maniobras que buscaban evitar el reclutamiento finalmente inevitable; por ejemplo, autoinfligiéndose heridas. Según sus cuentos, fue aprisionado y reclutado por los rusos primero y por los alemanes después. Se fue de su país convencido de no volver mientras lo gobernara el mariscal Josip Broz Tito. Atravesó Europa para llegar a América, tuvo incontables oficios. Por sobre todas las cosas, traía el peso de un traumático pasado que, a diferencia de los que quedaron en su tierra, él viviría en soledad. Según Arana, “se ponía muy mal, se enojaba mucho cuando la gente tiraba bombas brasileras. No podía creer que alguien pudiera disfrutar haciendo eso”.

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