¿Será que nadie odia realmente a los extranjeros?

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Uno Leer o no leer los comentarios de los usuarios en los portales de noticias, esa es la cuestión. Leerlos es morir un poco, pero no leerlos es perderse el runrún de una parte importante de la población. Y sentir culpa cuando alguien atribuye todas las calamidades del mundo, hasta la propia victoria de Trump, a quienes vivimos en una supuesta burbuja de opinión biempensante. Voy al punto: leí los comentarios de la noticia sobre los refugiados salvadoreños que podrían llegar al país. Se los voy a ahorrar, porque cualquiera puede imaginarlos y no tiene ninguna utilidad regodearse en el odio ajeno, ni sentir superioridad moral u ortográfica sobre el comentarista promedio.

Pero algo me hizo ruido. Por un lado, la noticia era excepcional: un puñado de familias de refugiados, de un país azotado por las consecuencias de una guerra civil reciente tanto como por la violencia actual, llegaría a Uruguay. Por otro, había un tono demasiado familiar en los comentarios. Eran iguales a tantos otros que ya había leído bajo noticias sin relación alguna con los extranjeros, los migrantes o los refugiados.

Dos Atando cabos, rescaté del resumidero de la memoria una entrevista a la filósofa española Adela Cortina que había leído hace poco. Defendía una tesis muy simple acerca de la ola de rechazo a los refugiados e inmigrantes en Europa y Estados Unidos, que suele interpretarse como una renovación de la vieja xenofobia. Decía Cortina que no es cierto que moleste el extranjero o el distinto, sino que más bien lo que molesta de los refugiados y los inmigrantes es que son pobres. Si lo pensamos bien, continúa, no hay ningún rechazo a quienes llegan a los países a hacer negocios o turismo, siendo igual de extranjeros que el más extranjero de los refugiados. Habrá algún xenófobo suelto, pero en el grueso de los casos la explicación es muy otra.

Yo, que hace años oí al veterano español que atendía el bar de Rivera y Pablo de María repudiar la llegada de nuevos inmigrantes con un acento propio de alguien que acababa de bajar del barco que lo trajo de Asturias o Galicia, no puedo más que quedar repicando con la idea. Cortina sostiene que gran parte de los rechazos y humillaciones, más allá de interseccionalidades varias, podrían ser pura aporofobia. Sí, aporofobia. El término que designa el “odio, miedo, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el que no tiene recursos o el que está desamparado”.

Tres Tampoco me conforma del todo dejar de lado la especificidad de lo migratorio, que la hay. Así que aprovecho la suerte de trabajar junto a quienes saben sobre migración, parte del grupo de investigación iniciado por Adela Pellegrino en la Universidad de la República, y la suerte adicional de que acaban de publicar una investigación sobre actitudes de los uruguayos ante la migración (*) . Aquí los resultados son representativos de la población general, y no de los comentaristas de un portal de noticias. Y son interesantes: hay una actitud positiva ante los uruguayos retornantes en casi ocho de diez encuestados, pero sólo en cuatro de diez ante los inmigrantes extranjeros. Eso sí, si se habla de extranjeros con alto nivel educativo, la actitud positiva trepa hasta más allá de 60%.

Los detalles agregan más espesura. Para la mayoría de los uruguayos, los inmigrantes contribuyen al país en tanto enriquecen su cultura, traen conocimientos novedosos, hacen crecer la población. Pero la mayoría de conformes se esfuma cuando se trata de evaluar dimensiones más materiales: la igualdad de condiciones en acceso a programas sociales o derechos o el fantasma de la competencia por los puestos de trabajo.

Cuatro Así las cosas, es momento de entender mejor lo de la aporofobia. Dijo Cortina, alguna vez, que la razón del fenómeno “es bien simple, descubrirla no precisa grandes especulaciones. En sociedades como las nuestras, organizadas en torno a la idea de contrato en cualquiera de las esferas sociales, el pobre, el verdaderamente diferente en cada una de ellas, es el que no tiene nada interesante que ofrecer a cambio y, por lo tanto, no tiene capacidad real de contratar”. Efectivamente, la idea es simple y también suena verdadera.

Ya se ha escrito sobre el trasfondo ideológico que facilita la culpabilización individual de quienes fracasaron; sobre el crecimiento del sonsonete de que cualquiera que se esfuerza logra todos sus sueños, por lo que fracasar equivale a no haberse esforzado; sobre la ampliación infinita del campo de batalla de una vida en competencia perpetua, como en los libros de Michel Houellebecq. Así que prefiero agregar datos: en la Encuesta Mundial de Valores más reciente descubrimos que 45% de los uruguayos cree que los pobres lo son por “flojos y carentes de voluntad”. Esa opción de respuesta había cosechado sólo 12% en 1996. Pienso en todos los piolas que cuentan cómo nadie les regaló nada, avisando implícitamente que no regalarán nada tampoco, que sus intercambios serán aquellos que tomen la forma de una transacción favorable. Quizá estén atentando contra la posibilidad de una hospitalidad cosmopolita y contra la propia vida en común tanto como los que dicen que los chinos te ponen perro en la comida o que los negros bailan bien porque son más intuitivos.

Cinco Poco después de la primera noticia sobre los salvadoreños, el canciller Rodolfo Nin Novoa aclara prestamente que “es un proyecto puente. No van a quedarse definitivamente en Uruguay, Uruguay se ofrece como puente, nada más”, y que la cifra no está firme, pero que (tranquilos todos) “es poca gente”. Yo sospecho que el canciller se está dirigiendo a mis comentaristas de noticias más que a nadie, y que no es la primera vez.

Vivir en el siglo XXI es vivir atravesado por la migración internacional, y lo será crecientemente, así que no quiero soslayar que todo el combate a la xenofobia y la sensibilización acerca de los beneficios de la inmigración tiene sentido, claro que sí. Por cierto que hay que recordar la idea de que los países se benefician de la inmigración (aunque suene increíble tener que decirlo en Uruguay), desde los aspectos más mundanos como las nuevas comidas que comeremos a las nuevas ideas y habilidades que moverán nuestras inercias. Pero cuando todo esto se lee sólo desde la reivindicación de las identidades y la celebración de la diferencia, hay algo que no cierra del todo. Porque no es el simple miedo atávico a lo diferente, sino el declive de una idea fuerte de igualdad entre las personas lo que deja cabalgar sin freno ese odio, miedo, repugnancia y hostilidad a los desamparados, refugiados salvadoreños incluidos.

(*) Koolhaas, M, Prieto, V, y Robaina, S, (2017): “Los uruguayos ante la inmigración. Encuesta Nacional de Actitudes de la Población Nativa hacia inmigrantes extranjeros y retornados”. Disponible en cienciassociales.edu.uy/unidadmultidisciplinaria/secciones/programa-de-poblacion.

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