Centro de Atención a la Primera Infancia Los Teritos. Foto: Pablo Vignali

Centro de primera infancia en el Cerro realiza fogones semanales donde los niños y la comunidad se relacionan mediante la música

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Un baúl de la memoria está colocado en el medio de la ronda, al lado de la leña que pronto se convertirá en fogón. Hay 50 niños pequeños; tras ellos, sus padres y abuelos terminan de sumar un centenar de personas, que miran atentos a ver qué sale de ese baúl. Es un libro de cuentos: _El pueblo que no quería ser gris_, de la argentina Beatriz Doumerc, un cuento que fue prohibido en la última dic...
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Un baúl de la memoria está colocado en el medio de la ronda, al lado de la leña que pronto se convertirá en fogón. Hay 50 niños pequeños; tras ellos, sus padres y abuelos terminan de sumar un centenar de personas, que miran atentos a ver qué sale de ese baúl. Es un libro de cuentos: El pueblo que no quería ser gris, de la argentina Beatriz Doumerc, un cuento que fue prohibido en la última dictadura.

En Los Teritos, un Centro de Atención a la Primera Infancia del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) en el Cerro, se hace memoria. El cuento con el que inician el fogón habla de un rey que le ordenó a todo el pueblo ser gris hasta que un rebelde se pintó de colores. Los niños no comprenden de qué se trata, sólo ven las coloridas ilustraciones, pero sus padres sí entienden. “Tampoco pretendemos que saquen una conclusión a los tres años, los libros cuentan una historia que es valiosa, transmiten ideas”, explicó a la diaria Albestela Colonnese, directora del centro que está ubicado en La Boyada 2283. La idea de hacer un fogón por semana, donde se juntan todos los niños del centro a cantar y leer, comenzó en 2013.

“La primera línea, cuando comenzamos con esta idea, tenía que ver con pensar en una comunidad que se reúne a cantar en el mismo espacio. La segunda fue pensar a los niños de la primera infancia desde un lugar de capacidad y potencialidad”, detalló Colonnese. El artista que protagonizó el primer fogón fue Alfredo Zitarrosa, y la canción elegida fue la “La Ronda Catonga”. Ese primer intento de llevar a los salones otras canciones dio muy buenos resultados, tanto que se sigue manteniendo hasta el día de hoy. “Trabajamos con un músico latinoamericano por mes, elegimos una canción y la escuchamos, la bailamos, la cantamos, la jugamos; porque en la primera infancia hay que hacer todas esas cosas, no queremos espectadores, buscamos que ellos pasen a un papel más importante”, comentó Colonnese.

El equipo de educadores del centro comenzó a reflexionar sobre las típicas canciones que se cantan a los niños pequeños, como “El payaso plim plim”. Para la directora de la institución “hay una subestimación de los niños; ellos disfrutan de otra cosa, y se tenía la obligación, como centro educativo, de buscar música que los niños no escuchan en otro lado”.

Además de los artistas, hay propuestas sobre temas. “Pedacitos de sueños de todos los colores” cantan niños, padres y abuelos que leen la letra en un papelógrafo. Juan Daniel Hernández, educador y músico, es el encargado de musicalizar el fogón con la guitarra y lo acompaña Silbia González, otra educadora, con el ukelele; las palmas, risas y algún llanto también son parte de los fogones de junio, mes de la memoria y los abuelos. En mayo se trabajó sobre los trabajadores, y en marzo, sobre las mujeres.

“El baúl de la memoria tiene que ver con esto del recuerdo. En la primera infancia se habla poco de la memoria. [Se trabaja] en este sentido de construir una sociedad distinta, una sociedad mejor para los gurises, y eso tiene que ver con saber del pasado”, dijo la directora.

Espacios colectivos

El centro tiene una propuesta educativa basada en el marco curricular de la primera infancia que atiende el desarrollo y aprendizaje en los primeros años de vida, mediante cosas fundamentales como el juego, el lenguaje, la música. Está organizado en franjas de edades: una sala para bebés, otra para niños de un año y medio, otra para niños de dos años y otra para los de tres.

“Una de las cosas que hemos intentado en estos años es romper con esta lógica del aula, de la compartimentación, y tratamos de construir espacios colectivos: el fogón ha sido esa apuesta. Los niños están en una comunidad en la que todos nos relacionamos, todos aprenden de todo”, dijo Colonneso.

A Los Teritos van 56 pequeños que tienen hasta tres años, y 27 niños en edad escolar, hasta los 14 años, van a la ludoteca: “Es un proyecto por fuera de la primera infancia que se mantuvo por una necesidad del barrio, porque no tiene casi ninguna propuesta para niños en edad escolar por fuera de la escuela”, explicó la directora.

El equipo de trabajo está compuesto por 16 adultos entre educadores, equipo de dirección, cocineros y mantenimiento. Ellos son los responsables de los niños de 8.00 a 16.00, aunque algunos padres optan por modalidades de cuatro o seis horas.

El edificio de Los Teritos pasó por una reciente ampliación: se agregaron nuevos salones con todo el equipo necesario para trabajar en la primera infancia, que incluyen baños anexos a cada salón con grifería acorde al tamaño de los pequeños. Gracias a la ampliación, el centro tiene una capacidad arquitectónica para recibir a entre 107 y 110 niños, en cinco niveles distintos. Sin embargo, hace dos años que hay diez vacantes docentes por falta de presupuesto. Debido a esto, “hace algunos años que hay unos 70 niños que quedan en lista de espera cada marzo, y este año hubo un nivel que no se pudo abrir”, explicó la directora.

Los CAPI –así se conoce a los Centros de Atención a la Primera Infancia del INAU como Los Teritos– son un modelo que tiene como fortaleza la atención horaria, de hasta ocho horas, lo que permite una grilla flexible para adaptarse a los horarios de las familias. Además son centros totalmente públicos, a diferencia de los centros CAIF, que se constituyen por una alianza entre el Estado, las intendencias y organizaciones de la sociedad civil.

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