Salmón criollo

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_Romaphonic sessions_, el último disco de Andrés Calamaro, tiene un poco de error feliz: fue ideado como preparativo para telonear a Bob Dylan en plan intimista, pero cuando llegó el día del recital en San Sebastián, el estadounidense ya había abandonado esa frecuencia. Sin embargo, Calamaro aprovechó el repertorio del disco para lanzar la primera gira acústica de su carrera, que bautizó _Licen...
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Romaphonic sessions, el último disco de Andrés Calamaro, tiene un poco de error feliz: fue ideado como preparativo para telonear a Bob Dylan en plan intimista, pero cuando llegó el día del recital en San Sebastián, el estadounidense ya había abandonado esa frecuencia. Sin embargo, Calamaro aprovechó el repertorio del disco para lanzar la primera gira acústica de su carrera, que bautizó Licencia para cantar, y que ahora llega a Montevideo. Desde algún aeropuerto, el artista nos despejó nuevas y viejas incógnitas.

Calamaro forma parte de la banda sonora del Río de la Plata desde hace cuatro décadas. Es el veinteañero que copó desde adentro a Los Abuelos de la Nada para darles su temas más exitosos y duraderos (“Sin gamulán”, “Mil horas”, “Costumbres argentinas”) y que desde entonces, fuera solo, fuera en el intermezzo de Los Rodríguez, continuó prodigando himnos casi ininterrumpidamente. Afecto al encierro creativo –que, entre otros excesos, posibilitó que aparecieran al hilo un disco doble, Honestidad brutal (1999), y otro quíntuple, El Salmón (2000)–, hace dos años Calamaro volvió a recluirse en un estudio, esta vez con un doble propósito: aprontar un recital distinto, elegante, como apertura para Bob Dylan, y grabar el demo de un posible disco producido por el director de cine Fernando Trueba (La niña de tus ojos, 1998).

Así, en mayo de 2015, en el estudio Romaphonic de Buenos Aires, Calamaro grabó, mano a mano con el pianista Germán Wiemeder, una conjunción de grandes éxitos propios (“Mi enfer- medad”, “Paloma”) y una selección de canción rioplatense (como “Biromes y servilletas”, de Leo Maslíah, “Nueva zamba para mi tierra”, de Litto Nebbia) con mucho de tango (“Garúa”, “Sole- dad”, “Milonga del trovador”, “El día que me quieras”).

¿Cómo elegiste el repertorio del disco? ¿Por qué la extensión al tango?

Sinceramente, pensé que Dylan estaba grabando discos de repertorio americano de clásicos y que era una buena excusa para ensayar con tangos y canción grande. Como nos encontramos para ensayar en Madrid (y en verano) fue que grabamos con Germán el esqueleto de aquellas canciones de mayor enjundia, o las mías propias sujetas a nuevos planteos rítmicos o cambios de tonalidad.

Compositor e intéprete. ¿Cómo ves esa frontera, después de tantos años de ser versionado y versionar a otros?

Ser intérprete es fundamental. Cantar las composiciones de otros autores –o de grandes autores– es un aprendizaje y un gusto. Se aprende, se estudia. No soy un gran cantante, y es posible que parte del público venga para escuchar mis propias canciones, pero para mí es muy interesante cantar canciones del repertorio universal y argentino.

El nuevo recital con Dylan llegó, pero el show del Nobel no incluía plan elegante. Por otro lado, a Trueba le pareció que lo grabado en Romaphonic ya estaba bien así, despojado y cercano, y que no hacía falta seguirlo trabajando. Total, que todo terminó en un nuevo volumen de la serie “Grabaciones encontradas” con la que Calamaro canaliza su superávit productivo y los fans calman las ansias consumistas. Pero, además de disco, Romaphonic Sessions fue el espaldarazo para un nuevo tipo de tour calamaresco: el acústico.

Hasta ahora, acá te vimos en estadios o escenarios bien grandes. Además, siempre viniste con bandas eléctricas. ¿A qué se debe ese doble cambio de volumen y tono, por así decirlo?

Cuestiones musicales y deseo. Escuchando el disco de piano entendí que valía la pena asociarse con un contrabajo y con percusiones para sumarles compás y clave a las canciones que habíamos grabado con Germán. El silencio se acoplaba perfectamente a la consistencia del contrabajo y a la complicidad rítmica de un trío con percusión. Martín [Bruhn] es un artista y sabe lo que está tocando, interpretó perfectamente aquello que me imaginé escuchando el disco. Antonio [Miguel] es un contrabajo de categoría universal, con mucho prestigio en Europa, y nos ofrece ritmo, solidez y profundidad armónica.

“Rock y juventud” cantás en tu disco anterior, Volumen 11. Apostaría a que después de una gira acústica, vendrán las ganas de volver a rockear. ¿Es así?

No lo sé. Me gusta mucho el trío y también el sexteto eléctrico. Somos compañeros y amigos, nos gusta tocar juntos. Entiendo “Rock y juventud” como una canción que pudo adivinar el futuro, son Romeo y Julieta desintegrándose…

¿Cómo se llevan Romaphonic Sessions y Volumen 11?

Volumen 11 tiene un lazo con el disco anterior en “Que te vaya bonito”, la gran ranchera universal. También señala el camino de la gira Licencia para cantar en “Mareo”, que podría considerarse un anticipo de lo que estamos haciendo ahora.

Que es contradictorio no se puede negar: la confusión emocional es el núcleo de la poética de Calamaro, y consiguió condensarla en los versos “algo me hace sentir bien y mal” (de la canción “All You Need is Pop”, parte del kilométrico El Salmón). Polémico también, pero eso ya está afuera de las letras de sus canciones y es parte de entrevistas, declaraciones, posteos en redes sociales, en los que puede ponerse a defender la tauromaquia con más empeño que un íbero salvaje o sacar patente de matón callejero.

En 2015 publicó Paracaídas y vueltas, una compilación de artículos, correspondencia, intervenciones en medios, reflexiones sobre música y artistas, en las que aparecían muchas pistas sobre su trayectoria y sus intereses más allá de la música.

¿Para cuándo una biografía?

Ese libro es lo mas cercano a una biografía que quiero hacer, son mis “crónicas”. Ya tengo más olvidos que memorias, vivimos fuerte en la delgada línea que separa el cielo del infierno, razón por la cual no creo que nadie tenga que escribir mi biografía: porque sería injustamente incompleta. Mi vida es una serie de secretos, muchos de los cuales tengo olvidados.

El Calamaro “de cámara” será nuevo, pero no será su debut en el Auditorio del SODRE: en 2014 estuvo allí acompañando a Hugo Fattoruso, y Fernando Cabrera se les sumó para hacer “Biromes y servilletas”.

¿Qué recuerdos tenés de ese recital? ¿Habrá devolución de la compañía?

Los mejores recuerdos de aquellos días son los compartidos con Hugo y Fernando. Fue un gran honor ser invitado por Hugo, porque lo escucho hace muchos años, en particular aquellos discos geniales que grabaron con Opa en Estados Unidos. Fernando es profundo, sensible y entrañable. Estamos en el último tramo de una gira larga en kilómetros, recorriendo ciudades y países de nuestro continente; llegamos a Montevideo con tiempo para probar sonido, respirar aire uruguayo y mostrar lo que hacemos con el trío.

Has sido muy franco y generoso a la hora de señalar y homenajear a tus referentes. ¿Creés que has sido igual de reconocido por la gran cantidad de artistas a los que influenciaste y les abriste camino?

Me siento respetado por mis pares, incluso fuera del círculo del rock en sí mismo. No todos los grupos me eligen como influencia cuando contestan entrevistas. Probablemente prefieren tirar nombres más sofisticados para formar un perfil más extravagante.

Licencia para cantar

En el Auditorio Nacional del SODRE (Mercedes y Andes), 10 y 11 de julio a las 21.00. Entradas en Tickantel (quedan pocos lugares en las localidades más caras).
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