En el fondo todos queremos lo mismo. No me refiero a tener sexo placentero (aunque también) sino a la pretensión de ser normales. ¿Es normal tener un pecho más grande que el otro? ¿Es normal el tamaño de mi pene? ¿Es normal no llegar siempre al orgasmo? ¿Es normal tener más de un orgasmo por coito? ¿Es normal sentir atracción por alguien del mismo sexo? Pero resulta que la normalidad es apenas una ilusión estadística. En la naturaleza, de la que algunos prepotentes de las ideas sacan la idea de “lo natural”, el sexo de los animales es cualquier cosa menos un fenómeno homogéneo: sólo los delfines, bonobos y humanos hembras tienen sexo cuando no están en celo; hay animales que tienen un hueso, el báculo, en el pene; el coito en los chimpancés dura unos escasos siete segundos; hay peces que cambian de sexo varias veces durante su vida; el clítoris de las hienas hembras es más largo que el pene de los machos; el ser humano tiene el pene más grande de todos los primates (el del gorila, erecto, mide cinco centímetros). Si uno desecha la teoría de la evolución de Darwin y cree que todos los seres vivos fueron creados por Dios, no hay más remedio que conceder que Él era un depravado con mucha, mucha imaginación.

La Propuesta didáctica para el abordaje de la educación sexual en Educación Inicial y Primaria levantó polvareda: hablar de sexo no es algo que a las sociedades se les dé con naturalidad. Hace un par de semanas, durante una manifestación frente al Ministerio de Educación y Cultura (MEC), una de las dos oradoras fue la directora del colegio evangélico Betel. Desde un estrado improvisado se dirigió a los concurrentes apelando a algunas cuestiones científicas, como cuando dijo: “Hasta el día de hoy, es XY hombre o XX mujer”, aludiendo a la determinación genética del sexo. Lo bueno que tiene la ciencia es que, a diferencia de otros tipos de conocimientos, sus enunciados deben ser investigados y avalados por evidencia. ¿Qué evidencia tiene la ciencia hoy sobre lo que dijo la directora? Con esa pregunta en la cabeza fui al departamento de Fisiología de la Facultad de Ciencias a encontrarme con la bióloga Daniella Agrati.

¿Qué dice la ciencia?

Si la directora del Betel me hubiera acompañado, tal vez se hubiera sonrojado: lo primero que uno ve cuando entra al despacho de Agrati es una foto en la que una rata macho monta con convincente regocijo a una hembra, que sensualmente curva su parte posterior para recibirlo de la mejor manera. Y nada de jueguitos de cosquillas a los ocho años... ¡estas ratas apenas tienen 50 días de nacidas! No es que Agrati practique la zoofilia: hace años que estudia la sexualidad, la afectividad y el comportamiento maternal usando a los roedores como modelo. “Con las ratas de laboratorio uno accede experimentalmente a condiciones que permiten estudiar la interacción entre hormonas y cómo influyen en los procesos afectivos, o cómo la interacción entre las hormonas y el ambiente regulan el comportamiento afectivo”, me explica, al tiempo que me dice que las ratas tienen un ciclo hormonal parecido al nuestro, aunque más corto. Su objetivo es claro: “Tratamos de entender cómo funciona el cerebro, cómo se generan los comportamientos, cómo se generan los cambios emocionales”.

Despejado, por ahora, el tema de las ratas, le pido que me diga qué le parece la afirmación de la directora del Betel de que, para la ciencia, si una persona tiene los cromosomas XX es mujer y si tiene los XY es hombre. “No es tan así. XX y XY son sólo un aspecto de lo que es el sexo biológico”. Como Agrati es ordenada, enseguida clarifica los conceptos: “En el sexo biológico hay distintos niveles. Podés hablar de sexo cromosómico, de sexo gonadal, de genitalia interna o externa, del cerebro. En el sexo cromosómico, ahí sí XX es hembra y XY es macho. En el sexo gonadal, que comienza cuando se desarrollan las gónadas, tenés testículos u ovarios. Las gónadas presentan una secreción diferencial de hormonas esteroides que genera un fenotipo distinto no sólo en la genitalia externa e interna sino en todo el cuerpo”. Y aquí viene lo importante: “Entonces, cuando uno habla de sexo biológico hay distintos niveles. Usualmente suelen concordar y los individuos XX son mujeres, con ovarios, útero, vagina, etcétera. Pero hay situaciones en las que los distintos niveles no coinciden”. Lo que sigue no es apto para reduccionistas: Agrati agrega que “el proceso de diferenciación sexual, como todo proceso biológico, es extremadamente complejo. Y la biología es un poco menos determinista de lo que la gente suele creer”.

Agrati sabe que no hay mejor manera de bajar un tema a tierra que un ejemplo concreto. Entonces me cuenta: “A nivel del sexo cromosómico, hay un caso notorio de una atleta española [María José Martínez Patiño] a la que le retiraron los títulos porque su sexo genético era XY, y entonces no podía ser mujer. La atleta apeló y se descubrió que si bien su sexo genético era XY, no tenía funcional el gen SRY (sex-determining region), que es un pequeño gen que se expresa durante el desarrollo uterino y hace que las gónadas indiferenciadas se vuelvan testículos. Por tanto, si bien la atleta tenía cromosomas sexuales XY, no tenía testículos, y todo su fenotipo, todo su aspecto externo, era completamente femenino”. El caso de María José terminó bien y al final le devolvieron sus medallas, pero Agrati usa el ejemplo para demostrar que “es difícil hacer una categorización, incluso biológica, de un individuo como femenino o masculino. De hecho, hoy en día se acepta que el sexo biológico puede ser femenino, masculino o intersexual”.

A medida que la bióloga habla, la cosa se pone aun peor para aquellos que buscan en la ciencia una verdad blanca o negra: “Hay nuevas teorías que plantean que existe un continuo sexual entre lo femenino y lo masculino. Esto implica que en los distintos niveles del sexo biológico puede haber cierta variabilidad. Lo común, en términos estadísticos, es que tengas un sexo completamente masculino o completamente femenino, pero eso no quiere decir que no existan otros en el medio. Y la biología no le pone un juicio moral a las variaciones”. Citando a Milton Diamond, un investigador que estudia la influencia biológica en identidad de género y orientación sexual, dice que “en la naturaleza la variación es la norma. La biología ama la variación, ama la diferencia, es la sociedad la que la odia”.

Pero atención, Agrati advierte: “Tampoco hay que tener miedo a hablar de la influencia biológica de las cosas en la sexualidad”. Es que no debe minimizarse el efecto de la testosterona y la progesterona, y los estrógenos en la diferenciación sexual: “Hay momentos críticos en que las hormonas modifican y organizan los tejidos. Y parte de esos cambios no son reversibles. Más allá del tipo de influencia ambiental o social, la organización de los tejidos en la etapa prenatal genera ciertas restricciones a los cambios que puedan ocurrir más adelante”. Agrati cuenta que hay estudios sobre la orientación sexual que indican que la influencia de factores biológicos es distinta en hombres y mujeres, pero que “todos coinciden en que es algo en lo que inciden factores biológicos y ambientales. Y todos apuntan a que la orientación sexual no es una elección, no es algo que uno elija”.

Identificados y orientados

Otra crítica hecha a la publicación es que sostiene una “ideología de género” (concepto vidrioso que nadie parece poder explicar de forma clara y concisa, pero que suena bien para descalificar rápidamente a la guía). En la concentración frente al MEC, la otra oradora dijo que el Estado “no puede constituir la identidad de nuestros niños, porque ellos ya nacieron con una identidad y hay que respetarla”. Pero, ¿es cierto que el niño ya nace con una identidad de género? Agrati medita: “Una cosa es respetar la identidad de género que tenga una persona y otra es construirla. Se está confundiendo la identidad de género con el rol de género. La identidad de género podemos entenderla por lo que uno se siente, o cómo se percibe, mujer, hombre o ninguno de los dos. El rol de género podemos entenderlo como los atributos comportamentales que la sociedad y la cultura asocian a un sexo y al otro. La identidad de género es, sin duda, influida por factores biológicos, pero también por factores de crianza, y hay bastante evidencia de que se construye en los primeros años”. La bióloga no vive encerrada con sus ratas y de espalda al mundo, por eso agrega: “Por lo que leí, la guía no plantea modificar ni construir la identidad de género de los niños. Hay ejercicios que se proponen romper con ciertos estereotipos o roles de género. Vi que en la discusión se mezclan mucho esos dos conceptos, identidad y rol de género”.

Hagamos de abogado del diablo. Supongamos que los autores de la guía realmente pretenden cambiar la identidad de género de los niños. Le pregunto a Agrati si eso es posible. Su cabeza gira de izquierda a derecha: “Yo creo que no, que la identidad de género no se puede enseñar”.

Sexo, drogas y laboratorio

Habiendo dejado un poco más claro el panorama, quiero saber sobre sus investigaciones con roedores. “En el laboratorio trabajamos con los comportamientos afiliativos en lo maternal y sexual en ratas. Vemos cómo la interacción entre el estado endócrino, el contexto de las interacciones sociales y las experiencias, modula la respuesta y el comportamiento de los animales”, dice. Y de repente lanza una bomba que estalla en risa: “Trabajamos más que nada con hembras, porque somos más divertidas”. Ante mi cara de sorpresa, Agrati fundamenta su apreciación: “Las hembras somos más divertidas porque ciclamos. Si te digo que tenemos el cerebro lleno de receptores para hormonas y durante el ciclo ovárico las hembras tenemos picos de estrógeno o de progesterona, ahí ves que somos más divertidas de estudiar. Y los experimentos en animales de laboratorio dan resultados alucinantes; muestran cómo afectan las distintas fases del ciclo a áreas asociadas no sólo con la reproducción, sino con la memoria, el aprendizaje o las emociones. Incluso cambia cómo se conectan las neuronas”.

Para Agrati, las ratas machos –y por extensión, los hombres– son más monótonos: “Son siempre más o menos iguales. Después de la pubertad secretan muchísima testosterona y siguen así. Varía un poco con la actividad sexual o con la actividad física, pero hasta la andropausia la hormona siempre está alta”. Las mujeres, en cambio, sufren altibajos hormonales, y hay estudios que señalan que, por ejemplo, “las mujeres tienen más orgasmos o más deseo sexual cerca de la ovulación”.

Agrati ingresó al fascinante mundo de las ratas y el sexo mientras cursaba fisiología en la Facultad de Ciencias con la docente Annabel Ferreira, que según ella es una genia (no sé si creerle, porque ahora es su jefa). Ferreira la introdujo al mundo de las hormonas y los procesos afectivos y la vida de Agrati cambió: “Uno entiende que el cerebro regula su comportamiento y sus emociones, pero me alucinó ver que moléculas, sustancias generadas fuera del cerebro cotidianamente, regulan cómo se desarrolla y cómo se generan cambios en las respuestas afectivas”. Hoy Agrati lleva adelante tres investigaciones distintas con ratas hembras: una sobre el comportamiento sexual en la adolescencia, otra sobre el estrés posparto –ya que las ratas paren de día y esa misma noche están sexualmente activas–, y por último, en colaboración con el grupo interdisciplinario del cannabis, investiga cómo afecta la planta a la respuesta sexual. Le pregunté por las tres investigaciones, pero manejado por mis propios prejuicios, calculo que al lector le interesará más este último estudio.

“En los experimentos que hicimos con cannabis vaporizado vimos que no afecta lo motivacional, o sea, la tendencia que la rata tiene de buscar al macho”. Antes de que me decepcione más, agrega: “Pero sí vimos que ante la estimulación del macho, hay respuestas que se exacerban”. Me explica que cuando el macho monta a la hembra, las ratas arquean la columna para facilitar la cópula, lo que se conoce como lordosis. “Cuando se vaporiza a la hembra con cannabis queda superactiva, apenas la rozás y ya hace la lordosis. Vemos que aumenta la duración de la lordosis y los comportamientos que ella hace de búsqueda del macho cuando el macho la huele o vocaliza. Todo eso nos hace pensar que está aumentando la reactividad a los estímulos sensoriales”. Agrati continúa: “Queremos separar lo motivacional, o sea, la fuerza que ella hace por buscar al macho, de lo que es su respuesta reactiva, y para eso estamos pensando en hacer experimentos con estimulación de clítoris”. La gente piensa que todas las ratas de laboratorio pasan mal, pero estas viven una gran bacanal científica: reciben marihuana y estimulación clitoriana. Agrati sonríe y dice que sólo falta que les pongan un poco de rock’n’roll.

¿Podríamos afirmar que la regulación del mercado de cannabis va a aumentar la reactividad sexual de las uruguayas? Agrati se escuda: “Tenemos que probar si hace eso. El tema es que resulta difícil medir el placer en la rata. Jaak Panksepp, que acaba de fallecer, fundó la nueva neurociencia afectiva. Él le hizo cosquillas a las ratas y con un grabador capturó un sonido de alta frecuencia que es como una risa. Y resulta que cuando les hacés estimulación clitoriana a las ratas, ultravocalizan a la misma frecuencia. La gente tiende a aceptar como natural que los animales sientan temor, pero si les hablás de placer o de orgasmos, te dicen que no están tan seguros. Pero puede ser. ¿Por qué no?”, se pregunta Agrati, y yo me voy contento, pensando en que sí, que el placer no es patrimonio de las bestias que perdimos el vello corporal y que nos escandalizamos cuando se publica un manual de orientación para tratar la sexualidad en el aula.