Aramis Latchinian, oceanógrafo y magister en Ciencias Ambientales, publicó en 2010 el libro Globotomía, en el que se dedicó a criticar al movimiento ecologista (cuestionando, por ejemplo, por qué se defiende tanto al oso panda y se desdeña la desaparición de especies de insectos y roedores más relevantes para el ambiente), al tiempo que se alineaba con el danés Bjørn Lomborg, líder intelectual de un movimiento que cuestiona el papel del hombre en el cambio climático y que pretende hacer un uso racional de los recursos para combatir problemas ambientales más graves como el hambre, la erosión, la contaminación del agua y el aire, entre otras cosas. Gran parte de este posicionamiento de Latchinian explica por qué la publicación de su segundo libro, El ambientalista crítico, pasó un poco desapercibida: lo que dice no es simpático y va en contra del discurso dominante.

El libro, que ya desde el título remite al mencionado Lomborg (autor del polémico El ecologista escéptico), muestra en cierta manera a un Aramis recargado. En sus páginas vuelve a criticar al ecologismo (“una ideología con un enfoque subjetivo de la problemática ambiental”) contraponiéndolo con un nuevo discurso ambientalista, para él necesario y urgente, que pone “al hombre en el centro de la escena” y cuyo discurso se sustenta en “problemas reales, en las posibilidades técnicas y económicas de resolverlos”, reconociendo que se trata de un discurso “menos vistoso pero verdaderamente crítico y propositivo, más útil para abordar los desafíos ambientales que enfrenta América Latina”.

Sin embargo, parte de ese discurso propositivo de Latchinian queda sepultado ante tantos caracteres destinados a defenestrar a los ecologistas, a Greenpace, a la Universidad de la República, al Sistema de Áreas Protegidas, a los juicios ciudadanos o a la aceptación ciega y acrítica del discurso que tiene al calentamiento global como el gran problema a enfrentar. Y eso es una pena: cuando Aramis no se centra en su irritación e impotencia ante el discurso dominante, dice cosas que hacen pensar y que son tan coherentes como convincentes.

“La gestión ambiental se trata de administrar recursos limitados. Y la realidad es que invertir en reducir el efecto invernadero, el cambio climático y el efecto de los eventos extremos, con los problemas ambientales que tenemos en Uruguay, que son reales y urgentes, no me parece lo más acertado”, dice cuando lo entrevisto. Y enseguida dispara: “Uruguay tiene una tasa de erosión similar a la de los países del primer mundo. La diferencia es que nosotros vivimos del suelo y ellos ya no. La planificación del uso del suelo con un componente ambiental, para preservarlo y que sea sustentable, es muy reciente en nuestro país y, sin embargo, hasta hace poco hablábamos del cambio climático y no de eso”. O luego se pregunta: “¿Es sustentable en Uruguay usar el horizonte A del suelo para hacer paredes de casas de barro que estén de moda? ¿Es más sustentable oponerse a la construcción de torres y no decir nada cuando se construyen cientos de casas bajas a lo largo de toda la costa y que causan más daño al ambiente?”. Las respuestas no son sencillas, como nunca es sencillo intentar nadar contra la corriente por más verdades que uno posea.

El discurso del cambio climático es paralizante. Diluye lo que podemos hacer por el ambiente al poner las responsabilidades a una escala planetaria difícil de manejar. Este libro es un llamado, enojado —y a veces ese enojo no deja ver la real propuesta del autor—, para convencernos de que hay mucho por hacer por nuestro ambiente, ese que nos rodea todos los días y por el que ninguno de los asistentes a la Cumbre de Cambio Climático de París va a mover un dedo.