foto: Carolina Ceveras, de taa

Detrás de cámaras

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La fría mañana de sábado comenzó con una dinámica en ronda para empezar a moverse, para entrar en calor y tomar un primer contacto con el taller. Con un solo movimiento, quienes están en la ronda deben tocar a otro participante para sacarlo del juego, pero cada uno tiene un turno para moverse, y después hay que esperar quieto pero alerta, para evitar ser tocado. Los que van saliendo se quedan m...
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La fría mañana de sábado comenzó con una dinámica en ronda para empezar a moverse, para entrar en calor y tomar un primer contacto con el taller. Con un solo movimiento, quienes están en la ronda deben tocar a otro participante para sacarlo del juego, pero cada uno tiene un turno para moverse, y después hay que esperar quieto pero alerta, para evitar ser tocado. Los que van saliendo se quedan mirando atentamente el desarrollo del juego y entre sí comentan quién tiene más posibilidades de ganar.

El paso siguiente consiste en repasar las historias que en el último taller habían guionado los dos subgrupos formados por los niños, es decir, hacer una especie de pitching, según explica a los niños Ernesto Guillman, realizador audiovisual y uno de los profesores de los talleres de Taa. Uno de los grupos elaboró una historia que comienza con José durmiendo en su cuarto, que se despierta al escuchar el sonido de su celular. Cuando lo mira, alguien le había enviado una foto de él mismo durmiendo, con un saludo de cumpleaños. Inmediatamente, el protagonista siente ruidos en la cocina, por lo que toma un paraguas que tiene a mano y va a ver qué pasa.

Una vez en la cocina, ve un “fantasmita”, según explica el grupo de niños que elaboró la idea. Al instante, ambos gritan y José le da un golpe con el paraguas, por lo que el fantasma cae al piso y, al verlo, reconoce que en realidad se trataba de un amigo suyo. Acto seguido, toma una banana, la pela, tira la cáscara y vuelve a su cuarto. Detrás de él sale su grupo de amigos, que estaba escondido en la cocina, para darle una sorpresa por su cumpleaños. El corto termina cuando sus amigos se resbalan con la cáscara de banana que el protagonista dejó en el piso. Guillman le dice al grupo que hay algunas cuestiones del final que no quedan del todo reales, como el hecho de que el protagonista le haya pegado a su amigo y que no se preocupe. De todas formas, los niños insisten en que quieren filmar la escena de la resbalada con la cáscara de banana y acuerdan verlo más adelante.

Justamente, esa es la historia que comenzarán a filmar ese mismo día, por lo que es necesario adjudicar roles. Como no hay tiempo para hacer un casting de actores, rápidamente se asignan los papeles en función de lo que quiere hacer cada uno. Entre los que se quedan detrás de cámara, los roles a repartir son: dirección, cámara, iluminación, arte y sonido. Una vez hecho el reparto, los respectivos responsables eligen en qué espacios de la Escuela de Cine del Uruguay (ECU), donde se lleva a cabo el taller, se rodarán las escenas. Por otro lado, la gente de arte busca objetos para componer la escenografía y comienza a preparar al actor principal. Las edades de los niños van de los siete a los 12 años y, si bien todos trabajan con todos, suelen armarse grupitos entre quienes tienen más o menos la misma edad.

La mesa de luz al lado de la improvisada cama y la radio en la cocina –“porque todo el mundo escucha música” en ese lugar de la casa– son los últimos detalles que se ajustan antes de empezar a rodar. Una vez resueltos, son los propios niños, con la orientación de los profesores, los que ponen en marcha el rodaje. Ya saben qué tarea le corresponde a cada rol, y después de un ensayo esperan el sonido de la claqueta para que el director pueda decir “acción”, la palabra mágica después de la que en el set no puede zumbar ni una mosca.

Después de la primera toma, surgen varias sugerencias que el equipo hace al actor. Por ejemplo, que espere más tiempo entre el momento en que toma el celular para ver el mensaje de texto y que se levanta a la cocina. Si bien no hay ruidos al momento de la toma, se agregarían en la edición, y de esa forma la escena parecería más realista. Después de varias tomas, el set se muda para otra de las salas de la ECU, donde se instala la cocina. Ya un poco más dispersos, los niños continúan con el rodaje, pero no da el tiempo para terminar las tomas, por lo que deciden continuar en el próximo encuentro.

En acción

Taa es definida por su directora, Carolina Deveras, como una plataforma de alfabetización audiovisual que trabaja en la formación de niños y adolescentes mediante la modalidad de taller y que cuenta con una beta de producción de contenido. Tiene su sede en la ECU, donde los sábados de mañana trabajan con niños, y de tarde lo hacen con adolescentes de 13 a 16 años. Los cursos se organizan en tres años (primero, segundo y tercero), más allá de que no necesariamente deben cursar la totalidad. De esa forma, se brinda a los niños y adolescentes una introducción al lenguaje audiovisual y las distintas técnicas para que puedan expresarse por ese medio. La propuesta de Taa plantea que, al igual que el lenguaje escrito, el audiovisual tiene su gramática y es necesario conocerla para poder contar historias mediante el video y el sonido.

Además de trabajar en la ECU, también lo hacen en centros educativos y llevan a cabo propuestas de formación especiales, como la del año pasado en un campamento de verano en conjunto con el Centro Cultural de España, realizando contenidos de cine bajo la temática del medioambiente. Deveras señaló que siempre apuntan al trabajo con niños y adolescentes porque entienden que el trabajo en edades tempranas también es una manera de “formar públicos”. De esa forma, desde Taa pueden conversar con los niños acerca de que todo lo que ven en la televisión o en internet tiene un mensaje y un formato determinado.

Deveras es licenciada en Comunicación por la Universidad de la República y también realizadora. Señaló que el trabajo en Taa ha sido una experiencia sumamente enriquecedora para todo el equipo. “Es jugar trabajando”, resumió, y agregó que “a nivel creativo se aprende mucho de los niños”.

Gabriel García Berriel tiene 11 años y participa en los talleres porque le gustan y los considera una instancia de entretenimiento y de aprendizaje, dijo al ser consultado por la diaria. Contó que de los roles de la producción audiovisual prefiere la dirección porque le gusta comandar sus propios proyectos. “Me gusta dirigir porque vos tomás una idea y la plasmás como quieras”, explicó, y señaló que entre los directores de su preferencia están Martin Scorsese, del que admira películas como Taxi driver, Los infiltrados, Hugo Cabret y El lobo de Wall Street, y también Quentin Tarantino, de quien le gustan especialmente los guiones y la selección de música. “Con Pulp Fiction se coronó como el rey del diálogo”, opinó.

Francisco Guillman, de diez años, dijo que va a los talleres porque le gusta el cine y le interesa ver cómo se hacen las películas y por qué. Al igual que Gabriel, prefiere la dirección porque “vos decís cómo hacer tu película”, mientras que no disfruta tanto de la actuación porque se pone nervioso y no le sale. Francisco, que empezó a participar en Taa este año con su hermano Toé, de ocho años, contó que como disfruta del espacio quiere hacer los tres años. Toé, por su parte, contó que su padre le planteó la idea y tuvo ganas de experimentar. Ese día le tocó hacer de director, pero dijo que no prefiere ningún rol por encima de otro.

Diego Cal, de 11, señaló que todavía no tiene un rol predilecto dentro de la producción, pero sabe que le gusta estar detrás de cámara. Contó que aprendió muchas cosas y que de pasar de ver las películas en la tele a hacerlas, le sorprendió el tiempo que se demora en lograr el producto final. En su caso, le gustan las películas policiales y de acción.

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