Taller de hip hop dictado por Martín Turielli y Pablo Martínez en la escuela 163 del Prado. Fotos: Federico Gutiérrez

Más que un ritmo

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“Nos va a ayudar a estar juntos en la clase. Además nos va a ayudar a hablar, porque rapeando podemos decir otras cosas que no nos animamos en la cara, vamos a pensar las palabras”. Eso fue lo que la jornada de hip hop le dejó a Mateo, uno de los alumnos del grupo de cuarto año de la escuela 163, del Prado, que participó el martes en el taller que dictan Martín Turielli y Pablo Martínez, integr...
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“Nos va a ayudar a estar juntos en la clase. Además nos va a ayudar a hablar, porque rapeando podemos decir otras cosas que no nos animamos en la cara, vamos a pensar las palabras”. Eso fue lo que la jornada de hip hop le dejó a Mateo, uno de los alumnos del grupo de cuarto año de la escuela 163, del Prado, que participó el martes en el taller que dictan Martín Turielli y Pablo Martínez, integrantes de Portadores de Hip Hop. En lo que va del año el dúo ha hecho más de 30 talleres en escuelas y liceos. Con los pequeños trabajan la cultura de ese estilo musical, la improvisación del rap y los movimientos del break dance; con los más grandes el debate es más amplio y se centra en el hip hop y el machismo: se analiza el rol de la mujer y los estereotipos de género modernos.

El grupo de cuarto año, de 26 niños, es “conflictivo y violento”, según comentó a la diaria su maestra, Miriam Zambran. La mitad de los niños están “diagnosticados con hiperactividad o reciben tratamiento psiquiátrico”, lo que lo convierte en “un grupo explosivo”, en el que el rap juega un rol importante: “Ellos hacen batallas [de hip hop] entre ellos, improvisan en el fondo de la clase, pero para hacerlo se insultan y se maltratan, por eso se me ocurrió que trabajar con Portadores de Hip Hop podía ser una buena idea, para resaltar los valores que están en el fondo”, señaló la docente. Ese es el objetivo de Turielli al plantear los talleres para escolares: “Trabajar el concepto de cultura y resaltar los valores que tiene el hip hop, como el respeto al otro y la no discriminación, porque es algo que surge desde ese lugar, desde el [que es objeto de] odio racial”, explicó en diálogo con la diaria.

El taller que dieron en la escuela 163, en la avenida 19 de Abril, comenzó con gritos y abrazos. Los jóvenes hiphoperos son una celebridad entre los niños de nueve años, que aseguraban que estaban viviendo “el mejor día de la vida”. Cuando pudieron acomodarlos en la biblioteca de la escuela y acallar las exclamaciones, llenas de nervios y alegría, comenzaron con la primera parte del taller: la cultura. Turielli detalló que siempre empieza “tratando de trabajar la idea general de cultura, viendo qué es lo que saben, para que después puedan identificar la cultura uruguaya, porque es lo que son ellos, y a partir de ahí se empieza a hablar de la cultura del hip hop, de sus orígenes en la discriminación racial directa, siempre tratando de bajarlo a lo uruguayo”.

“¿Por qué si eran negros no se pintaban la piel y listo?”, pregunta uno de los niños. “Porque no pueden cambiar lo que son”, le responde una de sus compañeras. La charla, que se extiende durante casi una hora, se trata de eso, de un ir y venir en el que Turielli lanza algunas preguntas o ideas pero son los propios chiquilines los que tejen en el colectivo los valores que resalta el hip hop. “¿Vos te ponés celoso de que él baile así?”, le pregunta una niña a Turielli después de que Martínez provocara una sorpresa general al levantar la pierna al aire y ponerla detrás de su cabeza. “No se pone celoso porque él puede aprender de su amigo”, comenta en la ronda otro de los pequeños.

Una música de base empieza a sonar y Turielli pide algún colaborador para improvisar el rap, ante lo que automáticamente se paran Lautaro y Mateo, y los siguen otros cinco compañeros que, sin vergüenza alguna, empiezan a rimar a una velocidad sorprendente. Son diez minutos durante los cuales los versos improvisados tienen la consigna que propuso Sara: deben decirse sólo cosas buenas de los demás compañeros.

La cultura del hip hop está compuesta por cinco elementos: el rap, el DJ, el grafiti, el beat box y el break dance. Esa última parte, en la que los bailarines saltan, se ponen de cabeza o se sostienen en el aire apoyando únicamente un brazo, era la más esperada por el grupo del Prado: todos querían bailar. Se armó una ronda en la biblioteca y, con un ritmo de base, fueron entrando al medio del círculo de a uno. Entre risas y aplausos, lucieron sus movimientos antes de que Martínez dejara a todos con la boca abierta al dar vueltas por el aire.

En todos lados

El dúo Portadores de Hip Hop también da talleres para liceales, sobre todo de ciclo básico; de hecho, así fue como surgió la idea en un principio. En 2015 Turielli hizo un par de talleres en un liceo de San Luis, sobre machismo y hip hop; este año decidió retomarlos y obtuvo una respuesta mucho más grande de la que esperaba. Los talleres en los liceos siguen los mismos principios que los de las escuela: “Lo que buscamos es romper las normas, trabajar a partir del contraejemplo y, para eso, romper el lenguaje es lo primero, porque yo no me paro desde un lugar de superioridad, trato de hablar como ellos y hacer que me entiendan”, señaló la voz de Portadores de Hip Hop, y enfatizó que se busca “romper con la pose que a veces viene asociada con esta cultura, relacionada con las drogas o los robos”. “Yo voy y me muestro como soy, digo que mi hermana fue la que me enseñó lo que es el hip hop”, contó.

La diferencia entre los liceos y las escuelas es la lógica por las diferentes edades, “a los más chicos no les importa nada, ellos se lanzan a decir lo que piensan, y los adolescentes, no tanto: tienen filtro, demoran más en soltarse y empezar a hablar”, comentó Turielli. En los talleres de los liceos se habla también de la cultura hip hop, pero son más largos porque se trabaja más información: “Primero vemos videos de artistas modernos que se centran en la cosificación de la mujer, en un papel en el que son posesión del hombre, y a partir de ahí empezamos a trabajar el origen del ritmo, debatimos sobre si es o no hip hop”, detalló. Otro punto en el que la edad hace la diferencia es que la discusión en los liceos se sigue dando durante toda la jornada, incluso en las partes de improvisación y baile. Por ejemplo, Martínez señala que entró a la Escuela Nacional de Danza del SODRE, y rápidamente surgen temas como la homofobia y el rol del hombre en las artes.

Los talleristas son contactados por los propios docentes, que por medio de Facebook se enteran de estas dinámicas, y Turielli cree que eso es lo mejor: “El objetivo es que no entre por lo institucional sino por la maestra que lo vio y le gusta, al igual que los profesores en el liceo, que les inquiete la temática, porque ellos son los que van a seguir trabajando con los niños”. Para la maestra del grupo de cuarto año esto es una realidad. Según sus planes, los estudiantes compondrán su propia canción de rap y armarán una coreografía con el profesor de danza para mostrarles a los padres en un festival. También crearán su propio grafiti, que identifique su personalidad.

Identidad

“El hip hop es mi vida. Siempre pienso en invertir en el arte, cuando estudio en la facultad [de Ciencias Sociales] pienso que voy a una materia para escribir mejores rimas, para estar mejor parado, porque cuando tenés un mensaje que la gente escucha, tenés un compromiso”, apuntó Turielli, que trabaja en su próximo disco mientras hace los talleres con jóvenes. A su criterio, se puede decir que el hip hop en Uruguay está “pisando fuerte y creciendo”, mientras que la improvisación y el beat box son “una forma fácil de llevar la música, lo que permite que muchos la practiquen; a su vez el uruguayo está consumiendo más rap, aunque le cuesta”.

El taller en el Prado terminó en el patio, en una ronda compuesta por los 150 niños de la escuela, que quedaron asombrados con los movimientos de baile de Martínez y las rimas de Turielli. Pero mucho más llamó la atención lo que ocurrió cuando los estudiantes tomaron el micrófono y empezaron a improvisar para todos sus compañeros; de a uno, fueron tejiendo versos sobre lo que habían vivido durante la mañana, mientras los brazos de todos subían y bajaban en el aire, al ritmo de la música que emitían los parlantes.

“No sé qué les dejó, pero es seguro que la pasan bien. Sé que terminan enamorados de esa cultura, que no es la suya. Siempre nos dan cariño, nos piden fotos y videos; se genera un vínculo que a veces se mantiene por Facebook. Sobre todo nos dejan ellos a nosotros mucha enseñanza: tenemos que dejar de subestimarlos, porque hay mucho que aprender de ellos”, reflexionó Turielli.

“Lo mejor fue cuando bailamos todos, porque me encanta el break dance”, grita Renata para tapar la música. Sara agrega: “Me divirtió, me encantó y me sentí muy feliz. Me gustó cuando bailamos todos juntos, y espero que cambiemos, porque antes nos portábamos re mal y en las rimas todos insultaban. Ahora no”. La maestra también baila y aplaude en la ronda. Para ella “fue un excelente taller, en el que quedaron muy claros los valores del respeto mutuo y lo importante que es evitar la violencia”. En el medio de la ronda están Turielli y Martínez. Son la voz que suena fuerte en los parlantes, pero tienen un coro que se hace sentir. La escuela aplaude, agita los brazos y canta muy fuerte: “Todos quieren que sea lo que ellos son. Yo lo único que quiero es ser lo que soy”.

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