Amanda, recordada guardia cárcel del penal de Libertad, no veía mujeres: veía números. Número de cédula, de preso y de cabina. Tras su tono prepotente marchaba Raquel Lejtreger, obediente, callada, con el zumbido del viento y la humedad en todo su cuerpo. El vidrio de la mampara, el teléfono gris verdoso con un cable cubierto por un espiral metálico, los policías, Amanda. Sólo así, intervenida, la dejaban hablar con su padre.

El dentista Alejandro Lejtreger vestía de traje ambo incluso en su apartamento, donde en su tiempo libre escuchaba música clásica y ojeaba libros de pintura. Apresado en 1977, marchó al penal de Libertad cuando los militares lanzaron la Operación Morgan, la cacería de los comunistas que permanecían en el país. Estuvo desaparecido dos meses. La primera vez que Raquel lo vio, en agosto de 1977, tenía los lentes rotos, no veía bien. “Era como si tuviera 40 años más”, recuerda ella ahora. Cada 15 días, después de haber cumplido 13 años, lo visitó cada miércoles de mañana, hasta 1981, cuando salió, con el corazón estropeado por la tortura.

En la cabina, donde Amanda ordenaba los números y se amargaban hasta las más resistentes, a Raquel la gente le guiñaba un ojo, le hacía una mueca de cariño. Ella se recuerda como una niña grande. Cuando cumplió 15 años recibió regalos de personas que conocería después. Con algunas cultivó amistad y confianza. Durante los años de plomo se ayudaban a cargar trastos, niños, bajar o subir al ómnibus o festejar un cumpleaños.

Luis Olascoaga era arquitecto, de familia blanca y católica. Se hizo comunista. En 1975 la Operación Morgan lo succionó primero, lo apresó en cuarteles después y lo depositó en el penal de Libertad, la cárcel reinaugurada entre clarines, platillos y penachos rojos en 1972 para albergar lo que rumiaban civiles relevantes y militares sedientos: el golpe.

Al otro lado de la mampara, sus dos hermanas fueron el sostén contra los tratos degradantes y el encierro arbitrario. Javier, su hijo, acompañaba a las tías y era especialmente cuidadoso con su hermana pequeña, porque era la que pasaba peor. La segunda imagen que tiene de aquellos tiempos es la de una madre y sus cuatro hijos entre la fila de mujeres. Una de esas niñas era Raquel. Años después, en la Facultad de Arquitectura, se reconocieron y compartieron tareas de militancia.

En los años de la dictadura, lo que compartieron Javier y Raquel fue intemperie y el runrún del viento en un patio que hacía de sala de espera. Ahí aguardaban. Quietos, sin hablar. Raquel recuerda el silbar del viento entre aquellos visitantes silentes que no se podían apartar un pelo del guion, so pena de quedarse sin visita. También recuerda los pasos de aquellas filas marchando hacia su afecto enrejado.

Ayer volvieron al penal para plantar un plumerillo rojo al viento en el tramo donde la ruta 1 se abre para entrar al penal de Libertad. No quisieron poner una piedra fundamental, sino algo luminoso, algo memorioso, algo para adelante, algo al viento, a otro viento.

Los arquitectos Javier Olascoaga y Raquel Lejtreger se habían vuelto a reunir. Esta vez, para presentarse al concurso que construirá el espacio Memoria del Penal de Libertad. Ganaron. Por eso, en el lugar habrá una plaza con un paseo de 15 metros entre penachos rojos al viento y también cina cinas amarillas. Construirán un banco, también de 15 metros de largo, que acompañará el camino de las flores y desembocará en una puerta entreabierta de 15 metros de alto. Es otra marca de memoria que Crysol, el grupo de presos políticos, y las autoridades políticas del país colocan para rememorar y cumplir con la ley de reparación integral. Esa gran puerta entreabierta llevará 2.872 nombres de personas que padecieron en el penal durante los tiempos dictatoriales. La reconstrucción de la lista llevó su tiempo y seguramente haya que agregar muchos más, dice Raquel.

“La cina cina, por su forma, recoge la memoria del viento, que se concentra en ese sitio y que todos tenemos muy presente. Quisimos resignificarlo en otro viento, un viento más hacia el futuro”, cuenta con la emoción en el tórax y los ojos hinchados. “Volvimos a ver el lugar, a rememorar cosas. El viento, la caminata que se hacía para entrar al penal, la fila de madres... Fue removedor. La imagen es un poco rígida, pero a su vez expresa la apertura. La puerta sola en el paisaje habla de la resistencia de quienes estaban adentro y quienes estaban afuera apoyando. Habla de ese aferrarse a lo que hay y seguir a pesar de todo”, dice.

En la puerta habrá una ventana. “En esa ventana queríamos significar los sueños de los que estaban adentro, y su vigencia. Que esté ahí como testigo de que seguimos pensando en un futuro como el que ellos pensaron”, dice Olascoaga, proyectando el espacio de memoria como una puerta que se abre a la libertad, a la camaradería de aquellas filas y su solidaridad, al futuro, a la memoria “y a marcar un camino”.