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Los kits de robótica de Lego, esos pequeños bloques de plástico que hacen que jóvenes uruguayos lleguen a la NASA, tienen muchas cualidades y un defecto: son cerrados, sus “datos son secreto industrial”, según le dijeron desde la empresa al diseñador industrial Pablo Brera cuando los pidió para hacerles algunas modificaciones. Esa negativa fue lo que impulsó la creación de Mark Robots, un kit d...
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Los kits de robótica de Lego, esos pequeños bloques de plástico que hacen que jóvenes uruguayos lleguen a la NASA, tienen muchas cualidades y un defecto: son cerrados, sus “datos son secreto industrial”, según le dijeron desde la empresa al diseñador industrial Pablo Brera cuando los pidió para hacerles algunas modificaciones. Esa negativa fue lo que impulsó la creación de Mark Robots, un kit de robótica escolar por el que se entrega a los niños 150 piezas, una placa, y todo el software abierto para que se pueda seguir construyendo desde esa base. El proyecto aún sería sólo una idea si el equipo conformado por Brera, el también diseñador Fernando Lema y el ingeniero eléctrico Gonzalo Gutiérrez no se hubiera presentado al llamado de Desarrollo de Prototipos de la Fundación Julio Ricaldoni, que ahora se encuentra en el período de apertura del llamado para su edición 2018.

Lo que permitió la convocatoria fue pasar de la idea a la construcción de los primeros 40 kits; más de la mitad viajaron por el mundo y fueron testeados por expertos. En diálogo con la diaria, Brera explicó que gracias a la financiación de la fundación mandaron un prototipo a Italia, precisamente a la empresa Arduino, creadora de las placas abiertas que ellos usan de base para su kit. La compañía italiana provee las placas que se utilizan mayoritariamente en todo el mundo para proyectos de electrónica: “Es una placa a la que se le puede conectar cosas y que se programa para que los sensores sigan instrucciones, pero viene suelta, no tiene armada una estructura. Nosotros lo que hacemos con el kit es darle una estructura para armar robots”, detalló el diseñador.

El kit de los uruguayos sigue la lógica de Lego: “El alumno recibe un conjunto de piezas sueltas y puede armar lo que se le ocurra, la idea es no limitar la imaginación ni las funciones; se pueden plantear distintos desafíos y maneras de resolverlos, ahí el niño decide qué robot armar y cómo programarlo”. Brera destacó que “la gracia de la robótica educativa es que tiene ese doble desafío: por un lado, el hardware, cómo se arma el robot para que realmente pueda adquirir los datos del entorno; por otro, cómo se lo programa, para ver qué hacer con esos datos”.

La herramienta está pensada para el aula, donde un docente orientador plantee un desafío, que puede ser seguir una línea o buscar una pelotita de color; después los alumnos descubren qué se necesita para que el robot lo logre. “La programación del kit se hace con un programa basado en Scratch, que está en las ceibalitas, y la mayoría de los niños lo manejan; en dos clases ya empiezan a hacer cosas básicas”, comentó el diseñador, y agregó que el propósito de los robots educativos no es lograr objetivos industriales, sino que los alumnos aprendan desde la participación y el error en pequeños desafíos. A su vez, cada usuario del kit podrá diseñar sus propias piezas en impresoras 3D y, de esta forma, ampliar las funciones originales; la idea de los creadores es que cada uno pueda compartir los diseños de piezas en la web.

Según Brera, en Uruguay la mayoría del mercado es de Lego, una plataforma que, al no tener código abierto, presenta a los docentes “no sólo un conflicto filosófico, sino también una dificultad para desarrollarlo completamente”. Profesores de informática que ya están familiarizados con esta situación ven una solución en los kits de Mark Robot; de hecho, en un par de instituciones privadas ya están usando las versiones prototipo, y la muestra que hicieron en Florida el año pasado con 30 niños tuvo muy buena recepción, según los creadores.

Gracias al Fondo de Jóvenes Emprendedores de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación, el equipo trabaja en Ingenio, incubadora de emprendimientos del Latu, en lograr una primera versión comerciable que contenga las mejoras sugeridas por los expertos que han testeado el kit. Brera estima que para fin de año estará pronta la primera versión completa, y manejan la posibilidad de que se pueda comercializar a través de la plataforma de Arduino, algo que les ofreció la empresa italiana. El diseñador aclaró: “Nuestro sueño sería que el kit realmente guste, que la gente empiece a adquirirlo y quien ya lo tenga empiece a subir a la página web diseños de piezas hechas para que esto sea exponencial; si diez personas ponen diez piezas cada una, el kit ya tendrá la misma cantidad de piezas que las originales; con suerte, nunca va a haber una versión final”.

El empujón inicial

Mark Robot era una idea hasta que ganaron el apoyo de la Fundación Ricaldoni. Con este llamado para el desarrollo de prototipos la institución busca impulsar proyectos que estén en la etapa inicial. Según aclaró a la diaria la directora ejecutiva de la fundación, Julieta López, se concentran en emprendimientos que acaban de empezar porque “hoy existe un ecosistema emprendedor que está integrado por diferentes instituciones, muchas de las cuales cubren las etapas más adelantadas; hay incubadoras para proyectos avanzados, hay instituciones que ayudan en la aceleración o exportación de los productos cuando ya están desarrollados, pero para las etapas iniciales no hay tanta ayuda”. La fundación está ligada a la Facultad de Ingeniería (Fing) de la Universidad de la República, por lo que entra en contacto con muchos estudiantes que terminan sus carreras con un proyecto y les falta un primer impulso para desarrollarlas.

No hay muchos requisitos para solicitar la financiación, que este año asciende a 130.000 pesos y cierra su convocatoria el 31 de enero. Piden que el proyecto tenga una base tecnológica, porque parte de lo que se otorga es la tutoría de un docente de la Fing; además, los equipos deben tener como mínimo dos integrantes y uno de ellos, al menos, debe estar relacionado con la Fing o con uno de los centros del interior vinculados. Según explicó López, todas las temáticas son evaluadas de la misma manera, lo que tienen en cuenta es que el problema a solucionar esté claramente definido, que el proyecto tenga un impacto real en esa situación y que sea un desafío tecnológico innovador.

A su vez, en noviembre la fundación brindó tres talleres para ayudar a los emprendedores a definir sus proyectos. López detalló: “Hubo un taller de presentación efectiva, porque ellos tienen que poder transmitir, tanto en el documento que entregan como en el video que suben, las ideas que se están planteando para recibir apoyo; después se impartió un taller sobre gestión de proyectos, porque tendrán que desarrollar un proyecto durante el año, en el que la fundación irá desembolsando parte de los fondos, a medida que ellos lo necesiten, según su plan de trabajo”.

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