Existe una crisis real de rentabilidad en el sector agropecuario nacional. ¿Por qué esta es diferente a las anteriores? ¿Cuál es la salida?

El contexto previo

Uruguay, junto con los otros tres países fundacionales del Mercosur, conforma una de las principales regiones proveedoras mundiales de alimentos y materias primas agropecuarias, donde se radican importantes niveles de inversiones extranjeras directas. Si la situación es tan promisoria, ¿cómo se pudo llegar a una situación complicada en la rentabilidad de la mayoría de las actividades agropecuarias?

El primer rasgo es que en este caso se registraron importantes cambios en la base agropecuaria de la producción. Estos se expresaron, desde la salida de la crisis de 2002 hasta 2013, en aumentos en los niveles de productividad total de factores en la producción agropecuaria y en un estancamiento posterior, lo que coincide con el inicio de los problemas actuales. En este período se registraron cambios en la forma de producir y nuevas inversiones, se incorporaron nuevos agentes que invirtieron en tierras, se registraron nuevas formas de gestionar y financiar el negocio agropecuario, etcétera. Paralelamente, fue el período de mayor reducción en el número de agricultores familiares en la comparación inter censos agropecuarios.

El segundo aspecto, derivado del anterior, es que esta crisis de rentabilidad, que empezó a configurarse a partir del año 2015 pero varía según los sectores de actividad, impactó sobre un sector que tenía nuevos agentes, era más heterogéneo y operaba en los sectores más capitalizados con una operativa más ágil y de movilidad regional no sólo nacional.

El tercer factor es que las trayectorias tecnológicas que se implementaron en los sectores más dinámicos implicaron no sólo mayores costos de producción, que explicaron mayores niveles de productividad, sino también mayores efectos multiplicadores de la actividad económica. Ello está asociado a un mayor financiamiento, y con la reversión del ciclo de precios comenzó un período de mayor fragilidad financiera, según los sectores de actividad productiva y los tipos de productores.

¿Qué desencadenó la crisis?

i) Los precios internacionales de productos y materias primas agropecuarias registraron un muy importante aumento a nivel internacional luego de la crisis de 2002/2003 y hasta 2013/2014, seguido de una caída abrupta hasta 2016 y una muy leve recuperación en 2017.

ii) En enero de 2016 el tipo de cambio nominal promedio fue de 30,8 pesos uruguayos por dólar y se esperaba que al cierre del año se encontrara en un valor cercano a 35 pesos por dólar. Todas las estimaciones (públicas y privadas) erraron y la tónica clave fue la gran incertidumbre, que se mantiene hasta el presente.

iii) La otra parte del problema es el estancamiento en los niveles de productividad agropecuaria, asociado a los cambios reseñados. En las estimaciones disponibles hubo un aumento en los niveles agregados del indicador hasta 2013 y un notorio estancamiento posterior.

¿Cómo se sale de esto?

Históricamente, los países que están especializados internacionalmente en la exportación de bienes agropecuarios y agroindustriales de primera transformación son considerados países que tienen una estructura económica poco diversificada y condenada al subdesarrollo: la llamada “maldición de los recursos naturales”. Sin embargo, países como Nueva Zelanda, Australia, Finlandia y Canadá desmienten esto.

El enfoque en este caso es de economía política. Este gana una especial relevancia, ya que es necesario que los hacedores de política sean capaces de implementar las políticas y evaluar sus resultados con autonomía de las presiones sectoriales y los esfuerzos de algunos agentes por cooptarlas.

La llamada “trampa del ingreso medio” es en gran medida una trampa política, y no económica. Según estos autores, cuando durante el propio proceso de crecimiento se fortalecieron coaliciones con bajo compromiso con la innovación (empresas transnacionales del agronegocio que no invierten en I+D local ni en capacitación personal local, empresas nacionales que se concentran en sectores no transables protegidos de la competencia internacional; mercados de trabajo con bajos niveles de cooperación entre capital y trabajo; empresas públicas que manejan irresponsablemente recursos de la sociedad y recargan tarifas), se configuró una trampa de economía política de la que es más difícil salir. A esta trampa se suma la creciente barrera (tecnológica e institucional) que deviene del rápido movimiento de la frontera tecnológica internacional.

De la crisis de rentabilidad actual del sector agropecuario se puede salir sólo si se reconoce que existe un problema de economía política y que son necesarias acciones para no caer en la trampa del ingreso medio.