El éxtasis es una droga de verdad. Una sensación de calma placidez induce unos cuantos suspiros profundos que nacen del esternón. Una relajación entrañablemente densa toma el cuerpo de la cabeza a los pies. Es un hormigueo inigualable. Cuando el tracto gastrointestinal absorbe y el hígado depura el MDMA, el cerebro, los músculos, el estómago, el pecho, las piernas, todo lo sensible es cautivado por una amable, profunda y vívida explosión de serotonina, el neurotransmisor encargado del bienestar.

Es amigable. Amorosa. Abierta. Encanta. Fascina. Estimula. Inspira. Asombra. Anima. Es radiante. Exuberante. Dichosa. Energética. Vibra. Sorprende. Y es muy optimista.

Algo así significa el MDMA en las cuatro horas que dura su viaje. Pocas drogas en el mundo llevan a una experiencia tan fuertemente placentera y tan emocionalmente intensa. El mundo psi que trabajó con ella hasta 1985, cuando la DEA la prohibió, dice que el éxtasis revela aspectos profundamente significativos del ser. Y que hace ceder sin resistencia la represión descrita por Sigmund Freud.

La franqueza avanza sobre la ansiedad. El reproche cede a la autoconfianza. El temor al otro se desvanece porque estalla la empatía. La gratitud y el júbilo desbordan. Todo es más suave, dulce, gentil y delicado. No hay sedación. La conciencia no se pierde. Más bien se activa y se potencia con otra persona.

El cuerpo baila una materia reservada a su cinética, al lenguaje de la piel rozando otra piel, al influjo de la farmacología sin vigilancia. En las fiestas electrónicas la estrella no es la droga. Es la gente que baila. Nunca una mala cara. Más bien sonrisas. Los unos y los otros se acercan, van y vienen como imantados.

Nadie se siente agraviado. No hay peleas. Nadie prepotea a las chicas. Nunca un botellazo ni una botella robada de la barra. Jamás una corrida de los guardias de seguridad o un problema en la puerta.

La gente pide permiso para pasar entre la muchedumbre con cara de encanto. Hay un extremo cuidado del otro. Cunde la tolerancia y el más alto respeto. Nadie invade a nadie. Cada cual tranquilo en su mundo, el de sus amigos y en las conexiones de los ojos y la piel.

Menos es más...

Ann Shulgin, esposa del químico Alexander Shulgin que sintetizó el aceite del sasafrás hasta llegar al MDMA, recomendaba no tomarlo más de tres o cuatro veces al año. “Es la típica droga que no podés usar frecuentemente”, decía. El estado de bienestar es tan grande, que recapturar esa magia evanescente se convierte en tentación. Pero la señora Shulgin decía que usada habitualmente pierde la magia. “Una vez que lo sobreutilizás es muy difícil volver al estado original [de encantamiento]”. “Cuanto más lo usás es menos efectivo”, intercedía su esposo, el químico responsable de repartir MDMA entre psiquiatras de Estados Unidos y el mundo.

Antes de tomar estos psicodélicos, los Shulgin, hacían un saludo, una bendición. Lo consideraban un acto sagrado. En India, donde el MDMA se expandió a finales de los 90, dicen que abre el chakra del corazón porque emana una empatía contagiosa y una alta dosis de aceptación incondicional propia y hacia el otro.

Médicos y científicos que trabajaron con ella relatan que es profundamente significativa para sus pacientes, que permanecen centrados, en foco y mejoran la capacidad de comunicarse. Por eso se ganó la reputación de la “penicilina del alma”. Algunos la describen como una gentil invitación al conocimiento perceptivo, a un insight personal. Es una molécula descripta como promotora de un estado de aceptación propia y colectiva, un amor propio elevado y una comunión con los demás que de ninguna manera acontece en otros ámbitos de la vida social.

Es fácil caer en la tentación de la píldora mágica de la felicidad. Tal cosa no existe. Pero a la Food and Drug Administration de Estados Unidos le gustó el no caramelo. Actualmente la evalúan en fase III de ensayo clínico para estrés postraumático. Todo indica que va a pasar las pruebas y que prontamente estaría disponible para psiquiatras. “No se va a vender MDMA en las farmacias. La idea es que el terapeuta pueda usarla en su contexto de trabajo”, aclara el farmacólogo José Carlos Bouso, responsable de las 16 sesiones de terapias cognitivo-conductuales, con dos o tres tomas de 50 a 150 mg administradas a un grupo de mujeres que había sufrido violencia sexual.

Uruguay está lejos de la clínica pero cerca del templo moderno. Una feligresía traga la ostia de la empatía colectiva. Bailan quienes aprendieron a temer al desconocido y mirar para todos lados en los espacios públicos. En el santuario pagano nadie parece preocupado por una eventual amenaza, como sí pasa con otros estilos musicales, como también ocurre en la calle. Todo el mundo está en la misma sintonía, una frecuencia de respeto absoluto e incondicional. Son miles, cada fin de semana que comparten el embrujo de la farmacología sin vigilancia.

El MDMA parece auspiciar una conectividad que la sociedad ha perdido o que se esconde detrás de los teléfonos móviles. Con el éxtasis, la soledad y el miedo ceden por un rato. Que no es poco.

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No todo lo que brilla es MDMA

“Las muertes por MDMA son raras”, dice José Carlos Bouso, farmacólogo, psicólogo clínico y responsable del primer ensayo clínico de MDMA en España con mujeres que conviven con estrés postraumático.

El éxtasis las ayudó a recuperar el control. Réplicas del estudio de Bouso se están probando en Estados Unidos y Canadá. El investigador está convencido que “nunca una droga fue tan segura como el éxtasis. El MDMA tiene un margen de seguridad más alto que el paracetamol”, afirma.

Diez gramos de aspirina son tóxicos. Con 20, un adulto medio podría morir. La literatura científica habla de dosis seguras de MDMA entre 80 a 120 mg. Cuadriplicar esa dosis llevaría a un seguro problema para el sistema cardiovascular o los riñones. Ni aspirinas ni éxtasis son caramelos.

Entre 1997 y 2007 hubo 605 muertes en Reino Unido por abuso de MDMA junto a otras moléculas. Solo un 10% se debió al exclusivo uso del MDMA, la mayoría de las muestras estaba adulterada.

En Uruguay no está clara la cantidad de muertes. Los facultativos consultados hablan de media decena desde 2007, cuando murió una chica por deshidratación. La primera muerte que registra la bibliografía internacional ocurrió hace 30 años. Un chico inglés se metió 18 tabletas de una vez y para siempre.

La literatura científica recoge una serie de malestares asociados a la toma de éxtasis, sobre todo en los dos días posteriores. Somnolencia, fatiga, dolores musculares, depresión leve, rigidez en la mandíbula y, sobre todo, dificultad para concentrarse.

Hay algo con el sistema inmune que no aparece en la literatura científica: la resaca del día después. Si las defensas no están en su mejor momento, puede implicar granitos, incluso herpes. Puede ocurrir un leve principio de gripe. Las lagunas mentales y cierto aletargamiento son altamente probables.

Al día siguiente, tras haber gastado las reservas de dopamina en la noche de fiesta puede sobrevenir un bajón, que se pronuncia más o menos, según la estructura del aparato psíquico de cada uno y probablemente de la frecuencia de uso de la sustancia. Todo depende de quién, la sustancia y el entorno.

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