El mecanismo

Selva de petróleo

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No sé si están enterados, pero nuestro vecino del norte no está pasando su mejor momento institucional. Una investigación hecha pública en 2014 reveló un escándalo de corrupción que derramó sangre figurada en aguas políticas repletas de tiburones, y terminó llevándose puesta una presidencia pasada y una posible presidencia futura. Con semejantes antecedentes y un _timing_ envidiable, se estr...
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No sé si están enterados, pero nuestro vecino del norte no está pasando su mejor momento institucional. Una investigación hecha pública en 2014 reveló un escándalo de corrupción que derramó sangre figurada en aguas políticas repletas de tiburones, y terminó llevándose puesta una presidencia pasada y una posible presidencia futura.

Con semejantes antecedentes y un timing envidiable, se estrenó en marzo la producción original de Netflix El mecanismo. Se trata de la adaptación del libro Lava Jato: el juez Sérgio Moro y los bastidores de la operación que sacudió a Brasil, del periodista Vladimir Netto, realizada por el director José Padilha (Tropa de élite) y la guionista Elena Soarez (Hijos del Carnaval).

En el primer episodio conoceremos a nuestro protagonista, un policía conflictuado llamado Marco Ruffo (Selton Mello), y a su compañera, Verena Cardoni (Caroline Abras). La obsesión de Ruffo por el pillo Roberto Ibrahim (un hipnótico Enrique Díaz, de lo mejor de la serie) irá desenredando una madeja de sobornos y lavado de dinero con involucrados cada vez más arriba de la “pirámide alimenticia” del poder político y económico de Brasil.

Pese a estar basada en una investigación periodística que incluyó entrevistas con procesados, los nombres fueron modificados para la ficción, quizás previendo la ola de críticas y amenazas de juicios, que no tardaron en llegar; Dilma Rousseff, por ejemplo, acusó a Padilha en un comunicado de usar “las mismas tintas de parte de la prensa brasileña para asesinar reputaciones, vertiendo mentiras en una serie de televisión, algunas que ni siquiera los grandes medios nacionales tuvieron el coraje de insinuar”. “El cineasta no usa su libertad artística para recrear un episodio de la historia nacional. Miente, distorsiona y falsea. Eso es más que deshonestidad intelectual. Es propio de un pusilánime al servicio de una versión que teme a la verdad”, dijo la presidenta depuesta.

Volviendo a El mecanismo, aquellos que hayan leído algo del caso descubrirán al instante que Roberto Ibrahim representa a Alberto Youssef, quien manejaba dinero proveniente de las arcas de Petrobras (en la serie, Petrobrasil); su director de Abastecimiento, Paulo Roberto Costa (rebautizado João Pedro Rangel), fue el primer gran delator, y su testimonio resultó fundamental para entender un entramado de blanqueo de dinero y donaciones ilegales a las campañas de los partidos políticos.

A propósito del entramado, algo en lo que podemos acordar con respecto del guion es la claridad con la que explica una variedad de delitos económicos de manera sencilla e integrada a la acción. El guion balancea el infodumping (volcar chorradas de información) con una historia que incluye detalles acerca de la vida familiar de los policías, su relación con una parte del Poder Judicial y los sucesivos allanamientos, pedidos de procesamiento y demás elementos típicos de las series acerca de la ley y el orden (como La ley y el orden).

Rousseff acusaba a Padilha de “más que deshonestidad intelectual”, y es cierto que su trabajo (junto con Soarez) incluye algunos golpes bajos, ya que dentro de su ficción no quedan dudas acerca del conocimiento que los presidentes João Higino (Lula da Silva) y Janete Ruscov (Rousseff) tenían de lo que estaba sucediendo dentro de su partido. Una cosa son libertades artísticas, que la serie se toma a diestra y siniestra, y otra cosa son libertinajes artísticos.

Esta primera temporada de El mecanismo ni siquiera llega hasta el impeachment a la presidenta, pero ya planta semillas para lo que sucederá después, como dejar muy mal parado al (vice) presidente Michel Temer con pocas escenas. Aécio Neves, opositor a Dilma en las elecciones de 2014, también recibe unos cuantos golpes de guion.

Sabiendo que no quedará títere con cabeza y tomando en cuenta que por estos días las emociones están a flor de piel, hay que decir que los ocho episodios permiten entender cómo funcionan algunos... bueno, mecanismos que operan en diferentes países del mundo. Lo reconoció el propio Paulo Roberto Costa, citado por La Tercera. “Es una gran falacia afirmar que existe donación de campaña en Brasil. En verdad, son verdaderos préstamos que serán cobrados a altos intereses cuando estén en los cargos. Ningún candidato en Brasil se elige sólo con la caja oficial de donaciones. Los valores declarados de costos de campaña corresponden en promedio a un tercio del gasto efectivo. El resto viene de recursos ilícitos o no declarados”. O sea, más allá de quién sepa qué y de cuán electoralistas sean los fines de la justicia verdeamarela.

Poco de esto le importa a Padilha, que mostró un cinismo importante en una de sus declaraciones públicas cuando presentaba la serie: “Lula va a ver la primera temporada en su casa, pero si hay una segunda, va a estar en la cárcel”.

Cineasta de élite

José Padilha se hizo famoso en el mundo del cine gracias a Tropa de élite (2007, disponible en Netflix), su descarnado relato acerca de la relación entre los narcotraficantes y la Policía en las favelas de su Río de Janeiro. La película seguía las andanzas del capitán Roberto Nascimento (Wagner Moura, hablando en perfecto portugués), integrante del Batallón de Operaciones Policiales Especiales, el escuadrón que utiliza conocimientos militares para incursionar en los rincones más peligrosos de la ciudad.

A la par de Nascimento, conocemos a dos policías “honestos” en medio de un sistema corrupto casi por completo. Aquí ya éramos testigos del mecanismo que construía una frágil paz en las favelas y de los intentos de los recién llegados de hacer pequeños cambios jugando dentro y fuera de esas reglas.

Por la mitad del film los tres personajes se encuentran y la historia se distrae en el duro entrenamiento de la tropa, para luego desembocar en un crimen y en la búsqueda del culpable, todo con la visita del papa Juan Pablo II de fondo, muy de fondo.

El éxito de la película –que ganó un Oso de Oro en Berlín, y tuvo una segunda parte en 2010 en la que los dardos al sistema político eran directos– le permitió a Padilla entrar en Hollywood, donde en 2014 dirigió la remake de RoboCop. Su versión del policía convertido en máquina (que culminó junto al guionista Joshua Zetumer) hablaba de Estados Unidos como policía del mundo y de cómo Murphy termina siendo un peón entre intereses corporativos y mediáticos. Ciertos ingredientes de la original aparecían saludablemente remozados; sin embargo, cuando la acción se centraba en el policía y su entorno, incluidas las escenas pochocleras, el brasileño no concretó. De todos modos, era muy difícil superar la película de Paul Verhoeven, que se recomienda ver una y otra vez.
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