Recreación de la vivienda de un trabajador del Cerro en el museo de la Federación de Obreros de la Industria de la Carne y Afines, FOICA.

Golpe final

Historiadores de Facultad de Humanidades estudian fin de la industria frigorífica, conflictividad y vida cotidiana en el Cerro.

Desde el año pasado un equipo de historiadores de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE) de la Universidad de la República (Udelar), dirigido por Rodolfo Porrini, lleva a cabo una investigación sobre el barrio Cerro en los años 60. Ese período estuvo signado por crisis económicas y políticas que derivaron en el golpe de Estado de 1973, así como por el inicio del cierre de la actividad frigorífica que fue el motor del crecimiento de esa zona de Montevideo. Los investigadores, que conversaron con la diaria, también analizan el desarrollo de la vida cotidiana y en el sinuoso proceso de construcción de viviendas en la villa cerrense, entre otros aspectos.

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Principios del fin

Fijar la mirada sobre un espacio geográfico acotado permite reconstruir su derrotero, las trayectorias de algunos de sus habitantes y detectar elementos que formaron parte del contexto histórico más amplio. El director de esta investigación, el doctor en Historia Rodolfo Porrini, cree que en el ámbito nacional, y desde el punto de vista historiográfico considera que “resulta novedoso enfocarse en un espacio geográfico y tratar de ver dimensiones de la vida de la gente que no han sido muy tratadas, que van desde la vida cotidiana, en la que parece que no pasa nada, hasta la conflictividad. Entonces se combinan esos dos tipos de enfoques: lo conflictivo y cuestiones que parecen naturales pero que también tienen una lenta evolución, como la vivienda, que nos aporta mucha información”.

Esta investigación, apoyada por la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC) de la Universidad de la República (Udelar), fija como primer eje temporal al año 1957, con el cierre de los frigoríficos Artigas y Swift, ambos pertenecientes a capitales extranjeros. Según los datos recabados, los cierres de esas dos empresas afectaron a cerca de 5.000 personas, en una población total que rondaba, por los años 60, los 50.000 habitantes entre el Cerro y zonas cercanas. En el barrio también estaba instalado el frigorífico paraestatal Nacional, que caería 20 años después.

Los problemas no sólo aquejaban a los cerrenses. A mediados de la década del 50 se desata una crisis económica en el país que estuvo acompañada por el impulso de políticas que desarticularon el “Estado de bienestar” que, entre otras cosas, había favorecido el surgimiento de una “nueva” clase obrera en los años 40.

Un lugar emblemático

El cerro de Montevideo, que se eleva 134,82 metros sobre el nivel del mar, fue identificado en las crónicas de los primeros navegantes que llegaron al Río de la Plata hace cinco siglos. Entre fines del siglo XVIII y principios del XIX se construyó allí la primera farola del estuario, que cumplió una función relevante en tiempos de guerra y de paz. En los albores de la independencia el gobierno uruguayo, respondiendo a los empresarios influyentes, destinó esa área al desarrollo de la industria saladeril. “Cosmópolis” fue el primer nombre que tuvo ese espacio de la capital uruguaya, y en 1867, poquitos meses antes de que lo asesinaran, el presidente Venancio Flores apoyó la idea de poblar el nomenclátor con nombres de países y ciudades extranjeras, en reconocimiento a una diáspora que allí se había afincado y que crecería notoriamente con el transcurrir del tiempo.

100 años después, mataderos y frigoríficos ocupaban a miles de personas y fueron motores del crecimiento poblacional, económico y urbanístico de la villa. El ocaso de esa industria en las costas montevideanas, que comenzó a vislumbrarse a fines de los 50, trajo aparejadas dudas, desolación, exilios internos y externos, transformaciones bruscas en las formas de vivir y de habitar, pero también implicó la apertura de nuevas posibilidades para quienes habían crecido, en cierto modo, con los destinos signados. En fin, una profunda crisis se instaló debajo de las luces de la fortaleza.

En 1952, mediante una reforma constitucional, Uruguay dejó de lado el régimen presidencialista y la conducción quedó a cargo del Consejo Nacional de Gobierno. Desde ese año y hasta 1955, ese órgano fue encabezado por Andrés Martínez Trueba, del Partido Colorado (PC), mientras que el período 1955-1959 también fue liderado por ese sector pero la presidencia en cada uno de los años rotó entre sus distintos integrantes. Entre 1959 y 1967 el Partido Nacional (PN), triunfos electorales mediante, asumió la dirección de los Consejos y aplicó políticas que endurecieron el clima político y social.

“En 1957 cierran los frigoríficos Artigas y el Swift. Luego de un debate en el sindicalismo de la carne y en el sistema político se aprueba una ley, en octubre de 1958, que determina la creación de una empresa que se hará cargo de la administración de los frigoríficos, pero que posteriormente se restringirá a la reapertura del frigorífico Artigas con gran parte de su personal”, indica Porrini. La nueva empresa se llamó Establecimiento Frigorífico de Cerro Sociedad Anónima (EFCSA). “Se dio una complejidad en un proceso que arrancó el 20 de diciembre de 1957 y duró varios años; implicó el cierre, la angustia de las familias trabajadoras, el qué hacer por parte de las organizaciones sindicales y sobre todo por la empresa, que era una sociedad anónima conformada por los trabajadores, de modo que no fue una cooperativa, ni una colectivización, ni una estatización, que eran las alternativas que había”.

La nueva firma contaba con un directorio “que tomó personal que tenía vinculación con el frigorífico Artigas, mientras que a otras personas no las contrató y ellas fueron resolviendo sus situaciones en el Nacional, en otros sectores o fuera del Cerro. Eso llevó una discusión a nivel sindical, con la empresa, con su sindicato y con los otros trabajadores que, articulados con la Federación Autónoma de la Carne, exigían la reapertura del otro frigorífico [por el Swift]”, algo que finalmente no ocurrió.

Los 60

En 1959 se produjo la Revolución Cubana, que tuvo gran impacto político a nivel internacional. En Uruguay comenzaron a surgir las coaliciones electorales de izquierda, con la creación del Frente Izquierda de Liberación (Fidel), Unión Popular (UP) y el Partido Demócrata Cristiano (PDC), en 1962.

Este período sería clave en la historia del movimiento sindical, ya que desembocaría, en 1966, en la creación de la central única sindical –Convención Nacional de Trabajadores (CNT)– que aglutinaría a los distintos sectores de trabajadores.

En 1967 retornó el régimen presidencialista al gobierno nacional. El ex general Óscar Gestido (PC) fue electo presidente ese año y al asumir designó un gabinete ministerial de estilo desarrollista, pero su fallecimiento, ocurrido pocos meses después de haberse colocado la banda, provocó que Jorge Pacheco Areco ocupara su lugar e impusiera una política de confrontación abierta con los sectores populares.

Durante 1968 y 1969 se desarrollaron múltiples luchas por parte de trabajadores y estudiantes; también se consolidó el fenómeno de la guerrilla urbana mediante la actividad desplegada fundamentalmente por el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN). Asimismo, se crearon grupos armados por parte de sectores de derecha, con la connivencia estatal.

La represión contra los movimientos sociales incluyó el asesinato de estudiantes, destituciones, traslados y militarización de funcionarios públicos. Además, el gobierno eliminó los Consejos de Salarios y determinó la creación de la Comisión de Productividad, Precios e Ingresos de Uruguay (Coprin), que apuntaba a desarrollar medidas para contrarrestar la alta inflación.

Todo ese proceso fue acompañado por prolongadas huelgas y paros desplegados por los trabajadores.

Y el Cerro no estuvo alejado de ese proceso. Al interior de las familias, en el relacionamiento entre los vecinos, la existencia del sentido de pertenencia a la clase obrera, a la vida sindical, resultaban motivos de discusión. Tania Rodríguez indica que varios de sus entrevistados recordaron que “se identificaban las casas de los carneros –tal como aún se denomina a quienes no acatan las resoluciones emanadas de una organización sindical–. Eso creaba conflictos dentro de las familias, porque se generaban dificultades en el relacionamiento entre los familiares y los vecinos por ese tipo de cosas. Esa cercanía durante los conflictos generaba problemas, porque compartían muchas cosas”. “Se encuentran conflictos con el afuera del Cerro, pero también en la interna: entre Rampla Juniors y Cerro, entre vecinos, colorados, blancos, pachequistas, gente de izquierda, y entre los carneros y aquellos que no lo eran; eso siempre sale en los testimonios”, agrega Francis Santana.

Rodolfo Porrini. Foto: Andrés Cuenca

El cierre de los frigoríficos EFCSA y Nacional, que se concretó en la década de 1970, representó “una suerte de golpe final para la comunidad obrera, muy centrada en el trabajo asalariado. Y ya en el marco de la polarización política que se da a partir del ascenso del gobierno colorado de 1967, la muerte del presidente Óscar Gestido y su sustitución por Jorge Pacheco Areco, con un equipo económico articulado en base a los intereses empresariales muy directos –de Jorge Peirano Faccio, Carlos Frick Davies, que ocuparon lugares como ministros en aspectos sustantivos de las políticas económica y social del nuevo gobierno– que dieron un golpe directo con un decreto que se aprueba en febrero de 1969 y que eliminará una conquista que tenían los trabajadores, consistente en dos kilos de carne por día para cada uno de ellos”, explica Porrini.

La eliminación de ese beneficio, “que era importantísimo” en la dieta familiar, “generó una tensión que derivó en un largo conflicto en todos los frigoríficos de todo el país, porque no sólo afectó a las empresas del Cerro”.

Esa discusión culminó en una derrota para los trabajadores, pues no recuperaron esa ración diaria de proteínas; en contrapartida, las patronales otorgaron una partida económica mensual que rápidamente fue licuada en el proceso inflacionario. Las empresas también accedieron a incorporar a los empleados del interior del país a las Cajas de Compensaciones –algo que existía en Montevideo–, lo que derivó en un acercamiento entre los obreros de las diferentes empresas. “Pero el golpe estaba dado, en el sentido de que el movimiento obrero del Cerro estaba en un proceso de ser derrotado”, puntualiza Porrini.

En relación a las corrientes que predominaban en los sindicatos cerrenses que tenían una fortísima incidencia en la conducción de la Federación de Obreros de la Industria Cárnica (FOICA), Lucía Siola señala que en 1957, a partir de los testimonios recogidos, “predominaban dirigentes provenientes del batllismo”. Previo a ese momento, “en la década del 40 hubo divisiones, y dirigentes del Partido Comunista del Uruguay [PCU] tenían su propia federación, pero no tenían tanta influencia en ese momento”. Durante el cierre de Swift y Artigas “comienzan a manifestarse sectores vinculados al anarquismo, por ejemplo con el proyecto de reapertura de los frigoríficos, que era un proyecto de colectivización y que en ese punto rechazaba las propuestas de estatización vinculadas a estos sectores”.

Cerro: ¿barrio o comunidad obrera?

A la hora de definir al Cerro, ¿cuáles son las categorías más ajustadas para hacerlo: “barrio”, “comunidad”...? “Tengo mucho cuidado a la hora de hacer precisiones”, advierte Porrini. “Yo tenía una idea mucho más clara, o me parecía tenerla, de que era una comunidad obrera, en el sentido de que las relaciones laborales, sociales, familiares, en el tiempo libre, son más intensas, están circunscriptas, y existen muchos indicios de cuestiones en común. Puede haber aspectos que pueden ser caracterizados como de comunidad obrera, porque aparentemente hay cierta homogenización de la forma de vivir, de las formas de sentir y de sentirse”. No obstante, “también abrimos el espacio para que puedan aflorar otras contradicciones, otras tensiones, otras diferencias”. “Entonces allí aparece un juego entre la descripción de un barrio de trabajadores, de un barrio obrero, signado por el trabajo de los frigoríficos, y antes de los saladeros, pero, cuando afinamos el lente, empezamos a descubrir que existen otras formas de trabajo, otros lugares que no sólo son los frigoríficos, y eso nos hace plantear esa interrogante para ser develada en relación a cuáles son los elementos de comunidad y cuáles otros no pueden ser vistos a simple vista pero subyacen y están presentes, que incluso haya componentes que sean negadores del barrio, porque una cosa es pensar en ese barrio entre las décadas de los 30 y los 70 y otra para los jóvenes que nacieron en los 80 y 90 y qué relación tienen con ese barrio; si es una relación tan idílica, de sentirse parte, o existen otras cuestione”. Por eso, “las relaciones entre generaciones es otro tema que también está circundando en la investigación”, aclara.

La vida cotidiana

Fuera de los altos paredones de los frigoríficos cerrenses ocurrían muchas cosas. Los investigadores destacan el desarrollo de una vida social intensa de sus habitantes, que se nucleaban en cooperativas de consumo, clubes deportivos, organizaciones sociales, sindicales, asociaciones de inmigrantes, infinidad de bares y cines –hubo cuatro, que ya no están–, entre otros. Grecia era la calle principal en el barrio.

Los vínculos entre la villa y el centro de Montevideo en el período estudiado estaban restringidos a las frecuencias de la línea de ómnibus 125, excepto para una minoría que contaba con vehículo propio. Como si hubiera resultado un rito iniciático para ellos, muy pocos entrevistados olvidan el primer viaje que los alejó de la fortaleza. “De hecho, muchos cuentan que cuando salían del barrio era un acontecimiento; ir al Centro de Montevideo era algo que los marcaba para siempre, y se preparaban de un modo especial”, resalta Siola.

“El barrio más cercano, con mayores vínculos políticos y sindicales, era La Teja”, afirma Santana. Porrini recuerda la creación de la asociación anarquista Ateneo Libre Cerro-La Teja en 1952, que fue una suerte de filial del centro Máximo Gorki, y que en los 60 se transformaría en una cooperativa de consumos de libre afiliación que llegó a contar con 700 socios. Esa asociación generó “un arraigo”, pero también cubrió “una necesidad, para tratar de generar que los grandes almacenes no cobraran tan caro”. “Ya se empezaba a vivir en el Uruguay de las crisis económicas, del alza de los precios, la desvalorización de la moneda, una serie de elementos que hacía que la gente respondiera de forma colectiva, asociándose, buscando alternativas”. En este caso “lo interesante resultó que fue creado en el barrio. Había una hermandad de dos barrios, o de dos comunidades, podría decirse, porque había un intento de construcción desde abajo”, apunta.

Uno de los objetivos de la investigación es “recuperar otras formas de trabajo” por fuera de la industria frigorífica “que realizaban muchas personas, la mayoría de ellas mujeres, que no eran asalariadas”, como el cuidado de los hijos y las tareas de cocinar los alimentos y limpiar los hogares, acota su director.

Alesandra Martínez explica que las mujeres cumplían tareas “dentro del hogar para poder compatibilizar el tema de su trabajo ya impuesto socialmente y así poder contribuir, como dice uno de los testimonios, al trabajo del varón de la casa”. “Había tareas en la casa como la costura, el bordado, tejer, abaratar la comida, y otras mujeres ponían negocios dentro del hogar, como un almacén o un preescolar, que no existía a nivel oficial”.

Las mujeres confeccionaban elementos que “no podían comprarse”, lo cual permitía “lograr un mejor reparto” de aquello que había sido recibido mediante los salarios. Por ejemplo, destinaban “muy poco dinero a la ropa y mucho a la alimentación, para que la gente comiera bien. Muchos entrevistados resaltaban la idea de que comían bien, quizá relacionada con la idea de que la abundancia es sinónimo de salud”, establece Santana.

La investigación desarrollada ha permitido dar con huellas de mujeres en la industria frigorífica. “Si bien se puede pensar que las actividades dentro de los frigoríficos eran principalmente de varones, que eran un gran componente, también hemos visto que había mujeres en las secciones de conservas, triperías, menudencias”. “En la sección conservas se realizaba el corned beef, que fue un producto muy importante para toda la industria frigorífica uruguaya, y también se procesaban una multiplicidad de productos que llegaban desde el mundo agropecuario –duraznos, zapallos, brócoli– que se procesaban, se depositaban allí y abastecían al mercado interno”, explica Martínez.

Todavía, en cambio, no se han encontrado testimonios que ubiquen a mujeres en posiciones “de mayor jerarquía en las empresas o en los sindicatos”. Además, la investigación apunta a “rastrear cómo era el vínculo entre mujeres y varones en esos espacios laborales, cuáles eran las características de ese relacionamiento, si estaba bien que las mujeres trabajaran, y eso ya por fuera de los frigoríficos”. “Queremos ver cómo era el trabajo dentro del hogar y también fuera de él, cómo se compartían esos mundos y cuáles eran las tensiones dentro del mismo frigorífico”, subraya Martínez.

La mirada también está puesta en lo que acontecía con los niños y jóvenes en el mundo del trabajo: hay testimonios que indican que empezaban a trabajar en la adolescencia e incluso antes. “En las familias numerosas y humildes ocurrían casos de niños que empezaban a trabajar apenas terminaban la escuela. Con el paso del tiempo algunas familias optaban por enviar a algunos de sus hijos al liceo. Además, en aquella época los niños ya tenían puesta en la cabeza la idea de trabajar para ayudar a la familia”, resalta Rodríguez.

Los investigadores concuerdan en decir que aquellos entrevistados que vivieron el esplendor de los frigoríficos en la villa cerrense miran el pasado con cierta nostalgia. “La vida de las personas era el barrio, donde realizaban gran parte de sus actividades sociales y culturales. Muchas familias enteras, primos, tíos, vivían en ese lugar, y por eso no precisaban necesariamente salir del barrio para hacer actividades. La idea del Cerro dormitorio, el barrio sólo para volver a dormir, empezará más adelante. Entonces existe esa ruptura, porque los vecinos realizaban la vida en el barrio en todos los aspectos”, anota Rodríguez.

Para Santana, “también aparece como un contraste doloroso aquello que ellos creen que hoy es el barrio. En el período que tratamos, los ejes del barrio son muy diferentes a los actuales: en aquel período era la calle Grecia, que era un eje del barrio hacia adentro, marcaba el centro del barrio y la gente salía de trabajar de las inmediaciones”. “Hoy el eje ha cambiado, al no funcionar más aquellos grandes edificios, a Carlos María Ramírez, por lo que los comercios se han trasladado hacia allí. El barrio se ha vaciado de comercios y de un poco de vida, y por eso la gente siente cierto rechazo al presente y mantiene cierta memoria reivindicativa de un pasado que ellos consideran mejor que el presente”, considera.

Porrini, en tanto, cita a uno de sus entrevistados: “‘Era un barrio que se podía considerar una comunidad obrera, que a partir de las industrias trabajaba más allá de lo que el Estado daba; superaba lo que el Estado daba, porque este no tenía interés en hacer más allá del clientelismo. Esta comunidad tuvo la capacidad de generar condiciones y hacer obras que permitían un desarrollo bastante sustentable mientras hubo fuentes de trabajo’”.

Los desalojos del Toto

Francis Santana estudia los diferentes modos de construcción de viviendas y de ocupar los espacios que se desarrollaron en el Cerro, en un proceso en el que las tensiones estuvieron presentes.

“Estoy viendo el día a día con la autoconstrucción de casillas en el casco viejo del barrio, que se hacía con la ayuda de los vecinos, y también estoy estudiando los conflictos vinculados a proyectos urbanísticos, algunos fracasados, otros que quedaron por la mitad, y cómo se fueron modificando las políticas habitacionales”, explica.

En ese marco, el investigador ha centrado su atención en tres eventos de ocupación de viviendas por parte de vecinos “que se dan en 1957, en 1970 y en 1973”, cuando “las personas buscan soluciones para el problema habitacional, que coinciden con momentos de dificultad del barrio: en 1957 cierran los frigoríficos, al otro año de la huelga de 1969, y en los preámbulos del golpe de Estado”.

En 1973, el presidente Juan María Bordaberry encomendó el desalojo de unidades habitacionales construidas por el Instituto Nacional de Vivienda al entonces director nacional de Viviendas, Jorge da Silveira, que ya era un influyente comentarista deportivo, y al juez de instrucción militar Néstor Bolentini, quien tuvo una profusa actividad en la dictadura militar que se iniciaría en junio de ese año.

“Hubo ocupaciones de viviendas libres en momentos de crisis. Cuando la gente se enteraba de que había casas vacías durante meses, las ocupaban. En la ocupación de 1973 el Ejecutivo resuelve los desalojos, mientras que el municipio y el Parlamento piden negociar. Eran 109 familias, fueron censadas. Se buscó consensuar, pero el Ejecutivo, de la mano de Bolentini y Da Silveira, se pone en contra” y ordena el retiro de las familias, establece el investigador.

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