Nicaragua reclama respeto y atención. Nuevamente habla desde su gente sublevada, desde la represión brutal del poder, desde las barricadas en las calles mojadas de sangre y corajes. Nicaragua complica la distracción y el disimulo. Nadie debería sentirse cómodo callando, gozando o calculando dividendos a partir de la crisis nicaragüense. Porque mucho le debemos y mucho hemos dado por Nicaragua. La derrota de Somoza y de la dictadura brasileña abrieron el ciclo de democrático que recreó las Américas en los años ochenta. En Nicaragua, el tránsito de una revolución insurreccional a otra revolución basada en la lucha de partidos, abrió horizontes políticos y culturales. Su metódica demolición es una mala noticia que recién ahora se expone, en la magnitud de la crisis política y de derechos humanos básicos de la sociedad gobernada por el orteguismo. Hasta ahora las izquierdas y las derechas pudieron callar, disimular y otorgar sin mayores dificultades, y lo hicieron, por motivos diferentes aunque concurrentes. La sublevación popular desbarató el andamiaje de disimulo, y dentro de todo lo trágico, esta es una buena noticia. En un tiempo donde la voluntad se paraliza por miedo a ser víctima de fakes news, pos verdades y manipulaciones del poder, la revuelta “nica” muestra la posibilidad de restablecer un principio de realidad desde la lucha callejera. La gente dice poniendo el cuerpo, y no se puede no escuchar. Obliga a preguntare. El problema que parece enfrentar hoy el arco democrático y solidario que rodeó la revolución sandinista desde 1979, es elegir el instrumental que usa para leer y tomar partido en esta rebelión popular. Una dificultad clave es asimilar de golpe y porrazo un proceso de degradación que abarca una década larga, y apenas fue denunciado abiertamente por las feministas y pocos más1.

Como contribución a ese propósito quedan aquí algunas referencias, fuentes y comentarios.

Sueño con serpientes. Una vez que el orteguismo dominó la resistencia en la mayoría del territorio, con la derrota de Masaya el 17 de julio pasado, el régimen volvió a hablar con creciente comodidad a su país el mundo. Por lo menos a su mundo. Desde un lenguaje de violencia triunfante y revancha, anunció mayores restricciones a las libertades. También sus sostenes internacionales recuperaron cierta elocuencia2. Desde abril y hasta ese momento, incluso los más recalcitrantes se habían refugiado en la prudencia de los condicionales y las medias palabras. El Foro de San Pablo reunido en la Habana dio la voz oficial de una parte significativa de las izquierdas latinoamericanas. Los contenidos de esa breve declaración revelan la transición a una doctrina política que reúne retórica revolucionaria articulada con la doctrina de la seguridad nacional3. Su lectura es suficiente para reconocer el abismo que separa al orteguismo (y sus apoyos) de cualquier proyecto emancipatorio. La única voz que encontré ensayando una argumentación personal de respaldo a esa declaración resulta enigmática. Ese mismo 17 de julio en que orteguistas y amigos recuperaron la palabra y el aliento, Atilio Borón publicó una nota titulada “Nicaragua, la revolución y la niña del bote” que aparentemente se propone argumentar desde un lugar más coloquial4. Sin embargo la convicción parece flaquearle, ya que expone más críticas que méritos en la conducción del actual FSLN, y el único argumento “fuerte” es una advertencia tan difusa como ominosa sobre qué sobrevendría a la derrota de Ortega. No se si un acto fallido, pero resulta al menos curioso que en el esfuerzo por recordar la infamia imperial desde sus orígenes, Borón se remonta hasta la recordada frase de Roosvelt: “Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. ¿Será que Borón quiere que sepamos, sin decirlo, que ese fue el talante hacia Ortega en el Foro de San Pablo? Quisiera creer que alguien, en el Foro de San Pablo haya sentido aunque sea por un momento, que el envilecimiento del FSLN y su transformación en un modelo autocrático y criminal no es una victoria revolucionaria. Que más bien es la revancha histórica de Reagan y Oliver North, de los “contras” y todos quienes se alzaron contra el sandinismo esperanzador de los ochenta. Ese sandinismo que no existe ya en el FSLN sino en las calles y barricadas que, paradójicamente o no, se alzan para sacar del poder al FSLN. Así lo expone metódicamente la ex comandanta guerrillera y opositora al orteguismo Mónica Baltodano4.

La sublevación popular contra Ortega-Murillo reúne pasado y presente de la mejor Nicaragua. Reconociendo la dificultad emocional e intelectual de las dirigencias políticas para transitar la crítica a antiguos aliados, existen suficientes elementos de juicio para descartar la fácil caracterización de este momento en Nicaragua como consecuencia de la conspiración imperialista. Hasta el presente Ortega-Murillo han sido una bendición para las camarillas corruptas del capitalismo centroamericano aliado a USA. Hace mucho que el FSLN no representa un proyecto de libertad, solidario, anticapitalista. Por otra parte, cualquier dirigente político familiarizado con sublevaciones, y muchos por aquí y por allá sabemos los suficiente, reconoce la diferencia entre un grupo de mercenarios y una sociedad que dice basta y echa a andar. Es suficiente apreciar cómo las movilizaciones, ocupaciones y barricadas se reprodujeron e incrementaron conforme el orteguismo fue cerrando caminos y escalando la desproporcionada represión. Unos colectivos que crecen y aumentan su determinación semana a semana, mientras las fuerzas represivas incrementan la violencia, pasan del armamento anti motín al de guerra, y luego a la acción de fuerzas paramilitares, no son guarimberos ni mercenarios. No digo que no los haya, así como bandidos y criminales. Pero esos no se hacen matar durante tres meses seguidos. Digo que las protagonistas verdaderas de esta revuelta son gentes civiles, desarmadas o absurdamente armadas, que quiere alcanzar la libertad sin importarle el precio, y enfrentan como pueden un régimen que solo se está sosteniendo mediante el uso desmedido e ilegítimo de la fuerza. Esto dice la CIDH desde su primer informe6, y lo describen en su génesis y desarrollo voces de antiguos sandinistas, internacionalistas y observadores7. Salvo mejor opinión del Foro de San Pablo.

Gatillo fácil. Estoy convencido que la sublevación popular en Nicaragua continuará hasta que se abran otros espacios políticos para expresarse la sociedad. Antes o después, así será. El asunto es que pasa entre tanto. ¿Cuánta violencia, sangre, vidas más costará? La declaración del Foro de San Pablo, felicitación incluida, es una explícita invitación a que el gobierno continúe su camino de violencia. Esa es, hoy día, el mensaje que dirigen las dirigencias políticas allí reunidas a Ortega-Murillo, a la sociedad nicaragüense y al continente. Algunos, por ahora pocos, líderes de izquierda uruguayos, como José Mujica, se van desmarcando del baño de sangre8. No es menor que lo haya hecho 200 muertos después que Ernesto Cardenal le pidiera intervenir9. Porque los milicos represores y las gentes sublevadas no pueden esperan a que los dirigentes políticos se la piensen con calma.