El aplastante triunfo de Andrés Manuel López Obrador es, en primera instancia, la derrota electoral de las élites políticas de México. La labor de AMLO es ahora extirpar sus raíces del aparato administrativo del Estado, revertir la política represiva y corrupta que instauró el gobierno de Carlos Salinas de Gortari en 1989 y sacar a las fuerzas armadas de la represión interna.

Como si esto fuera poco, también le toca detener la violencia de los cárteles de la droga que se instalaron en México tras su desplazamiento de Colombia hace dos décadas; democratizar a fondo la sociedad mediante la convocatoria de fuerzas vivas a ámbitos de deliberación sobre problemas a enfrentar y luego someter sus propuestas al plebiscito popular (algo que a los suizos les da mucho resultado); y hacer justicia, no venganza, con el caso de Ayotzinapa, la desaparición de 43 estudiantes en 2014 que volvió a foja cero.

Además, encarar con decisión la investigación de la desaparición de 36.000 personas, una conservadora estimación oficial: “Que termine de una vez este triste y grave asunto, que desterremos la impunidad”. Y en una lista incompleta de tareas, sacar a 43,2 millones de mexicanos de la pobreza, y a la mitad de esa cifra de la pobreza extrema.

A AMLO le dicen El Peje porque en su estado de Tabasco subsiste el pejelagarto, un pez del orden de los Lepisosteiformes, un anciano orden de peces “primitivos” con espinas. Tal vez haga falta serlo para salir adelante con tamaña empresa.

Su discurso de triunfo, al fin de esa jornada electoral, fue una verdadera declaración jurada en la que rechazó con compromisos los temores que se le adjudicaron insistentemente a su candidatura, y por su palabra será tenido: