Hace 15 años que la Estación Central General Artigas se cae a pedazos. Tras la fachada del imponente esqueleto se pierden en el abandono extraordinarias piezas ornamentales, galpones y andenes testigos de glorias de otro tiempo. Aun así, la belleza de la obra ideada por el ingeniero Luigi Andreoni, que combina estilos que van del Barroco hasta el Renacimiento, no desaparece y se potencia con la imagen en la mente colectiva de un pasado que vio pasar centenares de pasajeros por sus instalaciones.

La estación fue inaugurada el 23 de junio de 1897 y se puso al servicio del público el 15 de julio de ese mismo año. Durante décadas fue testigo de innumerables encuentros, de partidas y llegadas, eventos, y también una potente fuente de trabajo. El 28 de febrero de 2003 llegó la orden definitiva: la Administración de Ferrocarriles del Estado (AFE) debía abandonar la Estación Central. El último tren partió ese día a las 21.40 y tras la salida del último vagón se cerraron definitivamente las puertas del edificio. Las 5,9 hectáreas que mantenían viva esa zona de La Aguada se llevaron con ellas el brillo de la zona. La Estación Central General Artigas se convirtió en un agujero negro frente al puerto.

El miércoles 22 de agosto, temprano en la mañana, el ministro de Transporte y Obras Públicas, Víctor Rossi, encabezó la recorrida por las instalaciones de la Estación Central de Ferrocarriles de AFE, acompañado por otras autoridades y medios de prensa.

El peso del vacío cae con fuerza sobre los hombros al entrar en el predio. La soledad es casi una masa tangible. El tiempo se detuvo entre los brazos largos de la herradura de concreto. La última hora que marcaron las agujas del reloj que da a la inmensa bóveda de la obra fue las 19.30, o quizás las 7.30. A partir de allí, el tiempo, el clima, actos de vandalismo y la negligencia del Estado hicieron lo suyo: dejar caer en la decadencia una parte de la historia uruguaya.

Algunas zonas de los techos y el piso son los principales testigos del olvido. La humedad se caló entre las paredes hasta hacerlas crujir y aparecer grietas. Las maderas del piso están podridas y los techos se han pegado al suelo y cubren de escombros las habitaciones. A los andenes y columnas del exterior los alcanzó la herrumbre y se tornaron rojizos por la oxidación. Los vidrios están rotos. Las estatuas que decoran la galería de la entrada principal en la calle La Paz aún no han perdido los pies, pero les tiemblan los tobillos. Objetos amontonados en los rincones y tubos de luz que cuelgan. La lluvia que se cuela por aberturas y forma charcos de agua en partes del piso. Algún mueble viejo y aparatos de calefacción que dudosamente logren funcionar.

Si bien hay aspectos que requieren evidente mantenimiento, “la estructura está en buenas condiciones”, comentó Rossi. El director de la Comisión de Patrimonio, Nelson Inda, acompañó los comentarios del ministro y “como arquitecto con experiencia en recuperar edificios”, sostuvo: “Acá todo a la vez no se puede hacer. No hay varita mágica que recupere nada en un segundo, sino que hay que hacer una secuencia de trabajo que ya estuvimos conversando con el ministro Rossi”. El valor histórico del edificio y el derecho de los uruguayos a usufructuarlo fueron puntos recurrentes en el discurso de las autoridades.

Lo que el tiempo no se llevó

La hermosura y el encanto de este esqueleto colosal han resistido con fuerza. En toda la estructura pueden encontrarse detalles que mantienen viva la esperanza de conservar la historia del lugar. Las molduras de las puertas y ventanas, propias de la época y con ese estilo ecléctico característico de toda la obra de Andreoni, parecen intactas. Puertas altas y pesadas mantienen la identificación de las habitaciones: “emergencias”, “secretaría”, etcétera. Las cerámicas blancas con rombos negros del primer piso resisten sin problemas las pisadas; basta con que sean lustradas para devolverles el brillo. Los pisos de parquet de los salones de eventos no parecen haber sufrido muchas noches de baile.

Afuera, las rejas y los portones mantienen la elegancia, a pesar de los años. Diminutas cabezas de puma toman el lugar de desagües, expulsando el agua por sus bocas sobre las calles Río Negro y Paraguay. Las luces se sostienen en unas esquinas de hierro con curvas en espiral. Algunas de las cornisas sólo han perdido un poco de color. En la enorme bóveda que recibía los trenes, la esplendorosa construcción de hierro, que ha perdido la mayoría de los vidrios, no perdió las figuras elaboradas en hierro. Las columnas conservan los capiteles propios de la arquitectura de mediados del siglo XIX.

Como si se estuviera en una película en la que las imágenes del presente se mezclan con escenas del pasado, al caminar por los pasillos y galerías de la estación cubiertos de polvo y restos de pintura se puede imaginar a decenas de personas caminando por los pasillos, los que llegan y los que se van, la sala de espera con sus asientos, las luces y el decorado de los salones, las oficinas y el restaurante.

Estación Artigas
Estación Artigas

Entre los más jóvenes, que sólo han conocido el edificio muerto, esas imágenes son recuerdos prestados, productos de anécdotas familiares o relatos colectivos. Para otros, forman parte de su experiencia, de la nostalgia y del vestigio del último viaje en tren.

No todo es tan antiguo. Algunos elementos desentonan con la estructura. No llevan en su cuerpo el peso del tiempo. Un horno a leña junto al andén, por ejemplo. En los baños de la planta baja, los azulejos y piezas de porcelana no conocen la vejez, aunque no se escapan de la decadencia. Quedan algunas huellas de los bailes y shows musicales que se ofrecían allí después de abandonada la estación. Allá por el 2004. Así como algunas pinturas en el interior del edificio y los grafitis con mucho color sobre las paredes internas y la fachada exterior, hoy protegida por un vallado de chapa.

Promesa que se repite

Hace 15 años la Estación Central General Artigas se cae a pedazos, pero el gobierno se propuso revertir esa realidad desde que la Justicia le otorgó la custodia del predio al Poder Ejecutivo y al Ministerio de Transporte y Obras Públicas (MTOP). Esa concesión habilita al MTOP a encargarse libremente del mantenimiento y reacondicionamiento de la obra y cuidarla con más “celo”; así lo dijo el titular de esa cartera tras el último Consejo de Ministros.

La transformación de la zona fue promesa más de una vez. Se proyectaron hoteles, apartamentos, oficinas, salas de conferencias y exposiciones y hasta un centro cultural. En 1998 el Plan Fénix iba a hacer florecer a La Aguada y adueñarse del acceso oeste al centro de la ciudad. Nada de eso pasó. En la última década sólo se cortó el pasto y se vigiló el lugar a pedido del MTOP por la Administración Nacional de Puertos y Prefectura Nacional Naval. Además, funcionó como hogar provisorio para algunas personas en situación de calle.

El ministro Rossi comentó al finalizar la recorrida que a corto plazo se intentará trabajar en la iluminación, la seguridad y la limpieza del lugar, para abrir sus puertas el Día del Patrimonio y fomentar el vínculo de la ciudadanía con el edificio. Las autoridades contemplan la posibilidad de realizar un llamado de iniciativas al sector privado para el desarrollo de proyectos. No hay un proyecto definido aún.

Quien aventuró un uso posible para el edificio fue la ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz. Soltó como posibilidad que todas las escuelas artísticas nacionales tuvieran una sede allí y compartieran el amplio espacio de la estructura con otros emprendimientos sociales. Mientras tanto, Inda expresó que como producto cultural “debe ofrecerse a la cultura”.

No se descarta ninguna opción, incluso la posibilidad de que vuelva a funcionar como terminal de pasajeros, idea que hace soñar a más de un ciudadano. Más allá de su futuro objetivo, lo principal es detener la decadencia del patrimonio, apuntó Rossi. Mientras tanto, el juicio entre Glenby y el Estado sigue su trámite.

Litigio sin fin

En 1998, El Banco Hipotecario del Uruguay (BHU) compró la Estación Central y los otros dos padrones donde funcionó la playa de maniobras. Para administrarlo se creó Saduf, una sociedad pública de derecho privado. La sociedad también se haría cargo de impulsar el Plan Fénix. 40 millones de dólares obtenidos entre un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y una suma aportada por el gobierno se destinarían a pulir la fachada aguatera.

Al año siguiente se recibió una oferta para invertir en los padrones de la estación. El interesado: Fernando Barboni, dueño de Glenby Sociedad Anónima. En 2001 le vendieron los dos padrones entre las estaciones de tren y se le otorgó por 30 años la concesión de la estación para ejecutar su plan de inversiones.

Entonces comenzó un tedioso proceso judicial. Por diversas causas, Barboni nunca tomó posesión del edificio, y por eso demandó al Estado uruguayo en 2013 por no entregar el inmueble en tiempo y forma. El inversor reclamó una suma de 1.000 millones de dólares, pero la Justicia falló a favor del Estado en primera instancia.

En segunda instancia, Barboni apeló y llevó el caso a la Suprema Corte de Justicia (SCJ). En 2015, la SCJ desestimó la demanda de la empresa Glenby y falló a favor del Estado uruguayo. En el medio, el empresario se negó a empezar el proyecto y quiso rescindir el contrato por incumplimientos en la entrega. El Estado lo contrademandó.

El juicio continúa mientras las paredes de la estación luchan por no caer. “No puede ser que un juicio entre un particular y el Estado impida a los uruguayos utilizar esto que es un bien de todos nosotros”, sostuvo Rossi tras la recorrida por el predio. Días antes, luego del Consejo de Ministros, el secretario de Estado había admitido desconocer en qué instancia se encuentra el litigio, y agregó: “No sé si hay una perspectiva de que este proceso judicial tenga un fin, pero creo que los uruguayos tenemos el derecho, y el gobierno la obligación, de procurar ese espacio tan valioso del país, recuperarlo y hacerlo útil”.

Ciudadanos recaudaron casi 15.000 firmas para restaurar servicio de pasajeros en la Estación Central

“Recuperación de la Estación Central de Trenes de Montevideo”. Así se titula la petición en change.org del Grupo de Pasajeros en defensa de la Estación Central para restaurar el servicio de trenes “tanto para el transporte de cargas como para el transporte de pasajeros”. Hasta el momento han juntado 14.345 firmas y la cifra va en aumento.

En la descripción de la petición se establece: “Ahora que la etapa uno del acuerdo Uruguay-UPM está firmada, ¿qué tal dedicar alguno de los 1.000 millones de dólares que se destinarán a infraestructura para poner a punto la Estación Central General Artigas de Montevideo?”.

El grupo de ciudadanos promueve la transformación de la estación en un centro intermodal de transporte para combinar entre trenes y ómnibus urbanos y “complementar el uso de la estación con oficinas, comercios, restaurantes, incluso viviendas y estudios”. Según informó Radio Nacional, rechazan firmemente la propuesta de las autoridades de establecer allí un centro cultural. “Es el momento oportuno para pensar en el bien común”, finaliza la petición.