Una montaña de discos merodea un tímido equipo de audio que Fernando Cabrera apenas recuerda que tiene, porque no es de escuchar música, y mucho menos la suya. Siempre que lanza un disco, durante los primeros meses le viene una especie de rechazo, porque se suele saturar del infinito proceso de grabación y mezcla. Estima que quizás escucha 800 veces cada detalle. Cada detalle: un platillo, la segunda guitarra, un coro; todo dividido, parte por parte. Trabaja en la ecualización horas y más horas. Después, escucha los temas enteros, miles de veces. Puede que exagere. O no. “Llega un momento en que la saturación es real, no lo digo por hacerme el vivo. No podés escucharlo porque te cansa. Pero después de unos meses, o quizás un año, sí, para ver cómo quedó, con otra cabeza. Suele ser bastante complicado porque a veces te arrepentís de algunas cosas”, confiesa.

Ahora vamos a escuchar juntos su más reciente disco. Antes de apretar play, Fernando sigue colgado describiendo los detalles que se encarga de mezclar. Explica con entusiasmo las sutilezas, como si la música fuera una obra de fina orfebrería. Por ejemplo, cómo regula los volúmenes de cada instrumento o sus ubicaciones en el paneo del estéreo y cómo ordena las frecuencias para que los instrumentos no se monten y se forme una bola. 432 empezó a sonar y bajamos el volumen, porque, más que escuchar, la idea es conversar.

1. “Malas y buenas”

“Es una canción política, porque se permite opinar”, dice Fernando sobre la que abre el disco, en la que mezcla su opinión sobre nuestra sociedad y su función como artista. Es un caleidoscopio temático en el que encontramos un color en cada estrofa, como suele pasar en las canciones del Cabrera de los últimos tiempos. Él dice que no busca ese arcoíris temático: simplemente le sale así, y lo deja.

“Llegó el experto de la emoción, / trajo su canción como emblema, / nos analiza con su rosario, / perlas de inútil poema”, canta en la primera estrofa. Algunos confundieron lo que quiso decir con esos versos, dice Fernando. En varias reseñas y críticas del disco leyó que él se autoproclama “experto de la emoción”, pero –aclara– no es tan arrogante como para pensar eso. “Tiene un poco de chiste. Me estoy refiriendo a mí mismo un poco burlonamente. Se ve que me equivoqué y no supe poner ese sarcasmo con claridad”, agrega. “Un compatriota dejó su vida / en la construcción de esta casa, / sólo le dimos las mismas quejas / en las buenas y en las malas”, canta en la quinta estrofa, que para el músico refleja la actitud “típica del uruguayo” de quejarse y no valorar lo hecho.

–Lo vi a mi alrededor infinitas veces en los últimos tiempos. Gente más joven que yo, de la generación siguiente o dos generaciones más, que parece no sopesar bien que el Uruguay de hoy, con todos sus defectos, está bastante mejor que el que me tocó vivir en mi juventud, y que muchas cosas mejoraron gracias al trabajo y el esfuerzo de muchos. Hemos hecho avances, y parece que nadie lo ve ni lo valora. Son todas quejas: “Este país de mierda”, dice hoy gente de 15 o incluso 30 o 35 años. Yo viví eso con la generación siguiente a la mía, a la salida de la dictadura, con toda la negritud aquella del punk uruguayo. ¿No se dieron cuenta de que, después de todo, les sacamos la dictadura de encima?.

2. “El trío Martín”

“Tío, no sabés lo que pasó”, le dijeron a Fernando sus dos sobrinos –hijos de su hermano Martín–, y le relataron anécdotas cotidianas, cosas que les pasaron en una plaza de deportes, en una piscina o cuando estaban en un baldío y se les vinieron encima unos perros. Esos relatos quedaron en algún recoveco de la mente de Cabrera, y más adelante, buscando escribir algo, resurgieron, pero al pasar por su lapicera se modificaron, volviéndose surrealistas. “Cuando los perros del miedo / atacan de la sombra, / sus dientes chocan y caen / queriendo ser agresivos, / son sólo mordiscos muertos”.

Mientras escucha la música, Cabrera explica que 432 es del mundo del pop-rock, más compacto que otros de sus trabajos y más cerca de sus primeros discos como solista, de la década de los 80, aunque no tan explícito, ya que confiesa que en aquel entonces quería que sus canciones fueran más rockeros, pero ahora, al igual que el arcoíris temático, simplemente le salen así.

–Es de esos temas raros que no sabes qué son. Tiene tres melodías distintas porque las letras eran, métricamente, tres bloques, y cuando le fui poniendo música también tuvo tres melodías distintas que luego uní. Ese es el trabajo musical que a veces no sabés cómo es, porque hay mucho de automático.

3. “Copando el corazón”

Hace dos años Fernando fue a un toque de Begoña Benedetti, una cantante no muy recordada que tuvo una efímera carrera en el segundo lustro de los 80 y editó un solo disco, Puentes (1989). En pleno espectáculo, el cantautor la escuchó interpretar un tema que le sonó conocido, porque, claro, era de él. Pero lo tenía totalmente olvidado en alguna parte de su cabeza. Lo había compuesto para la cantante hacía más de tres décadas. “Tengo que recuperar este tema”, pensó. Lo tenía tan olvidado que hasta le tuvo que pedir la letra a Benedetti. “Tiembla mi mano cuando te acaricia, / vibra mi boca cuando está con vos. / Duro, resbala el diente en tu mejilla, / tango, está difuso tu color”.

Al ser concebida hace tantos años, los recuerdos de su génesis son borrosos. De todos modos, Fernando no cree que la canción haya sido compuesta pensando en alguien concreto; más bien, la ve como un ejercicio de canción amorosa. Pero el que seguro es un amor con nombre y apellido es el que tiene por Astor Piazzolla, ya que la canción está impregnada por el aroma de su influencia desde el primer segundo, sobre todo por el fraseo de guitarra eléctrica, que parece de bandoneón. “Yo no sé en qué canción mía no hay algo tanguero, esto es como un rock-tango, no sé cómo llamarle”, acota. Sobre su gusto por Piazzolla –inmortalizado en “La balada de Astor Piazzolla”, incluida en el inconmensurable Fines (1993)– es más que contundente: “¿Querés que te muestre todos los vinilos que tengo de Piazzolla comprados en los 70?”.

4. “Oración”

“Me encanta, es una música alegre, pop, con una letra franca sobre el descubrimiento de un amor”, expresa Fernando, mientras escucha el tema y sostiene el librillo de su disco, donde de vez en cuando vicha sus letras. “Conocí a alguien con quien enamorar, / tiene dos almendras acostadas en la cara y además / su mirada me hace vientre el corazón”.

No tiene ningún atisbo de pudor al admitir que la música es “predecible” porque la hizo así a propósito, para que sea una canción alegre y fluya sin complicaciones. “Aunque después tiene complicaciones, porque todo lo que yo hago, lamentablemente, las tiene, en ciertos cortes o acordes”, acota. Pero existe un estereotipo que suele caer sobre la música de Cabrera y le pone la etiqueta de “triste”. El músico dice que eso lo escuchó toda su vida, y contesta sin vueltas cómo le cae: “Me rompe las pelotas”. Se dibuja una risa en su cara, y explica:

–Porque hay un porcentaje de mi repertorio, capaz que es 25%, que son canciones a las que no sé si llamarles tristes, que hablan de un amor perdido. Pero, no sé por qué misterio –tal vez sea por el gusto de la gente–, esas canciones son las que se convirtieron en las más conocidas: “La casa de al lado”, “El tiempo está después”, “Te abracé en la noche”, “Por ejemplo”; todas hablan más bien de amores rotos. Pero, ¿y el otro 80%? Hay una canción que habla de carreras de bicicletas...

5. “Medianoche”

Otra canción que ronda los 30 años y que también en su momento Cabrera la cedió a otra cantante. En este caso, a Laura Canoura, que la grabó para su disco Puedes oírme (1991). Es una especie de zamba dedicada a un caballo. El músico nunca tuvo campo, ni caballo ni nada que se le parezca, y es completamente urbano. ¿Por qué a un caballo, entonces? Con los años llegó a descubrir el origen del tema: una canción que lo acompaña desde la infancia y es la que más le pegó en su vida. “‘El Alazán’, que Atahualpa Yupanqui dedicó a uno de sus caballos, muerto luego de caer desde un barranco”. “Era una cinta de fuego, / galopando, galopando. / Crin revuelta en llamaradas, / mi alazán te estoy nombrando[...]. En el fondo del abismo, / ni una voz para nombrarlo. / Solito se fue muriendo / mi caballo, mi caballo”.

Fue así que a Cabrera se le ocurrió hacer un ejercicio de composición en clave Yupanqui, pero, como nunca tuvo caballo, pensando en uno mítico, como Pegaso, y también con otra canción folclórica en la mente, “El corralero”, que trata sobre un tipo que se niega a seguir la orden de su patrón y matar a un caballo que se había mancado. Fernando recita de memoria: “¿Cómo pretenden que yo, / que lo crié de potrillo, / clave en su pecho un cuchillo / porque el patrón lo ordenó? / Déjenlo nomás pastar, / no rechacen mi consejo, / que yo lo voy a enterrar / cuando se muera de viejo”.

6. “Pollera y blusa”

“Años y años intentando hacer una canción para mi madre”, cuenta Fernando cuando se le pregunta si es tan así eso que canta en la primera estrofa: “Escribí más de cien hojas, / allí están en el canasto, / intentaban la manera de decir, / las cosas que te quiero decir y no hay manera”. La madre del cantautor murió hace tres años y medio. Pero hace cerca de dos décadas que intentaba hacer una canción inspirada en ella, y nunca quedaba conforme. Hasta que un día, diez años atrás, la encontró. La noche que la estrenó en vivo, invitó a su madre para que la escuchara.

–A la semana siguiente le pregunté qué le había parecido. Yo estaba con la duda de si le había gustado o no. Era un homenaje que le hice con todo mi corazón, y su respuesta no fue clara, no me lo dijo con palabras, pero viste cuando notás... Puede pasar que cuando hablan de vos sientas que le erraron o que algo te incomoda. Entonces eliminé la canción, nunca más la canté y no la grabé en el disco de la época, Bardo [2006]. La saqué, no sólo por respeto a la opinión de mi madre sino también porque me quedé un poco frustrado. Pero la canción me gustaba, la hice con toda mi capacidad, entrega y entusiasmo; entonces, para este último disco la recuperé y la grabé.

La letra de la canción tiene ciertas vueltas conceptuales o zonas opacas que son típicas de Cabrera, pero no siempre. El músico explica que cuando canta “ahora estoy en una casa, / la penúltima que habito”, se refiere lisa y llanamente a que quizás se mude una vez más, pero varios interpretaron que la última casa es la muerte. A veces los tristes son los demás. En otro verso invierte el ciclo vital: “Madre, eres mi heredera”. Ahí vuelve su obsesión con el tiempo, que está después y no hay antes ni luego ni tal vez. Cabrera reflexiona: “Igual, las cosas van a quedar en ese mundo extraño que es la eternidad, donde todos los tiempos se mezclan”.

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7. “De las contradicciones”

“La patria se hizo a caballo, / me enseñaron en la escuela, / y está apretada en los bancos / y el campo es pura tapera. / Me dicen que soy de afuera / porque soy del interior, / si la patria es una sola, / ¿por qué la parten en dos?”.

Si bien Cabrera ha grabado discos enteros versionando a otros músicos, como Canciones propias (2010) y Fernando Cabrera canta Mateo y Darnauchans (2015), es la primera vez que incluye un tema ajeno en un disco de composiciones originales. Y es más raro todavía que versione a unos colegas que son “relativamente diferentes”, dice. “Porque yo tengo cercanía estética con [Eduardo] Darnauchans o [Jorge] Galemire;es más, aprendí y tomé de ellos, pero con Larbanois & Carrero no tengo tanta cercanía. Son amigos y colegas de 40 años, pero su música no dialoga tanto con la mía”, sostiene el músico.

La canción la había grabado originalmente hace unos cuatro años, para un disco que iban a realizar varios artistas como homenaje a Larbanois & Carrero, pero que al final nunca vio la luz. Eligió “De las contradicciones” porque le gustó la música, una “milonga alegre, de acordes mayores”, que además es un género que le gusta mucho y con el que se siente cómodo desde siempre. En cuanto a la letra, incluir el tema le pareció un desafío porque no es de su estilo, y pensó que quizás a su público le podría parecer extraña. “Toca un tema que me interesa mucho, que es el divorcio de lo rural y lo urbano, la ciudad y el campo, un problema que tienen Uruguay y muchos países del mundo. El ciudadano y el campesino son diferentes y viven en mundos diferentes, eso es una realidad. En Uruguay sucede eso a pesar de que es pequeño y de que somos todos iguales”, reflexiona Cabrera.

Cuando se le pregunta si Larbanois & Carrero escucharon su versión de la canción, contesta: “Yo les avisé, pero nunca me dijeron nada; son como mi vieja”. Larga una carcajada.

8. “Llegó el candombe”

Fernando no parece ser consciente de que en su música hay detalles –formas de acentuar notas en la guitarra, de cantar, recursos poéticos, etcétera– que se pueden denominar cabrerismos y hacen que su obra sea reconocible al medio segundo. Esto se nota, por ejemplo, en su encare de la milonga –minimalista, bosquejada, sugerente por trazos– “Llegó el candombe”, que no es un candombe porque no habla del género sino de un personaje. Son esas rarezas que sólo se le ocurren a Cabrera. Es decir, cabrerismos.

“Llegó el candombe, / vino apurado del carnaval. / Llegó el candombe, señores, /cansado del carnaval. / Llegó el candombe, distraído del carnaval,/ salió el candombe, percutido del carnaval”.

9. “Cancionero”

“Darnauchans y Lazaroff, / Dino, Drexler, Leo Maslíah, / Galemire, Olivera, / Rubén Rada,/ Jaime Roos, / Mauri Ubal, / Mariana Ingold...”.

Otra que viene desde hace tiempo, como 20 años, porque el músico no se había animado a grabarla en discos anteriores por pensar que podía ser polémica, dado que es una canción en la que nombra a un compendio de cantautores y alguien le podía decir que falta este o sobra aquel. Describe la música como “tradicional europea”, algo infantil, y confiesa que le fue muy difícil hacer rimar apellidos, por eso le quedaron muchos músicos afuera que él hubiera querido incluir, como Osiris Rodríguez Castillos.

“Pepe Guerra, / Carbajal, / Fattoruso, / Braulio López, / Rubén Lena, Víctor Lima, / Viglietti el fogón anima, / Zitarrosa y al final / Mateo cantando encima / de su música abismal”.

Con muchos de estos músicos Cabrera no sólo compartió escenario sino que llegó a editar discos en vivo (como fue el caso de Darnauchans y ni que hablar de Eduardo Mateo), pero resulta extraño que haya tenido poco roce con otro pope de la música nuestra como Jaime Roos, más allá de la participación de ambos en “Detrás del miedo”, de Laura Canoura.

–Si te ponés a pensar, ningún otro cantautor tuvo colaboraciones con Jaime Roos, salvo los letristas que eligió para toda su carrera, como el Flaco Raúl [Castro] o [Mauricio] Rosencof, pero después, los que tocan con él son instrumentistas; entonces, ¿qué voy a hacer yo con Jaime Roos? Aparte, la música de él es muy épica, de batallas, imperativa –en el buen sentido–, y yo no soy imperativo, no es mi estilo; soy más de sugerir. Pero también hay una cuestión de afinidades humanas. He sido amigo de Darnauchans, Galemire, Lazaroff; de todo el mundo. De repente de él no tanto, pero por ninguna razón en especial.

10. “El maldito amor”

29 segundos. La canción más corta del disco. “¿Y qué vas a repetir?”, pregunta Fernando. La canta a capela, lo que resulta un desafío porque la melodía de la solitaria voz debe mantenerse sin instrumentos, sin ritmo, sin nada. “Es como una canción infantil que toca un tema siniestro, ese es el chiste”, explica. “Eran felices, independientes, / alegres, él y ella, / eran enteros, inteligentes, / joviales, ella y él. / Qué les pasó, / se presentó el maldito amor, / el maldito error los imantó. / Y comenzó su labor / de desunión y neurosis, / maduró el fruto / del maldito amor”.

11. “Alarma”

Otra vez lo tanguero, el espíritu de Piazzolla, pero más solapado, porque es un tema acústico sin acompañamiento, con una nota pedal que se repite en forma obsesiva, como el estribillo alarmante que corta versos. Junto con Martín Buscaglia, Cabrera habla de la inseguridad, pero no tanto de esa con la que nos apuntan en los informativos.

–Hablo de cómo la tecnología cobra una marcha propia que ya nadie regula ni controla, y es un permanente avance sin preguntarse si es tan necesario que un aparatito venga con una mejora. No es ni más ni menos que toda esa cadena del capitalismo. Pero eso es lo que está provocando cada vez más desocupación, y la desocupación es un paso a irte a vivir a un asentamiento, y a la pérdida de los valores. Pasa una generación y ya son todos chorros. Además, hay cada vez menos puestos de trabajo donde está la gente que tiene más limitaciones de formación, por eso es mentira ese latiguillo empresarial y capitalista que dice: “Que se reciclen, que estudien otra cosa”. El tipo que no terminó ni el liceo, ¿de qué se va a reciclar? Si echan al que trabaja cargando bolsas en un supermercado o echando nafta en una estación, ¿qué va a hacer? Entonces yo le pregunto a la tecnología: vos, que sos tan genia e increíble, ¿por qué no inventás la solución para la pérdida de trabajo?

12. “Otra dirección”

“Quedó linda esta”, dice Fernando mientras suena la canción que cierra el disco, que empieza con una percusión que parece sacada de un rito en medio de la selva. El tema versa sobre un tipo que se muda y no puede llevarse algo que quiere mucho, un árbol. “Fuerte abrazo mi árbol, lo dejo de pie, / ruego no te falte riego, semilla que amé”. Esta no es la primera vez que el músico aborda el tema de cambiar de casa. En Viveza (2002) estaba “Mudanza” –cantada junto con Darnauchans–, aunque con otro enfoque, ya que trata de un niño que se sorprende del traslado porque nadie le avisó.

Fernando Cabrera se mudó muchas veces en su vida. En este apartamento, en el que terminamos de escuchar su disco, vive hace una década. Antes anduvo por Soriano y Florida. Y mucho antes, en muchos otros barrios más. Desde que nació, a fines de 1956, hasta los 17 años, vivió en la misma casa, en la calle Molinos de Raffo 432.

Con nombre de mujer

432 es el disco más corto de toda la carrera de Cabrera, pero ocurre que dos canciones grabadas quedaron afuera: “No recuerdo” y “Dani”. El cantautor decidió no incluirlas porque le parecía que no dialogaban bien con el resto del disco, que sin ellas ganaba en contundencia. “Dani” es una canción de amor, que se podría pensar inspirada en una tal Daniela, pero Cabrera explica que si bien existió la persona, el nombre está modificado. Esto nos lleva a caer en la cuenta de que son pocas las canciones de su autoría que tienen nombre propio femenino. Es más, sobra una mano para contarlas.

En el disco que editó con su primer grupo, MonTRESvideo (1981), estaba “María Elena”, dedicada a su abuela. En Río (1995) apareció “Virginia”, una oda a aquella que dirige el viento con su pelo y los molinos se quejan. “Virginia es un invento, no es nadie”, confiesa Cabrera, sin miedo a romper el encanto. Porque, se sabe, cuando no es ninguna, son todas. En cambio, la historia de “Lisa se casó”, de Viveza (2002) es totalmente real, aunque no quiso usar el nombre verdadero. “Lisa se casó, ayer o anteayer, / ella es buena y me invitó. / Trataré de reunir el aliento suficiente, / ya se disparó el sí de su voz”.