La refinada estética de los hijos de puta

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Bien utilizado, el despojo de la cúpula esquelética del teatro Victoria, vestigio de su antigua majestuosidad, termina siendo arrogante. En su último estreno, _La refinada estética de los hijos de puta_, Jimena Márquez hace buen uso de ese espacio y, sobre todo, se saca provecho sin que este se imponga. El título de la obra, digámoslo, la ponía en ese aprieto. La luz acaramelada al ingresar,...
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Bien utilizado, el despojo de la cúpula esquelética del teatro Victoria, vestigio de su antigua majestuosidad, termina siendo arrogante. En su último estreno, La refinada estética de los hijos de puta, Jimena Márquez hace buen uso de ese espacio y, sobre todo, se saca provecho sin que este se imponga. El título de la obra, digámoslo, la ponía en ese aprieto.

La luz acaramelada al ingresar, celulares ya silenciados, la obra está en marcha, suenan los Animals con “The House of the Rising Sun”. Entramos por lo que suponemos vestuarios: hay gente duchándose, una familia tipo, pero como si fuese un equipo preparándose para casi todo, menos el espíritu deportivo. Una sinopsis los agrupaba por la frialdad del trato y es eso mismo, pero lleno de detalles, porque Márquez tiene una tendencia a zurcir sus enunciados, el pensamiento formal de sus personajes. Es una marca y sigue encontrándole declinaciones.

Delante de los aseos –considerando el punto de vista de la platea– está el comedor. Si la joggineta, como decimos ahora, por contagio gracioso, en su versión prolija y combinada, es funcional a la historia, lo mismo pasa con la escenografía bicolor, amarillo y celeste, con un árbol de Navidad a la izquierda y un helecho a la derecha, y también con un teléfono de disco que será manoseado por padre y madre. Cambiar los muebles de lugar puede ser un modo distinto de encarar la cotidianidad, el cambio más radical que asumen en ese clan, así que este esquema espacial se altera en un acto determinado.

Márquez establece un orden, esto es, una forma de razonar que puede rastrearse en piezas anteriores, como Lítost, la frustración (que acaba de llevar, la semana que pasó, al Festival de Bahía, que tuvo a Uruguay como país invitado). Ciertos rasgos coreográficos, en menor medida ahora, y la observación que acostumbra del lenguaje (Márquez es egresada en Literatura del Instituto de Profesores Artigas) saltan como señales de estilo. Luego vienen los arquetipos. También en esta pieza el hermano es el problemático del núcleo, a pesar de que cada uno presenta a su modo una inusual conciencia de sí. La hermana maníaca se replica, y en su hablar ya habitaba el verso que Márquez cultivaría completamente en La sospechosa puntualidad de la casualidad, el musical poético de cuatro emplumados solitarios confinados en una pajarera (Comedia Nacional, 2017).

Hay en Lítost… como en La refinada estética… un suceso desencadenante: la tijera voladora, un pionono quebrado. Una hermana colecciona palabras que no tengan traducción en otro idioma para “ahuyentar la nube de su cabecita” y practica la bondad para espantar la culpa, a diferencia de esta hermana, que no tiene remordimientos y a quien todos creen de lo más amable porque no pueden compatibilizar la falla, la condena, con la mala intención. La incomunicación está en las dos obras, por exceso o por falta. Aquel hermano enmudecía y bailaba, este se encierra, y de nuevo el egoísmo parental queda patente. En el primer espectáculo los vestidos operaban como juegos ópticos, en este, la combinación de colores aplana la situación visual, sintetiza.

La refinada estética de los hijos de puta refiere, entre otros asuntos, a “la importancia de un rostro” como herramienta social, y los protagonistas aluden a su “estética” personal o dicen “esta historia es sobre mí” o “esta historia es sobre nosotros”. Ese es el procedimiento, y lo atraviesan maquinales o crispados. La hija dice aceleradamente todo lo que hará o haría, pero no ejecuta las acciones; el padre se dedica a hacer bromas pesadas, vive de eso y no puede parar; la madre se desborda por mezquina; el hijo tiene una veta en la programación pero no le queda otra que asistir a su padre en el desarrollo de sus bromas, con las que mantienen la casa. La trampa como sostén del hogar. Hay ira apenas contenida y una elegancia rítmica, otro sello de la dupla Jimena Márquez-Jimena Vázquez, que igual escribe para los humoristas Cyranos como extiende la dramaturgia que juega con el lenguaje y con la inquisitoria interminable, la broma infinita, cómo nos condicionan las formas.

Ficha

La refinada estética de los hijos de puta, con texto y dirección de Jimena Márquez. Teatro Victoria (Río Negro 1477), sábados a las 21.00, domingos a las 19.00. Con Marisa Bentancur, Coco Rivero, Jimena Vázquez y Pablo Colacce. Entradas en venta en boletería a partir de las 18.00, reservas al 2901 9971. Precio general: $ 350 (2x1 para Comunidad la diaria).
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