No todos tenemos la disposición o la oportunidad de andar mirando hacia arriba. Pero cuando lo hacemos, es raro que no descubramos algo diferente. En su nuevo libro –una singularidad dentro de su carrera como narrador y dramaturgo–, Carlos Rehermann aborda a la ciudad desde la fotografía. O principalmente desde ella, ya que el libro está precedido de un estudio que conecta con su faceta ensayística. Lo que resulta absolutamente novedoso es el tema: las inscripciones en los edificios de Montevideo.

¿El objeto de su mirada? Inscripciones en piedra y metal, realizadas desde finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, en diversas construcciones. Bancos, instituciones públicas, sí, pero también otros lugares menos previsibles, como el Velódromo Municipal, pequeñas subestaciones de UTE, varios comercios menores, fábricas activas y compañías extintas, como la Montevideo Waterworks Co.

La idea de un libro así surgió hace tres años, cuando Rehermann tomó una foto por puro gusto: la fachada de la Sociedad Cristóbal Colón, seccional Paso Molino. A ella se le unió el recuerdo de uno de sus libros preferidos, El diseño gráfico en la arquitectura, de Jock Kinneir (1917-1994), el tipógrafo que hizo, junto con Margaret Culvert, gran parte de la señalética de las rutas británicas. Comenzó a considerar la idea de que en la intersección entre tipografía y arquitectura montevideana había algo a registrar, a preservar, a publicar, cuando tiempo después comprobó que la escultura que coronaba aquel edificio de Paso Molino había perdido la cabeza. “El edificio Pablo Ferrando de Avenida Italia desapareció dentro de dos panes de Burger King, por ejemplo. Había que hacer una especie de rescate patrimonial, aunque no creo mucho en eso”, dice Rehermann.

Tenía un inconveniente: “Me interesa y tengo un conocimiento libresco, teórico y filosófico de la fotografía, pero no tengo ojo de fotógrafo. Mis fotos son correctas, pero no soy fotógrafo. Alguien, de todos modos, tenía que tomar estas fotos”.

El producto, entonces, no es un libro de fotografía. Al menos, no para su autor: “Me gusta porque muestra unos objetos bellos: diseño gráfico aplicado a la arquitectura con nobleza y artesanía de calidad. Es un libro con fotografías de diseños tipográficos arquitectónicos. Son fotos de buena calidad técnica, al servicio de la mostración de objetos tipográficos”.

En la introducción del libro, Rehermann –columnista de la revista Posdata en los 90, conductor de diversos ciclos culturales en radio y tevé, impulsor del sello H Editores, entre otras actividades– reflexiona sobre la historia y el futuro de esas inscripciones, sobre esa materialidad extrema de la escritura que llamó su atención.

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“La idea es que quien no conoce la historia de la tipografía pueda, a través de ese artículo, tener una introducción. Soy un aficionado al diseño gráfico, y entiendo bastante pero no soy un diseñador ni un experto. Sin embargo, puedo dialogar con un diseñador, y puedo hacer un puente entre el diseñador y el lego. La escritura es algo muy raro, que los lingüistas aún no logran explicar completamente. Me refiero a la plasmación gráfica del lenguaje verbal.

“Mi problema era que o sacaba el edificio completo y el cartel, en dos tomas, o sólo el cartel. Elegí casi siempre el detalle, porque si no el libro era el doble de largo. Son fotos grandes, archivos RAW de alta calidad, con la idea de que permanezcan como registro del detalle”. Letra en la piedra: inscripciones en arquitectura montevideana cuesta $ 790, fue publicado por Loca Edición y contó con el apoyo de los Fondos Concursables para la Cultura del Ministerio de Educación y Cultura, que lo seleccionó como proyecto el año pasado.

En un edificio, las letras y las palabras no son apenas vehículos de un mensaje. Hay una dimensión visual que trasciende el mensaje del lenguaje verbal, y que no se limita a los valores de composición visual”. La preocupación de Rehermann por la sintonía –y por su falta– entre el mensaje que comunican las inscripciones y su resolución gráfica es, efectivamente, un pequeño tratado sobre tipografía aplicada que, para el simple interesado, resulta atractivo y esclarecedor. Además, el texto introductorio esboza una clasificación y una historia de los materiales y estilos de los que se dispuso a la hora de ejecutar la “frases” en las las fachadas.

“Hay un misterio en la tipografía, en el diseño de letras, que resplandece en el diseño gráfico aplicado a la arquitectura, y que los carteles efímeros no logran aprehender en su totalidad, por la caducidad de los mensajes que transmiten. Con carteles efímeros me refiero a la cartelería de plástico, los ploteos en lona, tan fáciles de hacer y de reemplazar hoy. La pobreza aparente de las inscripciones en las fachadas de otra época en realidad respondía a una gran prudencia en vista de su longevidad”, dice Rehermann. Esa tensión entre belleza y fealdad atraviesa al libro: “Los edificios en los que hay inscripciones tienen vocación de permanencia. Dicen poco en palabras: sus nombres, sus ideales a veces, la profesión de sus habitantes. Lo de la belleza me parece que trasciende un poco los valores formales. El cartel de Introzzi, por ejemplo, es asimétrico, desparejo, dificultoso, pero tiene una reciedumbre que ha resistido el paso del tiempo con una integridad que da para pensar, y si se mira con atención, tiene unos parentescos inocentes con tipografías de la más rancia nobleza. Ese es nuestro pasado: inocente, confiado en la virtud de la permanencia y la fortaleza. Hay belleza allí, aunque sean feos”.

Muchas de esas observaciones se traducen en pies de páginas o leyendas de fotos. Allí aparecen como comentarios humorísticos, ingeniosos, descentrados; en todo caso, como opiniones más rotundas que las del texto introductorio. De la inscripción del Mercado Modelo, por ejemplo, escribe: “Además de ser un misterio de siglas que sólo un iniciado puede descifrar, adolece de una desproporción tan gigantesca como el edificio en el que se apoya”. O del estilo de la fachada de la Asociación Uruguaya de Fútbol –tan cuestionada en estas semanas–, comenta que “emerge una función expresiva que busca mostrar la fortaleza de la institución, que se manifiesta también en el estilo de búnker del edificio”. Debe haber sido divertido escribir esos comentarios: “Sigo a Kinneir en eso. Los pies de fotos a veces aclaran algunas cosas, y en otros casos son apenas informativos. Y sí, a veces tengo pérdidas de ácido”, admite Rehermann.

También en esos textos breves hay lugar para el destaque de buenas soluciones, de conjuntos armónicos. “Sí, claro. Cuando alguien se toma tanto trabajo para escribir quién es o a qué aspira o cuándo terminó la obra, casi siempre, por más modesto que sea el resultado, queda inscripta también cierta nobleza de su intención de permanecer. En general me da alegría mirar esas inscripciones. Sinceramente, admiro casi todas”.

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Los edificios rescatados, y sus inscripciones, fueron construidos entre 1870 y 1930. Rehermann niega haber hecho una investigación histórica. “Una de las dificultades es la ausencia de información acerca de muchas de las obras que tienen inscripciones, porque no están siempre en obras importantes desde el punto de vista del diseño arquitectónico, ni siquiera de buenos edificios. De manera que hay poca información acerca de muchas de ellas. Pero el período en el que parece haber mayor abundancia es ese. En esos años, me parece, algunas fundiciones empezaron a vender letras estándar, y eso facilitó el trabajo de hacer inscripciones. En los 40 y 50 se construyeron muchos edificios públicos y todos tienen esas letras de bronce que luego se hicieron muy comunes, con la proliferación de edificios de apartamentos, luego de la ley de propiedad horizontal. En este libro están casi todas las inscripciones permanentes en fachada de Montevideo, pero para una investigación a fondo se requiere mucha gente y tiempo”.

En todo caso, es buen punto de partida para trabajos futuros, pero ya mismo, es la invitación a otra ciudad que se proyecta sobre la habitual.

Óptica

Arquitecto por formación, comunicador, Rehermann ha abordado en varias de sus columnas aspectos de la cultura relacionados con las artes visuales. También en dos de sus novelas (por lo menos) el tema visual tiene un lugar destacado. En El robo del cero Warthon (1995) el mundo de la pintura ambienta un relato policial. En 180 (2010) el trastorno de visión invertida es el pie para la ficción. “Al tercer día despertó en un nuevo mundo, en el que el paisaje estaba bien pero su propio cuerpo estaba invertido. Pasados cuatro o cinco días más, también su cuerpo se adaptó, se enderezó. De todas maneras, los sonidos se comportaban de manera extraña. Si veía un vaso caer y romperse con un estallido contra el piso, sonido e imagen iban juntos; pero si no tenía acceso visual al objeto, el sonido parecía provenir del sitio opuesto de la habitación”, dice Rehermann en un artículo en el que explica de dónde partió la idea de la novela –de la lectura sobre un experimento con anteojos que invierten la visión– y cómo luego, a partir de la novela, escribió la obra de teatro Recto/Verso.