Hay una centena de preciosas despedidas de murgas que cuentan una historia, más o menos parecida: la de un sujeto conmovido por una especie de embrujo, o milagro, que retorna eternamente en el mes de febrero para transformar las rutinas y los lugares de una ciudad con los mismos artilugios con los que nuestra mente fabrica un sueño de amor. Un ómnibus se vuelve una nave espacial multicolor, un conjunto de tablas de madera rústica cobran vida para hacer música, un café adquiere propiedades que exceden largamente su poder psicoactivo.

Poco creíble, improbable, pero, desde hace décadas, letristas de murgas, vendedores de choripanes y cervezas ofrecen sus productos sin ninguna vergüenza, con esa promesa de ilusión, la que provoca una supuesta magia del carnaval uruguayo.

Reconozco haber creído y descreído de ella. Con algo de fe, sin saber exactamente de qué se trataba; ahora a la distancia, la podría reconocer en el trazo esmerado con que se anunciaba en los pizarrones del tablado del club Goes a uno de sus conjuntos preferidos: parodistas Los Gaby´s.

Como estudioso del tema, iría algo más lejos y me animaría a confirmar la efectividad de ciertos trucos, y, por tanto, la existencia de algunos magos que han heredado ese conocimiento de generación en generación.

Aldo Martínez es uno de ellos. Como casi cada año desde 1982 sale en carnaval en grupos de parodistas y humoristas. En este 2019 lo hace nuevamente junto con el grupo de parodistas Los Nazarenos, del cual es figura y actor principal y también integrante de su equipo técnico, responsable de la puesta escena.

La elaboración del truco es compleja y comienza de forma muy temprana, mucho antes de subir a un escenario.

El más completo

Como en cada jornada, con los rayos del sol todavía intensos y pegados a las antiguas baldosas de la cantina semivacía del club Albatros, Aldo es el primero en llegar al ensayo con su elegante ropa deportiva.

El miércoles previo a su segunda pasada por el Teatro de Verano, el mítico conjunto de Miguel Villalba y su equipo técnico se reunió para ver el video de su primera y destacada presentación en el Ramón Collazo y para ajustar detalles: “Yo ya me lo vi antes y traigo cosas anotadas”, dice Aldo, sobre uno de los secretos de su trabajo. A la mañana siguiente de la actuación del grupo, busca el registro y lo estudia en soledad en el living de su casa durante horas.

“Es que yo miro a todos los conjuntos. Viste la típica que te dicen ‘Ah, justo no vi a tal o cual’, yo al contrario, me encanta. Primero porque me gusta disfrutar de los espectáculos; a los colegas los conozco a casi a todos de haber trabajado con ellos, hay grandes actores, pero también, después, pongo ojo crítico porque esto es una competencia. Te fijás y analizás: aquellos están bien, qué linda presentación de ese grupo, estos están mejor que nosotros en tal rubro, nosotros estamos mejores en otro. Es como cuando vas a jugar un partido de fútbol: si vas a jugar contra el Real Madrid, lo primero que hacés es mirar el video del rival, acá también”.

Su pasión por el carnaval –especialmente por la categoría parodistas– y el estudio de sus protagonistas comienza en su infancia en el barrio de Belvedere: “Me crié ahí en la calle Julián Laguna cerca del tablado del Liverpool [Fútbol Club]. Cuando empezaba carnaval iba todas las noches. Recuerdo los ensayos de Araca la Cana y La Soberana, que ensayaban cerca de casa, y después todas las noches al Liverpool. De chico, con ocho, nueve años, miraba todo, pero me empezó a fascinar el parodismo. Ahí empecé a prestarle atención a Miguel Pendota Meneses, a Mario Fozzatti; siempre me gustaron Los Gaby´s y Los Klapers”.

El primer conjunto que integró fue Los Charoles: “Salimos quintos, pero para mí era como tocar el cielo con las manos”, y luego vinieron Los Walker´s, Los Gaby´s, Los Favios, Caras y Caretas, Momosapiens, Teenagers, Los Klaby´s, Valentinos, Dundee´s, Zíngaros, Los Muchachos y Nazarenos. Su participación en las categorías de parodistas y humoristas está acompañada de una lista interminable de premios y reconocimientos a sus distintas labores, que van desde figura del desfile, mención a la mejor puesta en escena como parodistas, mejor figura de humoristas, mejor figura de parodistas, figura máxima del carnaval y figura de oro del carnaval.

Los programas radiales que cubren las aventuras del carnaval más largo del mundo lo presentan habitualmente como “el parodista más completo”, por su notable capacidad para el baile, la actuación y el canto. Sin embargo, el Aldo Martínez de esta década brilla, sobre todo, por su dominio de la escena y su histrionismo, festejado y esperado por una gran cantidad de seguidores y seguidoras que lo acompañan independientemente del conjunto con el que suba al escenario en cada carnaval.

Aldo Martínez
Aldo Martínez

Sobre su formación actoral, vuelve a su niñez y a un método que no ha abandonado: “Aprendí mirando. Capaz es un don que te da la vida, que se va despertando de a poco, pero que hay que alimentarlo. Yo fui aprendiendo de todos los grandes, los miraba de abajo y después terminé saliendo con casi todos. Mi gran referente siempre fue Pendota Meneses, a él le preguntaba muchas cosas. Con todos los técnicos que me tocó trabajar aprendí de baile, de canto, de actuación, de por qué se entra a escena de un lado y no del otro, los secretos de lo que nosotros llamamos distracciones a la hora de armar una escena. Con Pendota, por ejemplo, aprendí cómo manejar las pausas, tanto en los momentos de comedia como en los dramáticos. Cuando hicimos la parodia de Evita (parodistas Valentinos, 1997) él hacía de Perón y yo de Evita, y en la escena final estábamos los dos recreando el mítico discurso de Evita, entonces él con una mano atrás me decía, por ejemplo: ‘Cuando yo te toque dos veces, ahí parás un poquito; cuando te vuelva a tocar, seguís’. Y eso se me grabó. Igual que cómo manejar el aplauso de la gente: uno está concursando y el reloj sigue corriendo, pero tenés que saber controlarlo por el bien del espectáculo”.

Omar y Coco

Este carnaval Los Nazarenos presentan un espectáculo con dos parodias y un concepto compartido por ambas: la película de fantasía Coco (2017), en la que Aldo interpreta a varios personajes, entre ellos a la propia abuela Coco, y la vida de Omar Gutiérrez, parodia que ha recibido desde su estreno excelentes críticas tanto del público como de la prensa especializada, particularmente, por la actuación de Aldo en el papel del célebre periodista maragato.

“Primero que nada, pensé: ‘Qué responsabilidad para el grupo’”, dice sobre el desafío que le significó esta interpretación. “Hacía poco de su fallecimiento, había que investigar mucho, estaba la familia de por medio, que por suerte nos dio el visto bueno. Ni bien supe que íbamos a hacer esa parodia empecé a elaborar el personaje. Yo siempre aclaro que nunca imito, sí me considero un recreador, intento recrear con la mayor fidelidad al personaje, y para eso en lo primero que me apoyo es en los movimientos corporales, la forma de caminar, para lograr físicamente una cierta similitud; y luego me apoyo en la voz, busco darle una entonación parecida. Yo nunca pienso si me va a salir bien o mal. Me dan el personaje, Omar Gutiérrez, y digo ‘Sí, dale, vamo’ arriba’”.

“Me ayudaron mucho sus dichos y el cantito con el que los decía, y ni que hablar todos sus gestos, la forma ampulosa de moverse, de tomar el micrófono; miré un montón de sus videos, además yo tenía otra amistad con él independiente de lo profesional, nos sentamos montón de veces a conversar, eso fue muy importante para la recreación. Los textos de la parodia, lo tengo que decir, están muy bien escritos y muy bien pensados para alguien como Omar. Yo le puse todo el corazón, el cariño, y estoy feliz por la buena repercusión que viene teniendo el espectáculo”.

Un secreto

Con todos sus trofeos y trajes bañados en brillantina, Aldo se define antes que nada como un laburante, que luego de terminar el liceo tuvo que dejar trunco su anhelo de convertirse en veterinario y se puso a trabajar en una fábrica de lentes, una curtiembre, un supermercado, una juguetería (Los Reyes Magos) y también hizo un curso para adiestrar ovejeros alemanes.

Se reconoce, al igual que su padre, muy lector (fanático de las novelas de Agatha Christie) e interesado en una infinidad de temas que van desde la historia, la política, el cine y una de sus pasiones actuales: la cocina.

Durante el año, además de su trabajo para carnaval, recorre el país con su orquesta de música tropical. Le encantaría hacer más teatro y cine: “No se ha dado, pero uno nunca sabe”, expresa, mientras espera la oportunidad.

Aldo cree que la magia del carnaval se encuentra en los tablados, de los que llegó a hacer hasta 200 en un febrero de los 80, década de oro para la categoría parodistas: “El tablado es la esencia, el carnaval es el barrio; no tengo un tablado preferido, para mí están todos lindos, ahí es donde te das cuenta que somos todos laburantes y que a algunos nos toca vestirnos de artistas de carnaval durante cuarenta días”.

Dice que el secreto para lograr una buena parodia está “en los textos –aunque el tema que se elige para parodiar también es muy importante– y sobre todo en cómo combinás los elementos paródicos con la historia que estás contando. Cada conjunto tiene su estilo diferente. Tenés que llegar con el humor, pero también tenés que llegar con un mensaje. No va el ‘acá tenemos que hacer reír’ y metés un chiste agarrado de los pelos. Tenés que hacer reír pero sin dejar de contar la historia. Después, es muy importante que el letrista sepa para quién está escribiendo, porque cada parodista tiene su estilo. No es lo mismo escribir para Horacio [Rubino] o [Pedro] Cacho Denis, que para Pendota; el humor que maneja cada uno es diferente. Y no hay nada si no trabajás en equipo, la individual no define”.

Su secreto, su magia, su talento, consisten en la capacidad de construir, con solo un gesto, ese instante mínimo en el que el tiempo parece detenerse en un lugar que son muchos a la vez: infancia, adultez, y adolescencia, y donde logramos percibir algún tipo particular y extraño de belleza.

Una noche calurosa de viernes, Aldo tiene puesta una camisa remangada y unos lentes muy gruesos del propio Omar Gutiérrez. Con serenidad, aguarda para subir al tablado del club Malvín acodado a una pequeña escalera mientras observa a sus compañeros, que bailan frenéticos y ansiosos ante una platea de niños, jóvenes, abuelas, parejas de cincuentones y abuelas que, echados para atrás en sillas blancas de plástico y provistos de churros y grandes vasos de bebida, esperan como cada noche que el milagro por fin suceda.