Eran las 23.20 cuando comenzaron a sonar las alarmas y se encendieron todas las luces del tablero. Los empleados de guardia no sabían qué hacer en medio del ruido ensordecedor. Las decisiones a tomarse en las siguientes horas podían ser la diferencia entre la calma o la destrucción total.

La siguiente escena perfectamente pudo ocurrir en las oficinas de HBO el domingo 19 de mayo, justo cuando terminó de emitirse el episodio final de Game of Thrones. La cadena, que funciona por suscripción o en paquetes premium, se quedaba sin su gallina de los huevos de oro. Y algunos vaticinaron una disminución importante en su caudal de seguidores, que son quienes alimentan a la máquina de hacer eso que no es televisión (es HBO).

Claro que existía un plan, que no consistía en tirar arena y boro sobre el fuego para apagarlo. Consciente de que el “enemigo” es Netflix y de que los usuarios están obnubilados por la cantidad de productos que ofrece (que no siempre se condice con la calidad), anunciaron hace unos meses lo que posiblemente sea la mayor cantidad de estrenos en un solo año. HBO se adaptaba a los tiempos que corren y eso le permitió evitar la tragedia luego del fatídico 19 de mayo.

De hecho, la solución se había estrenado un par de semanas antes, el 6 de mayo (en Estados Unidos). Pero hasta que no se apagó el último cadáver calcinado de King’s Landing, los seguidores de HBO no se habían hecho la pregunta del millón: y ahora ¿quién podrá entretenernos?

Fama explosiva

La atención viró en ese instante hacia la antigua República Socialista Soviética de Ucrania, que en 1986 fue generadora del hecho noticioso más importante del planeta, por más que en su momento se intentara reforzar la cortina de hierro para que no se diera a conocer.

En la madrugada del 26 de abril de ese año explotó el núcleo del reactor N° 4 de la planta nuclear de Chernóbil, y a partir de ese momento se desarrolló una carrera contra el tiempo para contener los daños, que podrían haber sido catastróficos a nivel global. Lo que pudimos ver durante los últimos cinco viernes fue una versión ficcionada de aquellos hechos, que por su buena factura y porque nos devuelve a un episodio que existe en nuestro inconsciente colectivo nos mantuvo en vilo como si estuviéramos trabajando en el panel de control.

Volviendo una vez más a las comparaciones con Game of Thrones, si la gente reunida en bares sufrió como condenada los pormenores de la batalla final entre los Caminantes Blancos y nuestros pícaros bandidos de Westeros, el primer episodio de la miniserie es aun más frenético y tiene cosas muchísimo más reales en juego, como la supervivencia de nuestra especie.

Titulado “1:23:45” por la hora exacta de la explosión, se compone de 59 minutos que comienzan cuando todo lo que podía haber salido mal lo hace, y la central nuclear más famosa del mundo (al menos hasta Fukushima) se convierte en una sinfonía de alarmas, mientras cada una de las lucecitas parpadean y los presentes corren con alguna dirección pero sin mucha idea de lo que están haciendo.

Todavía no era tiempo de que los espectadores conociéramos las básicas de un reactor para que algún personaje nos explicara su funcionamiento. El primer objetivo era presentarnos al villano de esta historia, mucho más peligroso que cualquier asesino en serie y con la particularidad de ser invisible: la radioactividad. El director Johan Renck apela a nuestro conocimiento adquirido y vuelve una y otra vez (incluso en los créditos de cierre) al tradicional ruido de los dosímetros, esos instrumentos de medición de las radiaciones que tantas veces vimos en el cine y la televisión.

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No tardaría en llegar una segunda manera de correr el velo que oculta a nuestro enemigo, y es a través de sus víctimas. Ya en esos minutos en los que el cuerpo de bomberos se encontraba lidiando contra algo mucho más allá de sus capacidades, las personas cercanas a lo que queda del reactor o a sus escombros comienzan a tener cambios notables en su fisiología. Comienza como una piel quemada, pero para el tercer episodio seremos testigos de las peores consecuencias de esas millones de millones de balas golpeando tejidos humanos a máxima velocidad.

Miss Empatía

Nuestro primer personaje “punto de vista” es un bombero, Vasili Ignatenko, interpretado por Adam Nagaitis. Si tuvieron la oportunidad de ver la serie The Terror, Nagaitis fue quien encarnó al misterioso Mr. Hickey, uno de los hallazgos en un elenco plagado de grandes actuaciones.

Sin embargo, más allá de que seguiremos de cerca la exposición de Vasili a la radioactividad y la relación con su esposa, minutos más tarde entra en acción el verdadero protagonista de la serie, de quien habíamos tenido un trágico chispazo en la primerísima escena. Jared Harris (quien también brilló en The Terror) es Valeri Legásov, científico llamado a colaborar con la comisión investigadora del accidente.

La relación que forma con el político de carrera Boris Shcherbina (Stellan Skarsgård, a quien pudimos ver en la saga de Piratas del Caribe, la saga de Marvel en el cine y la saga de Mamma mia!) es fundamental para que la historia no pierda su momentum y para impedir que media Europa se hubiera convertido en un basurero nuclear. Claro que juntos debieron lidiar con otro enemigo silencioso, frío como cuchillo y que en 1986 todavía daba fuertes coletazos: el secretismo de la Unión Soviética.

Era difícil que una ficción de este tipo no diera sus buenos palos a aquel gobierno que prefería sacrificar a parte de sus ciudadanos antes que lucir débil ante el resto del planeta. Si algo hace más disfrutables los golpes en el suelo a un régimen que en los papeles (al menos la mayoría de ellos) desapareció, es que muchos de los vicios que se le endilgan pueden encontrarse en los últimos años de la política de Estados Unidos, incluyendo la construcción de una realidad paralela y el tráfico de mentiras. Oh, la ironía.

Otros defectos son universales, solamente que con mejor prensa en algunos sitios. Los políticos prefieren el silencio que los mantiene en el cargo, los servicios de inteligencia son de temer y no dudan en reforzar el miedo, y las decisiones se toman muy lento, muy tarde.

Lo que pasó, pasó

Los tres primeros episodios son oro en polvo, ya que la realidad (y su versión embellecida para la pantalla) alcanzan para mantenernos en vilo, mientras los últimos orejones del tarro se ponen al hombro el control de daños, como los mineros que deben terminar un túnel en tiempo récord y con un calor que hace insoportable cualquier prenda de vestir. Ellos aportan algunos de los necesarios instantes de humor en medio de la tragedia.

El otro elemento que engancha al espectador, siempre y cuando no cometa el pecado de espoilearse y consulte en Wikipedia, es la búsqueda de la verdad acerca de lo ocurrido, no solamente para encontrar culpables, como quiere el gobierno central, sino para evitar que la tragedia se repita, como quiere nuestro equipo protagónico, al que luego se le suma la siempre eficaz Emily Watson como la ficticia Ulana Khomyuk.

Quizás el penúltimo episodio sea el más flojo, o el menos atrapante. El mayor riesgo para la humanidad parece haber pasado y, luego de una hermosa escena en la que se evacua a los habitantes de la zona de exclusión, se dedica un tiempo demasiado extenso a un pequeño comando dedicado a terminar con los animales que hayan quedado con vida. Mucho más interesante es la subtrama acerca de la limpieza de las azoteas cercanas al reactor y los intentos fallidos de concretar esta tarea con la ayuda de robots. Todo termina quedando en mano de los “biorrobots”, mucho más baratos y con amplio stock en todo el territorio. Y se refuerza la idea romántica del “deber al Estado”, explotada desde los más variados rincones del espectro político ahora y siempre.

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Pese a la trama soviética, los actores hablan perfecto inglés (con acento británico, además) y el episodio de cierre tiene su cuota hollywoodense, aunque eso no mancille a la miniserie en su conjunto. El “gran final” ocurre durante el juicio a los dizque responsables del hecho, incluyendo a Anatoly Dylatlov, interpretado durante todo el drama con brillante dureza por Paul Ritter.

Legasov/Harris da su gran discurso, que va lo suficientemente lento como para que el espectador promedio se haga una idea de lo ocurrido y hasta dónde llegan las responsabilidades. No es necesaria una música ominosa para descubrir cuándo comienza el testimonio clave, que tendrá sus consecuencias, una de las cuales sirvió de apertura de la serie.

Cuando parece que todo ha terminado y la pantalla se funde a negro, comienza el último golpe. No es nada novedoso: muchas veces nos hemos encontrados con fotos o videos de los involucrados y un texto que indica qué fue de ellos. Como suele ocurrir con las biopics, ponerles verdadero rostro a los protagonistas nos llena de sensaciones, y en este caso la mayoría de ellas rondan la melancolía y la tristeza.

Después de 73 episodios siguiendo una misma historia, cinco horas no deberían asustar a nadie. Pero sepan que por momentos estará en juego algo mucho más grande que en la última batalla de Winterfell, y que algunas muertes son más crueles que cualquier cosa que George RR Martin haya imaginado.

Los cinco episodios de Chernobyl ya pueden verse en HBO Go o en el streaming de los servicios de cable que cuenten con el paquete de HBO.