Desde fines de los años 70, los partidos políticos de todo el mundo han abrazado políticas de libre mercado, privatización y financiarización. En nombre de la libertad, este proyecto político, conocido generalmente como neoliberalismo, ha producido niveles récord de desigualdad económica así como importantes retrocesos democráticos, particularmente en las sociedades capitalistas avanzadas.

Para explicar esta transformación, los investigadores se han centrado fundamentalmente en el ascenso de la nueva derecha, personificada en figuras como las de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. El libro de la socióloga Stephanie Mudge, recientemente publicado por la Universidad de Harvard, cuenta una historia diferente.

En Izquierdismo reinventado: partidos políticos desde el socialismo hasta el neoliberalismo en occidente, Mudge reconstruye la trayectoria de la izquierda política en los países capitalistas avanzados durante el último siglo. Allí muestra cómo los expertos afiliados a estos partidos jugaron un rol clave en este giro ideológico hacia los mercados, apuntalado por el ascenso de los asesores de relaciones públicas y comunicación (spin doctors). En el proceso, la capacidad de estos partidos de izquierda para representar los intereses de las clases trabajadoras se vio erosionada, excluyendo a la gente común de los pasillos del poder.

La activista socialista Chase Burghgrave habló con Mudge sobre su nuevo libro, el papel de los expertos en sociedades democráticas y sobre si otra política, más vibrante e igualitarista, es posible.

Al comienzo de tu libro afirmás que el izquierdismo pasó por dos reinvenciones durante el siglo pasado, primero de socialista a keynesiano, y luego de keynesiano a neoliberal. ¿Por qué es importante analizar estas dos reinvenciones operadas al interior del izquierdismo?

La respuesta corta es que la segunda reinvención no podría haber ocurrido sin la primera. La respuesta más larga es que tanto el socialismo como el keynesianismo (o lo que denomino “izquierdismo economicista”), así como el neoliberalismo, no son meras ideologías políticas flotando en el éter; surgieron de ciertos arreglos institucionales. El izquierdismo economicista emergió de una fuerte relación simbiótica e históricamente novedosa entre el desarrollo profesional y académico de las ciencias económicas y los partidos de izquierda. Esta relación de hecho hizo que el Partido Demócrata de Estados Unidos se transformara en un partido de “izquierda”, en el sentido keynesiano, en las décadas de 1930 y 1940. Y esta relación también fue clave para la transición del keynesianismo al neoliberalismo; después de todo, ambos sistemas de pensamiento fueron inicialmente formulados dentro de las ciencias económicas.

Ahora, quiero acotar que para entender el auge tanto del izquierdismo economicista como del izquierdismo neoliberal no podemos asumir simplemente que los partidos o los políticos de izquierda de repente empezaron a repetir como loros las cosas que decían los economistas keynesianos o neoliberales. Pero una vez que los partidos de izquierda se hicieron dependientes de las ciencias económicas, el modo en que los economistas veían las cosas pasó a ser muy importante.

En tu libro comparás la trayectoria de cuatro partidos políticos de la izquierda: el Partido Laborista Británico, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), el Partido Socialdemócrata Sueco (SAP) y el Partido Demócrata de Estados Unidos. ¿Por qué consideraste necesario estudiar la trayectoria del izquierdismo por medio de estos cuatro partidos? Y dado que el Partido Demócrata nunca fue un partido socialista, ¿por qué incluiste al Partido Demócrata en un análisis sobre la transición de la izquierda de socialismo a neoliberalismo?

Tenía razones históricas bastante específicas para elegir a los partidos políticos que terminé incluyendo en el libro. Para empezar, tenían que ser organizaciones que mostraran cierta continuidad a lo largo de todo el siglo XX (este criterio es un poco discutible para la socialdemocracia alemana, que fue ilegalizada por el nazismo, pero igual sobrevivió en el exilio durante ese tiempo). También quería asegurarme de incluir partidos que hubieran sido particularmente influyentes a nivel internacional, cuestión que varía según consideremos distintos períodos históricos. El SPD fue el primer partido de masas de la izquierda socialista al momento de su fundación, en 1875, y sin dudas el más poderoso de su tiempo, así que tenía que estar incluido si el objetivo era entender el período socialista. El SAP se convirtió luego en el partido más exitoso de Occidente en los períodos de guerra y posterior a la Segunda Guerra Mundial, y por esta razón fue muy influyente internacionalmente. Mientras tanto, el Partido Laborista Británico se hizo muy importante cuando llegó al poder después de la Segunda Guerra Mundial, y luego vehiculizó la difusión internacional de la “tercera vía” en los años 90.

El Partido Demócrata de Estados Unidos es más complicado, ya que su historia es muy diferente. En cierto sentido, siempre fue un partido de masas, pero no uno socialista o ideológico. Lo incluí porque cuando su principal facción liberal propuso el New Deal y abrazó el keynesianismo en la época de la recesión, circa 1937, el Partido Demócrata se convirtió en algo comparable a los partidos socialdemócratas y laboristas. Y, por último, pero no menos importante, en los 90 el Partido Demócrata jugó un rol clave, exportando las políticas de la “tercera vía” a Europa y otros lugares. Así que los demócratas también tenían que ser parte de la historia.

En el centro de tu explicación sobre las reinvenciones del izquierdismo ubicás a los partidos políticos y a grupos de personas a las que llamás “expertos partidarios”. ¿Por qué estos expertos partidarios son tan importantes para entender la trayectoria de la izquierda occidental durante el último siglo?

Primero es de orden una definición: concibo a los expertos partidarios de manera muy amplia, como aquellas personas que operan dentro y alrededor de los partidos, y cuyo valor para la organización radica en su capacidad de ofrecerse como estrategas, redactores de discursos y analistas políticos, es decir, personas que dedican su tiempo a producir argumentos acerca de cómo son las cosas, y sobre lo que el partido y el gobierno debería hacer en consecuencia. Mi foco está en lo que hacen estos expertos, en el papel que desempeñan dentro de los partidos, independientemente de su educación formal, sus credenciales, posiciones o títulos académicos. Por lo tanto, un experto en partidos podría ser un consultor, periodista, economista o político, o cualquier otra cosa.

Los expertos partidarios son importantes por una sencilla razón: son ellos quienes dan forma a aquello que está en oferta en la política democrática, es decir, definen qué es lo político, y sobre qué cosas es posible votar. Por lo tanto, la visión de estos expertos partidarios importa y mucho.

Mi argumento en el libro es que estos expertos son especialmente importantes para la política de izquierda. En términos históricos, los partidos de izquierda desempeñan un papel muy especial en la medida en que pretenden representar los intereses de los pobres, de la gente sin poder, de los marginados, es decir, de los grupos que carecen del tiempo, dinero, conexiones y recursos necesarios para la plena participación política. Así, el rol de los expertos partidarios de izquierda es el de articular los intereses de los menos poderosos en la arena democrática. Esta es una responsabilidad muy, muy importante.

Leyendo tu libro, me sorprendió descubrir que, en sus orígenes, la filiación de muchos de estos expertos partidarios eran las sociedades socialistas, así como los clubes, periódicos y revistas de izquierda. ¿Qué importancia tuvo este origen para los primeros expertos partidarios?

Sí, esto es algo sorprendente, especialmente si lo miramos desde el presente. La política actual está absolutamente saturada de profesionales: consultores, estrategas, especialistas en políticas públicas afiliados a think tanks, analistas en medios de comunicación. Pero no siempre fue así. Es muy claro que a finales del siglo XIX y comienzos del XX, los periodistas y editores de diarios eran los expertos más importantes en la vida de los partidos, especialmente en la izquierda. En el libro utilizo el término “teorizadores partidarios” para denominar a estas figuras, ya que a menudo escribían y editaban revistas y periódicos que eran apoyados por el partido, por lo que dependían de este para ganarse la vida.

Los teorizadores partidarios eran importantes por una serie de razones. Primero, si retrocedemos lo suficiente como para reconocer la tremenda importancia del periodismo en la producción de la teoría socialista –profesión que fue ejercida por muchos de los primeros y más importantes intelectuales socialistas y marxistas–, tenemos un punto de partida analítico muy útil. Podemos rastrear sus orígenes (cómo se convirtieron en expertos partidarios) y lo que les sucedió después: ¿por qué desaparecieron, al punto de que hoy en día nos sorprendería encontrar una figura así? Y, por supuesto, podemos preguntarnos si el hecho de que los teorizadores partidarios fueran periodistas dependientes del partido influía en cómo veían las cosas.

Estos periodistas también cambiaron el curso de la historia política. Sin ellos, difícilmente el marxismo, o la teoría socialista más en general, hubieran sido asuntos de debate casi permanente en la escena internacional. El propio Karl Marx tenía una formación académica, pero gran parte de su producción escrita la hizo como periodista. Algunos sostienen que la camaradería, la colaboración, las críticas cruzadas y el involucramiento político que caracterizaron la vida de los periodistas en la segunda mitad del siglo XIX moldearon directamente al imaginario socialista y marxista. Entonces, si estamos de acuerdo en que la teoría socialista ha sido una de las líneas de pensamiento más importantes de la historia moderna, también deberíamos estar de acuerdo en que esos periodistas caracterizados por su filiación y dependencia partidaria se encuentran entre las figuras intelectuales más importantes de la historia.

Hay una razón adicional por la que entender esta figura del teórico partidario es importante en relación con la política en la actualidad. El hecho de que la influencia pasada de estos periodistas nos sorprenda ahora evidencia que nuestras concepciones de los “expertos” y la “experticia” son históricamente variables y políticamente determinadas. Hay una lección en esto: los partidos políticos contemporáneos tienen una capacidad especial para consagrar (en cierto sentido, para hacer) expertos, con independencia de sus credenciales, educación, competencias o posiciones profesionales. Los partidos políticos pueden valorizar ciertos tipos de habilidades, formas de conocimiento y modos de comunicación; también pueden, por supuesto, excluir o marginar otras.

Los partidos de izquierda deberían tratar esta capacidad con la mayor seriedad. Hoy participando en el debate público hay demasiados asesores, estrategas y especialistas, y demasiado pocas personas sin credenciales extravagantes pero con conocimiento de primera mano sobre el sufrimiento en sus comunidades. Tal vez si los partidos de izquierda hicieran uso de su capacidad para hacer expertos, podrían cultivar una política más inclusiva y representativa.

¿Cómo fue que se forjó esta relación entre partidos de izquierda y la economía como disciplina, y cuáles fueron sus efectos?

En el libro sostengo que durante la Gran Depresión y el período de guerra se forjó una novedosa “interdependencia” entre los profesionales de la economía y los partidos de izquierda. Hubo algunas razones por las que esto sucedió. Una primera razón es que en ese entonces todo el mundo estaba de acuerdo en que había grandes problemas económicos, pero los hechos económicos estaban en disputa (recordemos que este período es anterior a la estandarización y difusión amplia de las estadísticas económicas). Por lo tanto, hubo una gran demanda política de personas capaces de dimensionar, por ejemplo, la escala y las causas del desempleo.

Una segunda causa se origina directamente desde dentro de las ciencias económicas: la profesión económica (que en ese momento era mucho más pequeña y aún en formación) atrajo a muchos jóvenes estudiantes interesados en temas de pobreza, relaciones laborales, distribución del ingreso y desempleo, pero muchas de estas preocupaciones no encontraban eco en sus profesores. Esto dio inicio a una suerte de rebelión generacional sobre la cual emergió un economista de nuevo tipo (por cierto, algo similar sucede hoy en día).

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En tercer lugar, en Europa occidental los partidos de izquierda ya estaban lo suficientemente establecidos como para invertir en el reclutamiento de una nueva generación de líderes jóvenes con formación universitaria. En el Partido Demócrata, este tipo de reclutamiento comenzó durante la campaña de Franklin Delano Roosevelt con la creación del famoso Brain Trust (o “cerebros de confianza”).

Así que, en suma, durante las décadas de 1920 y 1930 se fue gestando una nueva generación de economistas muy preparados técnicamente y con capacidad de articular las preocupaciones políticas de la izquierda, al tiempo que los partidos de izquierda formaban vínculos más estrechos con las universidades y la profesión económica.

Creo que los efectos de este proceso fueron tremendos. En cierto sentido, esta interdependencia hizo del keynesianismo la corriente económica dominante, es decir, contribuyó a que la economía keynesiana se transformara en la nueva ortodoxia. La interdependencia también apuntaló la capacidad de los partidos de izquierda para formar coaliciones, ganar elecciones y gobernar la economía de posguerra. Por último, pero no menos importante, la interdependencia creó una especie de puerta trasera para influir programáticamente en la izquierda: por medio de la ciencia económica, en vez de por medio de los partidos.

Los expertos partidarios que vinieron a reemplazar a los teorizadores partidarios de la izquierda socialista eran, según tu definición, portadores de una “ética keynesiana”. ¿En qué consistía esa “ética keynesiana”, y de dónde provino?

La “ética keynesiana” se refiere a los modos en que estos expertos económicos predominantes en la izquierda de la década de 1960, a los que llamo “teorizadores economistas”, entendieron el ejercicio de la profesión económica, la política y la relación entre ambas. El sello distintivo de la ética keynesiana era la convicción de que el trabajo del economista consistía en proporcionar análisis y recomendaciones estratégicamente útiles, es decir, un trabajo que ayudara a los partidos de izquierda a mantener unidas las coaliciones, a lidiar con las demandas de los trabajadores organizados, facilitar la negociación, apoyar las políticas de redistribución y bienestar social, y apelar a públicos más amplios. En otras palabras, además de “bueno”, el asesoramiento económico debía ser útil políticamente.

Aquí el argumento sociológico es que [la legitimidad de] esta ética keynesiana estaba estrechamente ligada a la posición estratégica ocupada por los teorizadores economistas: tenían un pie en los partidos de izquierda y el otro en la profesión económica. En otras palabras, la ética keynesiana expresó la doble condición profesional que definió de modo muy real la experiencia de muchos economistas: la de ejercer académicamente como destacados economistas y simultáneamente como estrategas políticos, como asesores, o en cargos de gobierno. Para las personas que transitaron por esta experiencia, adoptar una ética keynesiana era de sentido común.

Los teorizadores economistas keynesianos fueron marginados de los partidos políticos de izquierda cuando en los años 70 las ciencias económicas de corte keynesiano entraron en crisis. ¿Por qué ocurrió esto, y qué tipo de experto partidario emergió en su remplazo?

La respuesta estándar es que la “estanflación” (aumento simultáneo de las tasas de desempleo e inflación en los años 60 y 70) mató al keynesianismo, porque confirmó los argumentos monetaristas (en particular, los de Milton Friedman). La estanflación ofició de prueba de que el keynesianismo era una ciencia fallida y los economistas keynesianos, científicos fallidos.

Pero la historia real es mucho más compleja. Los eventos económicos son hechos reales: si los precios del gas suben repentinamente, eso está bastante claro para todos. Pero cómo se interpretan y se les asigna significado a los hechos económicos es un asunto completamente diferente. Es la gente la que hace la interpretación, y la gente siempre tiene “apuestas” asociadas a la victoria o fracaso de determinadas interpretaciones. En el libro señalo que el relato de la estanflación como evidencia del fracaso del keynesianismo fue producido por personas con ciertas apuestas, a veces políticas, a veces profesionales, y a veces ambas.

La crítica a la estanflación fue política, no sólo científica. Y, entre los economistas, aquellos que dieron por muerta a la economía keynesiana en la década de 1970 eran fundamentalmente académicos, economistas de las finanzas, economistas internacionales y, a veces, economistas de filiación conservadora o de centroderecha. No eran, en otras palabras, teorizadores economistas vinculados a partidos de izquierda. Por lo tanto, el relato de la estanflación como evidencia del fracaso del keynesianismo fue también una apuesta profesional, es decir, fue en parte una crítica enunciada desde la “torre de marfil” y dirigida hacia economistas que por estar demasiado comprometidos políticamente no podían ser lo suficientemente científicos. Esa crítica fue claramente victoriosa, y al destruir la ética keynesiana, transformó radicalmente la profesión económica.

Entonces, ¿qué vino después? ¿A quiénes recurrieron los partidos de izquierda? Recurrieron a economistas de nuevo tipo, que veían el mundo, incluido su papel en la política, de una manera muy diferente. En el libro, a este nuevo tipo lo denomino “economista transnacional orientado a las finanzas”. Estos economistas en ascenso no eran necesariamente “neoliberales”, pero eran portadores de lo que podríamos llamar una “ética neoliberal”: su responsabilidad ahora consistía en asegurar la expansión y sostenibilidad de los mercados (un término que a veces esconde el carácter específicamente financiero de estos mercados), incluso si esto implicara ir en contra de los intereses de las bases electorales de izquierda y, por extensión, de los partidos de izquierda.

¿Creés que el ascenso del neoliberalismo se explica mejor por su aceptación por parte de los partidos de izquierda que por la victoria política de la derecha?

Sí. Los partidos de derecha nunca han pretendido representar a los desposeídos ni han defendido políticas para proteger a las personas de las fuerzas del mercado. La adopción del libre mercado por parte de la derecha en la década de 1980 fue importante, pero no sorprendente. Y creo que es discutible que este giro haya respondido a un clamor popular, en términos electorales. Fue un período de creciente insatisfacción política y de disminución de la participación electoral en todos lados. En este contexto, los partidos de izquierda conformaban la única fuerza política capaz de lidiar críticamente con las lógicas mercado-céntricas. Pero en los 90 hicieron exactamente lo contrario.

Considero que este proceso tuvo consecuencias tanto en el terreno electoral como en el cultural. Electoralmente, los “perdedores” de la “globalización”, es decir, muchísima gente, incluyendo comunidades enteras, se quedaron sin un partido que hablara por ellos. Culturalmente, la crítica del orden neoliberal fue marginada y relegada a un asunto de la izquierda “radical”, en lugar de constituirse en elemento central del discurso político dominante, donde debería haber estado todo el tiempo.

Afirmás que el ascenso de los economistas transnacionales orientados a las finanzas es paralelo al surgimiento de los consultores de imagen, los asesores de campaña, los expertos de opinión pública dentro de los partidos de izquierda; y que ambas cosas están relacionadas. ¿Por qué?

Los economistas transnacionales orientados a las finanzas eran asesores partidarios que daban por sentado que los mercados son fuerzas que están “allá afuera”. Así que se especializaron en cómo mantener felices a los mercados, bajo el supuesto de que el crecimiento impulsado por los mercados era bueno para todos. Pero todo esto fue construido sobre medias verdades. Primero: los mercados, especialmente los mercados financieros, se convierten en fuerzas que están “allá afuera” si los humanos los construyen como entidades aisladas y al margen de la supervisión pública o gubernamental, y si luego los relanzan cuando fallan. Esto fue exactamente lo que hicieron los partidos de izquierda que ocuparon el gobierno a finales de la década de 1990 y principios de la década de 2000, con los aportes de los economistas transnacionales orientados a las finanzas. Segundo: lo que es bueno para los mercados no es necesariamente bueno para las familias, las comunidades, los jóvenes, las personas mayores, los asalariados o las víctimas de discriminación, entre otros. Esto es especialmente cierto si por “mercados” en realidad nos referimos a los mercados financieros. La historia reciente es prueba suficiente en estos dos puntos.

Entonces, ¿qué hacen los partidos de izquierda cuando ya no pueden dar respuesta a las preocupaciones económicas de sus bases electorales, pero aún quieren ganar las elecciones? Recurren a los consultores: es decir, intentan construir adhesión a través del marketing y no a través de los contenidos. En el libro, este es un argumento de tipo funcionalista: el economista transnacional orientado a los mercados en realidad representa a los mercados en lugar de a los electores, lo que a su vez crea la necesidad de una nueva experticia estratégica. Pero como no fue suficiente, las coaliciones políticas de la izquierda terminaron desintegrándose.

¿Cuáles han sido las consecuencias electorales del surgimiento de esta nueva generación de expertos partidarios para los partidos de izquierda?

En resumen: desastrosas. La política de izquierda tiene que hablar en nombre de personas reales, no en nombre de un votante ficcional de tipo mainstream o promedio. El giro hacia los mercados, los asesores de campaña y los consultores de opinión pública es sintomático de una falla significativa en la representación. Los votantes conocen la diferencia entre marketing y sustancia: tarde o temprano la gente ve el juego como lo que realmente es, y pierde la fe. Creo que la historia reciente es prueba suficiente de esto, también.

En las conclusiones de tu libro, parecés sugerir que lo que los partidos de la izquierda necesitan es una nueva generación de expertos capaces de dar voz a los que no tienen voz y actuar como intermediarios entre los partidos de la izquierda y aquellos a los que en teoría representan. ¿Qué tipo de experto partidario esperás que pueda reemplazar a los economistas transnacionales orientados al mercado, a los estrategas políticos y a los consultores?

¿No es esa la gran pregunta? La respuesta corta es que la izquierda política necesita expertos que hagan innecesario recurrir a los consultores de marketing y opinión pública. La política de la izquierda debería ser intuitivamente atractiva si es que responde a las necesidades y preocupaciones reales de las personas.

Dicho esto, no creo que estos nuevos expertos curen mágicamente los males de la izquierda política. Tampoco me corresponde decir quiénes deberían ser estos nuevos expertos partidarios. Creo, sí, que cualquiera puede transformarse en un experto partidario, y que tal vez, en el momento actual, los partidos de izquierda deberían invertir en un juego de largo plazo, ampliando radicalmente el perfil de aquellos que consideramos “expertos”.

Pero además es absolutamente esencial que los partidos de izquierda cultiven la capacidad de la gente de entender y relacionarse críticamente con las lógicas estructurales del capitalismo financiero contemporáneo. Creo que Alexis de Tocqueville dijo una vez que hay que “educar sobre la democracia”. Le daría a esto un giro marxista: hay que educar sobre la democracia capitalista. No existe política de izquierda sin un entendimiento compartido de las circunstancias económicas que son específicas de la actualidad, que no son como las circunstancias de los años 30 o 70. Vivimos en un mundo complejo, dominado por las finanzas y los propietarios de riqueza financiera, y este mundo necesita ser desenmascarado.

Y, para ser honesta, soy escéptica de que las ciencias económicas contemporáneas puedan liderar esta transformación, porque operan “en lo alto”: hablan un lenguaje altamente especializado que está diseñado para ser exclusivo, no inclusivo; están constreñidas al tipo de preguntas que pueden formular y a las técnicas que pueden usar para responderlas. Entonces, quizá debería modificar mi afirmación anterior: los partidos de izquierda deberían dedicar sus recursos a cultivar el análisis económico crítico, ampliando radicalmente el perfil de aquellos que consideramos “economistas”.

Esta entrevista fue publicada el 8 de junio por la revista estadounidense Jacobin. Traducción: Gabriel Chouhy.