Después de 20 años, el Mercosur y la Unión Europea (UE) anunciaron el cierre de las negociaciones hacia un acuerdo de asociación estratégica. Quisiera reflexionar aquí sobre su impacto en la política industrial y exportadora uruguaya, y respecto de por qué entiendo que las decisiones que tomemos en los próximos meses serán claves para dibujar el futuro.

Primero, seamos claros: esto es un acuerdo comercial en el que cada parte decide abrir su economía (típica, pero no solamente, a través de rebajas de aranceles) a la otra con el objetivo de agrandar el mercado, buscando beneficiar en el total a todos los participantes. En ese camino, se dan concesiones: los países aceptan que algunos de sus sectores deberán abrirse a la competencia con actores del nuevo socio, lo cual, obviamente, plantea desafíos. Pretender que esto no es así sería mentir.

Por otra parte, la opción de seguir igual y no tomar riesgos es, si se me permite el oxímoron, muy riesgosa, por decir lo menos: el crecimiento “hacia adentro” tal vez podría haber funcionado en otros momentos de la historia, pero hoy la globalización, con sus procesos fraccionados y especializados, hace que eso no sea posible. ¿Lo anterior quiere decir abrirse a cualquier costo, “sin dejarse llevar por ideologías”, con tal de estar a la moda (que, bueno, es cada vez menos moda, si uno se pone a ver el mundo)? No. Definitivamente no. Por eso se negocia. Y por eso, a veces, las negociaciones llevan 20 años. Uruguay ha trabajado, y mucho, en su apertura internacional durante los gobiernos del Frente Amplio.

Veamos primero lo más obvio: este acuerdo crea un mercado nuevo de 800 millones de personas. Si tenemos en cuenta que hoy el Mercosur son 255 millones, eso es mucho más gente a quien venderle. También implica que en el mediano plazo gran parte de los productos provenientes de la UE ingresarán al Mercosur en mejores condiciones, posiblemente libres de arancel. El acuerdo Mercosur-UE era particularmente difícil por dos aspectos: por la dimensión de ambos bloques y porque los intereses ofensivos actuales de uno (aquellos sectores competitivos, como la carne, en el caso del Mercosur) coincidían con los defensivos (es decir, no competitivos) del otro. Pero primó de un lado y de otro la voluntad de integración comercial como forma de alcanzar nuevos estadios de desarrollo, y ahora tenemos un acuerdo en ciernes.

¿Ya está aprobado? ¿Mañana nuestras empresas arrancan a competir con las europeas? No. Quedan todavía la revisión jurídica de los textos y su aprobación parlamentaria. Ese proceso llevará al menos dos años, de acuerdo con los precedentes de otros acuerdos. Y, luego de eso, se establecen diferentes plazos y cadencias para la desgravación arancelaria (entre inmediata y 15 años, según los productos). Esto es justamente lo que se ha negociado. Tenemos tiempo.

Cómo usemos ese tiempo, depende de nosotros. Debemos generar una discusión informada y definir una estrategia, tanto a nivel del país como del Mercosur en su conjunto. Ese análisis y esas definiciones deben, en mi opinión, girar sobre tres aspectos.

Uno. Entender. Sé, porque he seguido el proceso de cerca, que nuestros negociadores conocen muy bien el entramado productivo uruguayo. La sensibilidad de cada sector, cada plazo a negociar ha sido muy estudiado y discutido por técnicos del gobierno, en contacto con las cámaras o directamente con los sectores o empresas afectadas y con los trabajadores. De todos modos, la sociedad toda debe conocer la propuesta de acuerdo en detalle, con análisis profundos sobre el impacto de expertos en cada sector. No podemos tener una discusión a partir de prejuicios, ni a favor, ni en contra.

Dos. Tomar definiciones país para cada sector productivo involucrado. La discusión intelectualmente honesta nos va a permitir identificar sectores que hoy no son competitivos. Debemos trabajar con ellos para especializarlos, buscar la innovación, identificar nichos y nuevos mercados, o avanzar en la reconversión. Existen mecanismos perfectamente legales y aceptados internacionalmente para avanzar en mejorar su competitividad mientras el cambio se procesa. Aquí es fundamental el papel del Estado en la mejora de la competitividad sistémica: debemos ser más ágiles, mejorar la logística, apoyar a través de instrumentos generales o específicos... pero todo esto debe responder a una estrategia acordada con todos los actores, que alinee instituciones y que se siga sistemáticamente, para no cometer errores como los de los años 90, cuando una apertura indiscriminada, “sin ideologías”, llevó a la destrucción de sectores enteros sin darles la oportunidad de transformarse.

Tres. Elevar la mira. No por casualidad este tercer punto es el que titula esta nota. Esto es, esencialmente, de lo que se trata una política industrial. Pensar que los problemas de competitividad se resuelven solamente con acuerdos comerciales, bajando el gasoil o los sueldos a la mitad, es de ignorante o malintencionado. La política industrial implica identificar qué queremos ser en el mediano plazo. En esa planificación, el acuerdo Mercosur-UE es un elemento nuevo. Y positivo.

El acuerdo mejora las condiciones para que diferentes eslabones de las cadenas de producción se localicen en diferentes países, lo que en la jerga se llaman cadenas globales de valor. Con una mejora de acceso debido a aranceles más bajos o nulos, unificación de requisitos técnicos, posibilidad de acumulación de origen, intercambio fluido de información entre las aduanas, etcétera, esto es más factible. ¿Es fácil? No. Si me preguntan, el tema de la integración productiva ha sido un debe muy grande del Mercosur, por más que sus equipos técnicos han trabajado por años. Aquí hay una nueva oportunidad: identificar sectores con potencial, internacionalizar empresas locales, poner en contacto empresas de diferentes países, armonizar normativas. Hay mucho trabajo por delante, pero las posibilidades de generar trabajo a través de la integración son muchas, si se hacen las cosas bien.

Este acuerdo no significa que mañana comenzarán a llover las inversiones europeas, pero sí abre (otra vez) un abanico de oportunidades, porque, primero, es una declaración política de voluntad de integración entre los bloques, y, segundo, define reglas de juego. Ambas acciones son muy relevantes para posibles inversores. ¿Cuál es nuestro desafío? Definir qué tipo de inversiones queremos atraer en este marco, cómo vamos a utilizarlas para nuestra transformación productiva, cómo vamos a apoyar a nuestros empresarios y trabajadores para que esto sea efectivamente posible... qué rol queremos, en fin, cumplir en el futuro, qué país productivo queremos construir.

Un aspecto muy importante es el de los servicios. En los servicios no hay aranceles, pero, igual que en las inversiones, el marco que provee el acuerdo es muy relevante. Uruguay ha desarrollado sus servicios globales en los últimos años. Este acuerdo con la UE podría permitir generar nuevos clientes, así como nuevos socios. O, pensando en la logística, Uruguay tiene condiciones y vocación para ser un centro regional de distribución, y hemos trabajado mucho para ello: este acuerdo puede dar nuevas oportunidades a ese desarrollo.

Lo que este acuerdo impacte en nuestras economías depende mucho de nosotros (nosotros el Uruguay, nosotros el Mercosur): debemos definir dónde queremos estar en diez años, y empezar mañana. Este esfuerzo debe ser conjunto: gobierno, empresarios, trabajadores, academia, sociedad civil. Tenemos que, juntos, ver hacia dónde va el mundo (el rol de la academia y de la investigación científica es clave) y prepararnos activamente. Debemos conocer nuestras fortalezas y debilidades para poder desarrollar las primeras y superar las segundas. Y, a partir de allí, definir una agenda interna clara y trabajar (educación, capacitación, desarrollo empresarial, apoyos económicos firmes) para concretarla.

Este acuerdo necesita ser ratificado por el Parlamento, ¿qué mejor espacio para generar esta discusión como país? Al mismo tiempo, todos los actores del sistema productivo debemos ir pensando en cómo prepararnos. Los ámbitos, afortunadamente, existen: el Sistema de Transformación Productiva y Competitividad, probablemente la innovación más importante de este período de gobierno en temas productivos, presenta espacios como el Consejo Consultivo de Desarrollo Empresarial, donde se sientan en la misma mesa cámaras empresariales, el PIT-CNT y el gobierno, y que está abierto por definición a todos los actores de la producción. Está en nosotros utilizarlos para que este acuerdo no solamente sea beneficioso para algunos pocos sectores que hoy son competitivos, sino para construir un nuevo entramado productivo, en la línea de definiciones estratégicas que tomemos como país. Uruguay tiene todas las condiciones de integración social, de diálogo institucional y de respeto a la opinión de todos para definir y concretar esa agenda interna que nos permita avanzar hacia nuevos estadios de desarrollo. Pero hay que empezar ya. Porque, como decía Artigas, la causa de los pueblos no admite la menor demora.

Guillermo Moncecchi es ministro de Industria, Energía y Minería