Yoknapatawpha, Macondo, Santa María y la Tercera Sección. El hilo de localidades ficticias y recurrentes parte de William Faulkner, ramifica en García Márquez y Onetti, y de este llega a Martín Bentancor, el escritor canario que desde hace cerca de una década ambienta muchos de sus relatos en una comarca de su invención.

Por estos días, la presencia de la Tercera Sección se volvió más densa, porque acaban de aparecer dos libros, Los colores primarios (Más Quiroga, $ 330) y El fondo del quilombo (Estuario, $ 400), que amplían la serie de personajes y eventos anclados en el lugar.

Los colores primarios es una recopilación de cuentos que habían aparecido en otras publicaciones. “La idea fue nuclearlos por su pertenencia a la zona, con varios personajes que se entrecruzan y en un arco temporal de varias décadas. Además, el volumen está intervenido por diversas piezas publicitarias de la zona y por una serie de fotos captadas en la propia Tercera Sección”, dice Bentancor, cargando aun más la tensión entre ficción y no ficción. Porque, ¿qué es la Tercera Sección?

En el prólogo del libro, Alejandro Ferrari delinea la relación entre la Tercera Sección judicial y la ficticia; además, como comenta Bentancor, aparecen imágenes de parajes reales y avisos comercial ad hoc. Por si fuera poco, el libro es editado con apoyo de la Intendencia de Canelones.

Algo avanza el autor: “Partimos de la base de que toda geografía es en sí misma una ficción: los lugares, los parajes, los accidentes geográficos se convierten en una suerte de proyección imaginaria al llevarlo a un plano, un mapa y hasta un registro notarial. Tal vez Los colores primarios sea el libro de la Tercera Sección donde más se nota el rastro del paisaje real, algo buscado por las fotografías, pero reescrito, reelaborado y, en definitiva, inventado en la ficción: en los cuentos y en los avisos publicitarios. Y hasta en el prólogo, porque sospecho que varias cosas que dice el prologuista también son inventadas. No fue un efecto buscado, pero una vez puesto en el papel digamos que me funcionó el combo de lo inventado con los rastros de lo real”.

Para orientarnos un poco en el tránsito del papel hacia el resto del mundo, conviene anotar que, en el mapa de Bentancor, la ciudad de Canelones se nombra con una abreviatura de su apelación original, Villa de Nuestra Señora de Guadalupe.

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El título de la novela El fondo del quilombo podría interpretarse como “el verdadero problema”, pero sobre todo hay que leerlo literalmente: se trata de una historia de prostíbulos, o de un prostíbulo que cada dos o tres décadas renace en la Tercera Sección. Nuevamente una referencia a Faulkner, pero sobre todo a Onetti y su Juntacadáveres. Aunque Larsen, el personaje de Onetti, es mencionado ya avanzado el relato, El fondo del quilombo es posiblemente la más onettiana de las novelas de Bentancor, no por las referencias explícitas sino por el estilo: la estructura fragmentada, la frase larga, el aprovechamiento de lo policial con propósitos no detectivescos, sino existenciales.

“Me da mucha vergüenza que mis pobres cagarrutas se emparenten con la obra del escritor mayor”, responde Bentancor ante la comparación. “Lo de la estructura fragmentada es un reflejo invertido de lo que pasaba en mi anterior novela, El inglés, en el que el relato era una única secuencia contada de corrido, sin cortes. Acá hay muchos cortes que conforman, en realidad, el ritmo que quise darle a la novela: cartas, recortes de prensa, correos electrónicos. Y lo de la frase larga es, en realidad, la forma en la que más me gusta narrar. Jamás uso el sistema de diálogo con guiones y signos, porque lo considero una interrupción en el flujo del relato. Lo que hablan los personajes está integrado a las frases, a ese fluir que desarrolla el narrador o los varios narradores que aparecen en la novela”.

El humor, además, aparece parejo, aunque no explícitamente, a lo largo de la novela: “Es una constante cuando escribo, aunque a veces no quede finalmente registrado en la obra impresa, o se disperse en la escritura. Siempre es divertido generar situaciones en las que los personajes se enfrentan a su propia ridiculez, a la tiranía de las convenciones sociales (muy establecidas en el pueblo chico), a la maleabilidad de las palabras. Con todo eso se hace literatura, y si en el resultado final, en el libro en sí, algo de esa mezcolanza le llega al lector, bienvenido sea”.