Poeta, narrador, dramaturgo y periodista cultural, Gabriel Peveroni se ha dedicado en los últimos años al “proyecto Shangái”, que incluye experimentos con episodios online, la interconexión de gran parte de su obra previa y la publicación de una serie de novelas que, tras la aparición de Los ojos de una ciudad china en 2017 llega ahora a su segundo volumen con Viajar no lleva a ningún sitio (Hum, $ 480).

¿Esta novela es continuación de la anterior?

Son novelas independientes aunque compartan algunos personajes y, sobre todo, el mismo lenguaje y universo narrativo. O sea que no está planteado necesariamente un orden de lectura. Se puede leer esta sin haber leído la otra, pero se complementan y potencias, de modo que los que disfrutaron con Los ojos de una ciudad china se encontrarán muy cómodos y entretenidos. En esta nueva novela hay, por ejemplo, una trama neoyorquina y también una gran parte que transcurre en Montevideo. Ninguna de estas dos ciudades tenía un protagonismo importante en Los ojos de una ciudad china. Y lo mismo pasa con varios personajes que están en una y no están en la otra. En definitiva, el lugar que ocupa en el proyecto es el de seguir explorando y abriendo relatos.

Sí, muchos temas siguen ahí: las novelas atribuidas a César Aira, Ziggy Stardust y la misteriosa banda protopunk uruguaya Los Suicidas, que ahora sería la que vertebra la novela alrededor de una búsqueda. Tu investigación sobre el disco Tango que me hiciste mal también es la búsqueda sobre las grabaciones pérdidas de Los Estómagos. ¿Te interesa la estructura de la búsqueda como organizadora de los relatos?

Sí, es uno de los motores de esta serie de novelas. Posiblemente venga de la fascinación que me produjo Roberto Bolaño con Los detectives salvajes. Pero no es sólo eso. Toda la historia de los documentalistas valencianos que buscan el rastro de Los Suicidas es absolutamente real y me fascinó como aventura. Y la búsqueda la relaciono con el concepto de aventura. Siempre digo que la sensación al escribir es similar a la de entrar en una selva, abriéndose camino a machetazos y sin mirar atrás, y sin saber qué encontrás a cada paso, transitando caminos que se bifurcan, y con cierta sensación de agobio y alienación respecto del tiempo y lo verosímil. Y la búsqueda todavía continúa, porque el proyecto no está concluido. Tengo otra novela casi terminada y bosquejadas otras dos.

Bueno, hay mucha paradoja y muchas contradicciones a las que encuentro, además de inevitables, provocadoras. Como lector, por ejemplo, detesto el fetichismo sobre obras literarias y musicales, y las conexiones caprichosas. Y estas novelas potencian y abusan de estos recursos. Algo similar me sucede con la ciencia ficción. No soy lector del género, del que tampoco soy particularmente entusiasta, pero algunos lectores y críticos encuentran que esta serie de novelas juega en territorios distópicos de ciencia ficción. Entonces, no llama la atención que haya contradicciones, como las que nombrás, que ni siquiera son deliberadas. Una cosa que sentí y sigo sintiendo en el proceso de escritura es el de entrar en un estado confortable, en haber creado un territorio que me permite meter y barajar todo tipo de ideas, situaciones y nuevas tramas. Es una invención permanente. Y es también un laberinto. Pero en vez de ahogarme, es liberador, porque de algún modo es una escritura fractal. Este concepto, al que me siento cercano, lo maneja a la perfección Agustín Fernández Mallo en su deslumbrante novela Trilogía de la guerra, y le pasa algo similar con lo de la crítica interna, porque en la mitad de la novela un personaje se dedica a desbaratar toda esa manía contemporánea de una supuesta “escritura fractal”.