Títeres Cachiporra tiene 46 años de trayectoria en los que ha desarrollado el arte titiritero y se han sumado las nuevas generaciones. Es una compañía familiar, radicada desde sus orígenes en el Cerro, y actualmente está conformada por tres generaciones: Javier Peraza y su esposa Ausonia Conde, sus hijos Javier y Primavera Peraza y sus nietos Martín Peraza y Rodrigo Speranza.

“El grupo nace en 1973, lo crean mi viejo, Javier Peraza, artista plástico, y mi vieja, Ausonia Conde, que había hecho la EMAD [Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático]. En ese momento había cosas para decir pero no se podía hablar, y una de las ventajas que tienen los títeres es, precisamente, que pueden decir cosas sin decir. Empezaron a experimentar”, cuenta Javier (hijo).

La primera función tuvo lugar en un momento en que Cerro Norte estaba semisitiado por la Policía. “Mis viejos se fueron metiendo y en la puerta de una de esas casas que estaban rodeadas clavaron una frazadita e hicieron una historia cortita para los chiquilines que estaban encerrados ahí desde hacía varios días. Lo gracioso de la historia es que los policías que estaban custodiando terminaron contra el alambrado mirando los títeres. Se empezaron a hacer primero cosas de guante, y después se empezó a experimentar con otras cosas: teatro negro, sombras”, dice Peraza.

Foto: Difusión.
Foto: Difusión.

En 1977 hicieron la primera obra para adultos, Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita, de Federico García Lorca, y de ahí surgió el nombre del grupo. “En 1973 yo tenía tres años, estaba en todos los ensayos y fui creciendo con esto. A los siete u ocho años ya estaba dentro de los retablos alcanzando muñecos, y a los 12 trabajando en escena. Me crie en esto, así que era inevitable que me sumara”, dice Javier.

Martín, por su parte, comenta: “Lo mío era evitable, pero aunque mis padres trataron de que hiciera otra cosa, no funcionó porque yo quería hacer esto. Creo que la primera obra en la que estuve fue a los 12 en el Solís haciendo dos cosas. Eso me marcó bastante: es re pretencioso de mi parte, pero me gusta estar en salas grandes y hacer cosas grandes”.

Ambos coinciden en que la combinación de tres generaciones distintas y con perspectivas particulares le da una impronta particular al trabajo, que lo enriquece: “Son visiones completamente distintas, pero complementarias”, resume Javier.

Fuera de vacaciones

Una de las inquietudes de los Peraza es ofrecer sus espectáculos para niños fuera del circuito cargado de ofertas de los períodos de vacaciones, ya que durante el resto del año las propuestas para el público infantil escasean. En los últimos años se presentaron en El Galpón, en el Circular y ahora van a estar en la sala del teatro Victoria, donde pondrán en escena Las aventuras de don Brígido el 14, 15, 20, 21 y 22 de setiembre, a las 16.00, y después se proponen seguir de largo con una obra cada fin de semana.

Es un espectáculo de 2012, con el que obtuvieron un premio Florencio y que les ha dado todo tipo de satisfacciones, basado en la comunicación que se establece mediante la actuación. “Los títeres no dan ganancia ni por asomo, pero lo que consideramos importante es que saltás barreras y llegás con un mensaje. Hace un mes, en una escuela del Cerro, hicimos una función de Las aventuras de Don Brígido, que es la historia de un gaucho que por cuestiones de la vida se va quedando sin nada y se queda en un rancho con su mujer y trata de buscarle la vuelta para salir adelante y no puede porque todo le sale mal, hasta que a la mujer se le ocurre una idea, salen adelante y descubren que había una mano malvada que le serruchaba el piso al pobre gaucho. Cuando terminamos y empezamos a desarmar, de repente llega una maestra con un niño de unos diez u 11 años, llorando. La maestra nos explicó que se había emocionado con la obra y quería saludarnos. No fue la obra en sí, evidentemente, pero disparó un montón de cosas. Esas cosas son las que te llevan a concluir que valió la pena”, relata Javier.

Martín Peraza, Ernesto Peraza, Ausonia Conde y Javier Peraza. Foto: Federico Gutiérrez.
Martín Peraza, Ernesto Peraza, Ausonia Conde y Javier Peraza. Foto: Federico Gutiérrez.

El hecho de dirigirse al público infantil es un desafío: “Lo que vuelve más complejos los espectáculos es que, como nos dirigimos todos los públicos pero centrándonos en los niños, a veces hay cosas que tenés que ver cómo las tratás y cómo podés comunicar sin generar un panfleto, pero al mismo tiempo generando un mensaje real que no sea un bajón. La gracia no es una visión distópica del universo, que quizá en un espectáculo para adultos sea viable. A veces se menosprecia al títere porque se lo ve como un fin en sí mismo y no como un mecanismo para comunicar. Nos interesa llevar la noción de lo que hacemos a algo más allá de una actividad lúdica”, comenta Martín.

Por su parte, Javier sostiene: “En Uruguay suele considerarse un arte destinado a niños chicos. Sin embargo, nosotros hacemos funciones en las escuelas, muchas veces en las llamadas de contexto crítico. De repente tenés plateas de 500 gurises que son incontenibles dentro de la clase y que están en absoluto silencio, colgados, mirando el espectáculo. Y son niños de tres y cuatro años hasta de 13 y 14 que se enganchan a ver el espectáculo; cuando quedan atrapados en la historia se van esas barreras. Es evidente que si los invitás a ver una obra de títeres no vas a tener suerte, pero cuando podés mostrarles lo que es, funciona”.

El secreto de esa magia radica en la carga de identificación que el espectador deposita en el títere. Así lo explica Javier: “Cuando vas a ver una obra de teatro, te sentás y ves a una persona: más allá de que está jugando contigo a que es otra cosa, es un ser humano. Pero cuando ves un títere es un objeto. Es un símbolo, y la gracia del símbolo es que el espectador lo carga con sus experiencias, sus emociones, porque es incompleto. Se trata de un objeto que el espectador tiene que rellenar, por eso se vuelve tan propio. Con frecuencia sucede que hay chiquilines que al término de la función te cuentan cosas que jamás sucedieron; están convencidos de que las vieron porque cargaron al personaje y a la historia con sus propias experiencias. El espectador juega con su imaginación, juega contigo, hay un ida y vuelta, y se vuelve un espectáculo muy rico para nosotros como hacedores, pero también para los espectadores. Es un ejercicio de imaginación fundamental: si el que está adelante no pone parte de él la cosa no funciona, y esa es la magia del títere”.